El camino de tierra fue una lata. Pero una vez pasada Valdencina todo fue bien y rápido.
Aunque al llegar a la ciudad me sentí un poco rara. Solo había pasado unas semanas en Villa Carax, pero me había acostumbrado al lugar; al aire fresco, al silencio y a la tranquilidad.
El ritmo frenético de la ciudad me hizo sentir un poco inquieta al principio. Me sentí como me imagino que se sintió Milo teniendo que pasar del enorme jardín de la villa a regresar a nuestro pequeño apartamento.
Recuerdo algo absurdo, en un semáforo miré mi móvil, no tenía sentido, esperaba un mensaje de Adrián, cuando ni siquiera tenía su número de teléfono. ¿Qué raro, no?
Me pregunté qué estaría haciendo, y volví a pensar en el desagradable encuentro con Mateo.
Aunque habíamos quedado a la una y seguramente llegase tarde, no pensaba presentarme con las manos vacías.
Estuve dando vueltas hasta que vi una tiendecita de complementos de mujer. Dejé el coche en doble fila y bajé corriendo. La mujer que me atendió iba con demasiada calma, así que miré yo misma el mostrador y elegí unos elegantes pendientes de perlas con cobertura de plata. Eran un poco caros, pero con mi nuevo trabajo no tenía de qué preocuparme.
La dependienta me cobró y me los metió en una cajita.
Cuando salí de la tienda ya había un coche de policía junto al mío, por suerte todavía no habían bajado.
Me disculpé con ellos, monté y fui directa al restaurante que me había dicho Mari Paz.
Aparcar fue horrible... No sé cuántas vueltas tuve que dar, ni cuánto tardé, pero al bajar estaba muy agobiada.
Cuando entré ya estaban todas allí. Lorena, Marina, Paula, Marta y Almudena. Me hubiera gustado sentarme con Mari Paz, pero solo quedaba un sitio libre y estaba en la esquina contraria. Estuve a punto de decir algo para ver si alguna se levantaba y me daba su asiento, pero me contuve.
A ella la saludé con dos besos y un abrazo, a las otras solo con un gesto de mano. Me disculpé por la tardanza y me senté.
Comentaría de qué estaban hablando, pero me parece innecesario. Solo diré que es sorprendente la cantidad de tiempo que un grupo de chicas jóvenes puede estar hablando sobre caca.
Mientras hablaban de la frecuencia y sus tipos de heces solo pude asentir y sonreír. Cuando me preguntaron a mí me encogí de hombros sin saber muy bien qué decir.
Luego Marta se puso a hablar de su hija, Vega, una cría preciosa y muy despierta; pero no sé cómo acabó criticando a su ex Ferrán. La verdad es que Ferrán me cae bien, mejor que ella, pero prefiero no discutir, no en un cumpleaños.
Mientras hablaba pensé en Milo y en Adrián, por un momento los imaginé en el jardín de casa, luchando contra «molinos». No pude evitar sonreír.
Luego llegó el turno de Marina, que estaba lloriqueando por su follaamigo; de verdad que no sé cómo no se daba cuenta de que ese tío no la quería y solo la estaba utilizando, pero yo no me meto donde no me llaman.
Luego llegó el turno de Lorena, ella se puso a despotricar de una chica holandesa a la que había atendido en la peluquería unos días antes. La llamó «piojosa» y todas se rieron. No entiendo esa manía que tenemos las mujeres de criticar a otras mujeres.
Mari Paz se puso a quejarse de Jaime, un nuevo compañero del instituto, que siempre intentaba escaquearse.
Yo estaba en silencio, prefería escuchar a decir algo. No sabía si podría ser amable, y preferí escoger el silencio, creí que era lo mejor, pero de poco me sirvió.
Las cervezas iban una tras otra, así como las tapas, calamares, bravas, mejillones y puntilla. Ya casi habíamos acabado cuando Lorena me preguntó.
—¿Y tú, Clara? Estás muy callada. ¿Qué tal todo?
La pregunta me pilló empanada. Y no sabía si Lorena preguntaba porque de verdad le interesaba o para tener nuevos cotilleos.
—Pues... —titubeé.
—Tiene un nuevo trabajo y gana un pastón —dijo Mari Paz, las cervezas empezaban a pasarle factura.
—¿No me digas que llamaste al trabajo de cuidadora? —Almudena se sonrió, no supe cómo interpretar su sonrisa, yo también llevaba ya tres cervezas.
—¿Cuidadora? —preguntó Marina con cara confundida, aunque bueno, esa suele ser su cara habitual.
—Sí, es en...
—Yo no podría, eso de limpiar y cocinar todo el día. Prefiero que lo hagan ellos —me interrumpió Lorena con un deje de cabrona en la cara.
—No, ni limpio ni cocino, aunque tampoco pasaría nada, todo trabajo es digno —repliqué al instante, con un tono más serio de lo que pretendía.
—No, no, si está bien —se sonrió, y me dio mucha rabia.
—Cobra un pastizal, eh —mientras lo decía Mari Paz me guiñó el ojo.
—¿Y qué tal el hombre que tienes que cuidar? ¿Es muy mayor? —ya no me acordaba que Almudena era quien se había enterado del trabajo en un primer momento y conocía algunos detalles.
—Qué va. Tiene treinta y cinco años.
Los ojos de todas se abrieron, menos los de Mari Paz, a la que ya le había hablado bastante de Adrián.