Sobre las nueve Adrián apareció en la cocina, yo quise parecer casual, pero lo cierto es que le esperaba desde hacía un rato.
Le pregunté qué quería cenar, pero me dijo que le daba igual, que lo sorprendiera.
Cogí dos bandejas idénticas, salmón, con verduras salteadas y patatas cocidas.
Nos sentamos unos frente al otro y empezamos a comer. No dijimos mucho, pero tampoco hizo falta.
Milo apareció a escena y trató de subirse a Adrián.
—Milo, déjale.
—No, tranquila.
Le acarició la frente y el bribón movió la cola como loco.
Cuando Adrián creía que no miraba le dio un pedacito de salmón por debajo de la isla. Disimulé mi sonrisa.
Esperé a que Milo se fuera para preguntar.
—¿Me vas a decir ya qué vas a enseñarme?
Adrián arqueó las cejas con cierta picardía.
—No, no quiero arruinarte la sorpresa. Prefiero que lo veas.
—¿Pero qué es? Dame una pista.
Negó con la cabeza y con una sonrisa discreta.
Me acabé la cena muy rápido y esperé a que él lo hiciera.
En cuanto dio el último bocado salté del taburete y quité las dos bandejas.
Juraría que Adrián sonreía, como si disfrutase de tenerme ansiosa.
—¿Vamos? —No fue una pregunta, fue casi una orden.
—Claro —sonrió y se levantó del taburete—. Sígueme.
Subimos hasta la segunda planta, y después a la tercera. Las escaleras en el último tramo no son iguales, son más estrechas y más inclinadas, y chirrían todavía más.
Daba la sensación de que cualquier descuido podía hacer que un escalón se rompiera.
—¿Por qué subimos? ¿Qué hay arriba?
—Ahora lo verás. —me llamó la atención tanto misterio—. Llevo días esperando una noche despejada.
—¿Para qué?
—Para verlo. Y porque me di cuenta de que quería enseñártelo.
Adrián iba delante. No hablaba. Pero tampoco parecía tenso. Era distinto a otros silencios suyos.
—Arriba hace un poco de frío —dijo sin volverse.
—Aguanto bien el frío.
No dijo nada más, solo siguió subiendo.
Cuando llegamos arriba entendí por qué aquella habitación no aparecía en ningún recorrido de la casa.
La cúpula de la torre era grande, circular, pero estaba casi vacía. Solo había una ventana abierta y un telescopio antiguo, montado sobre un trípode de madera oscura.
El aire olía distinto allí. Más limpio, más suave, diría que más fresco. Casi parecía que los olores de la casa no llegasen tan arriba.
—¿Qué es esto?
—Es uno de mis sitios favoritos de la villa.
Me fijé mejor en cómo las paredes de piedra de la bóveda convergían, y en cómo los ventanales cuarterones parecían crear una imagen de fantasía.
Adrián se acercó al telescopio con una familiaridad suave, casi cariñosa. Le pasó la mano por el tubo como quien comprueba que alguien sigue respirando.
—No siempre funciona —añadió—. Depende del día.
—¿Del clima? —pregunté confundida.
—No.
Hizo una pausa para mirarme con unos ojos muy tiernos.
—De mí.
Me giré para mirarlo. Estaba ajustando el enfoque. Sus dedos se movían con una precisión tranquila, sin nervios, sin esa tensión que le había visto otras veces.
—¿Qué se ve?
—Depende de lo que estés dispuesto a mirar.
Me hizo un gesto con la cabeza y me acerqué.
Se inclinó para que mirase, y yo puse el ojo en el ocular del telescopio.
Al mirar, lo que vi fue sobrecogedor. En la Villa no había la contaminación lumínica de la ciudad, no era el cielo al que yo estaba acostumbrada, con esa capa gris.
No es que brillasen más, es que de repente se veían todas. Era como volver a verlo completo después de mucho tiempo.
Durante unos segundos no busqué nada, solo admiré las vistas; es diferente, como entrar en un sitio muy grande y no saber dónde mirar.
Cuando aparté el ojo miré a Adrián.
Lo primero que me llamó la atención fue su postura, ahora era mucho más ligera.
Luego me fijé en sus hombros, que perdieron peso como si algo interno hubiera dejado de sostenerlos.
Aunque lo que más destacaba era su mirada, era menos intensa, algo más ingenua. Como si el mundo acabara de volverse más grande.
Había conocido a Sherlock, al Quijote y a Edmond; pero en esta ocasión era diferente. No parecía que alguien hubiera ocupado su lugar del todo.
Parecía que le hubieran quitado todo el peso de encima. Como si hubieran borrado de golpe los años, el miedo y la culpa. Y ahora solo quedase una versión increíblemente sencilla de él.