La siguiente semana fue tranquila, y bastante satisfactoria.
Tuve que vigilar cuando vino la empresa de catering, encerrar a Milo y mantener la verja abierta mientras descargaban; me incomodaba tenerla abierta tanto tiempo, pero me mantuve ojo avizor. Adrián no se me escaparía fácilmente.
También durante la semana le eché valor, me puse el delantal, coloqué el cabestrillo en el jardín, mezclé los colores y empecé a pintar. Al principio solo quería retratar el jardín y a Milo, pero poco a poco le fui pillando el gusto, y acabé haciendo pinturas que solo salían de mi imaginación.
También pasé muchas horas haciendo ganchillo. Me propuse hacerle un muñeco a Adrián para agradecerle su gesto conmigo. Recordé la Game Boy de su habitación y el juego de Pokémon y decidí hacerle un Pikachu. Quizá era una tontería, pero no sé, me mantenía entretenida. Por no hablar de los trescientos vídeos de YouTube que tuve que verme para hacerlo medianamente bien.
También volví un par de veces a la habitación estrella. Cuando no sabía qué hacer cogía uno de sus libros y me lo leía. Cada tres o cuatro días me acababa uno y subía discretamente a por otro, no sabía si Adrián lo sabía, pero no se lo comenté para que no pensase que era una cotilla.
Durante esa semana Adrián y yo hablamos bastante. Algunos días desayunamos juntos, otros cenamos, a veces no aparecía, a veces me buscaba. Y yo, bueno, también le buscaba, pero sin insistir, dejándole su espacio.
Un día me levanté y había flores hechas de papel sobre la isla de la cocina. Reconozco que estuve de buen humor todo el día, a pesar de que no vi a Adrián.
Durante esos días me atreví a preguntarle, aunque sé que hablar de dinero es algo delicado, le pregunté cómo es que podía mantener una villa así.
Sabía que era heredada, pero no mucho más. Poco a poco, y sin intentar presionar, le pregunté por sus padres, quería conocerle un poco mejor.
Me contó que su padre tenía una imprenta, y que después invirtió en otros negocios, incluso tuvo una editorial. Me explicó que por eso leía tantos libros cuando era joven. Que su padre siempre les traía libros a su madre, a su hermano y a él. Me habló poco de su hermano. Me extrañaba, pero no quise indagar, sabía lo que podía pasar si intentaba cruzar algunos límites.
Cuando hablaba de su madre había una ternura en la voz que era refrescante. Me contó que ella había dedicado toda su vida a una panadería en Valdencina. Yo le conté que a mi madre también le encantaba la repostería.
Me preguntó por mis hermanas y le hablé de ellas. Le conté que Cris era tatuadora a tiempo parcial, y trabajaba en un centro como integradora social. Le hablé de Alba y de su talento, le conté que trabaja como violinista en una orquesta sinfónica. Es curioso cuánto alardeo de ellas, siempre y cuando no estén delante.
También le hablé de mis padres, por supuesto, y de lo unidos que estaban desde que mi padre se había jubilado como maquinista de tren.
La verdad es que daba igual que le contase, porque si hay algo que me gusta de Adrián es cómo escucha, cuando le hablo me mira y me oye de una forma en la que parece que no haya nadie más en el mundo. Aunque supongo que es porque estamos aislados del mundo real.
También me enseñó a hacer algunas figuras de papiroflexia. Incluso me animé a intentar hacer un sudoku, pero acabé dejándolo, no es lo mío.
Pasé dos veces más por la habitación estrella, para leerme algunos de sus libros, y cotillear, aunque esto último lo hice poco. No soy una entrometida.
Si tuviera que resumir la semana, diría que pasamos muy buenos ratos juntos... Y puede que... Bueno, no sé.
El sábado hizo mucho calor y salí en bikini a tomar el sol. Adrián bajó a verme, pero al verme en bikini se puso rojo como un tomate y desapareció durante todo el día.
Está mal que lo diga, pero me pareció gracioso. Por lo visto verme activó alguna de sus personalidades y se fue corriendo a encerrarse. No me atreví a preguntarle qué personalidad había aparecido, no sé si hubiera querido saberlo. Aunque sentí curiosidad...
El único con el que tuve que lidiar esa semana aparte de Adrián, fue con Don Quijote. Otra vez salió a la terraza a jugar con Milo. Esta vez procuré no romper la fantasía y me uní a ellos.
Estuvimos dos horas jugando en el jardín. Milo esta vez interpretó a Sancho, y Adrián me consagró como su Dulcinea. Fue muy gracioso, cuando acabamos me dolían los carrillos de reírme.
Cuando Adrián regresó en sí, y se vio con la armadura de cartón plateada se avergonzó, pero al verme a mí también disfrazada solo pudo reírse y dejarse llevar.
Estuve tan a gusto que los días se me pasaron volando, y cuando me quise dar cuenta era día 15.
Unos días antes le había hablado a Amparo y le había comentado que necesitaba un día libre. No hubo problema y no me pidió ninguna explicación, actuó con naturalidad y me dijo que enviaría a alguien para sustituirme.
Y la verdad es que una vez me lo confirmó me olvidé del tema, hasta que llegó el día.
Supe que era día quince por los tropecientos mensajes que había en el grupo. Lo había ignorado, y ahora era imposible leerlo todo. Además, muchas cosas eran stickers y chorradas.