Llegué a la villa y abrí la puerta.
Metí el coche mientras vigilaba, sabía que Milo no tardaría en aparecer.
Apenas había cerrado cuando me saltó a la pierna.
—Hola, guapetón.
Habían sido sólo veinticuatro horas, pero Milo actuaba como si llevase meses sin verme.
Me tuve que parar para acariciarlo, casi era obligatorio si quería poder seguir caminando.
—¡Sí, sí, yo también te echaba de menos!
Le acaricié la cabeza hasta que se dio por satisfecho.
Fui al coche y cogí la mochila del maletero. Saqué uno de los juguetes de Milo y se lo lancé. Así conseguí poder avanzar.
Casi había llegado a la entrada cuando Mateo salió por la puerta.
—Buenos días.
Me quedé parada al ver su cara, tenía una herida reciente en el labio superior y también en el pómulo.
—¿Estás bien...? ¿Qué ha pasado?
—¿Esto? —se señaló la cara—. Mi hermano, que tiene envidia de que yo sea el guapo de los dos.
—¿Eh...?
—Es broma, solo es que nos hemos peleado un poco.
—¿Por qué? —No entendía nada.
—Somos hombres, y hermanos. Es lo que hacemos.
Sabía que era un intento de broma, pero no me hizo gracia.
—Venga, no pongas esa cara. Los dos estamos bien. Y por si te interesa, yo gané.
—Uhm... —No le di importancia.
—Oye, ¿qué te parece si uno de estos días salimos a cenar tú y yo?
Su invitación me sorprendió, tanto como su descaro.
—Estoy muy ocupada aquí...
—Por eso no te preocupes. Si quieres yo me encargo de que alguien venga a ocuparse de Adrián.
—No es eso, es que...
—No voy a aceptar un «no» como respuesta.
—¿Has oído eso de que «no es no»? —repliqué con ironía.
—Tu boca dice no, tus ojos dicen «¿Por qué no?».
Quise insultarle, pero probablemente era él quien me pagaba el sueldo, y no sabía qué podía pasar si lo hacía.
—Te tienes en muy alta estima, ¿verdad?
—Sé cuánto valgo. —Sonrió—. Y seguro que mi compañía te gusta más que la de Adrián y sus amigos.
—Lo dudo.
Le esquivé, y seguí hacia la entrada, sabía que me miraba, notaba sus ojos en mi culo.
—No me rindo, señorita Reche, soy muy persistente.
Me dieron ganas de discutir con él, de cantarle las cuarenta, pero pasé, no me giré, no le di importancia; pensé que era lo mejor. Además me preocupaba Adrián, no sabía si eso de pelear era una forma de hablar, o si realmente se habían peleado.
Entré en casa escoltada por Milo y fui directa a las escaleras.
Le hice un gesto a Milo para que esperase, casi nunca subía a la segunda planta, pero esta vez parecía dispuesto a acompañarme a donde fuera.
Pareció entenderme y se quedó apoyado en los primeros escalones.
Recorrí el enorme pasillo y fui hasta la última habitación.
Puse la mano en el pomo, pero me detuve.
Toqué con los nudillos, un par de golpes secos.
—Adelante. —Escuché a través de la puerta.
Nada más pasar supe que aquel no era Adrián.
Esa mirada acechante, como la de un sabueso que sigue el rastro de su presa, esa cara que parecía incluso más angulosa. Las piernas cruzadas y la pipa en la mano izquierda. Aquel sin duda era Sherlock.
No lo había vuelto a ver desde mi primer día en Villa Carax, pero era fácil de reconocer.
—¿Necesita alguna cosa, señorita Reche?
El tono de voz solo hizo que confirmar mis sospechas, aquel no era Dantès, era Holmes. Cada personalidad de Adrián tenía un tono concreto, unas palabras que utilizaba más, así como un timbre diferente.
—Quería saber cómo estabas...
Di un paso al frente. Las cortinas estaban echadas y la única luz venía de la lámpara en la mesita de té; aun así pude ver que tenía una pequeña herida sobre la ceja derecha y el labio superior un poco hinchado.
Sentí sus ojos recorrer mi cuerpo, no como lo hace un hombre, sino como lo hace un geógrafo examinando un mapa, asimilando cada detalle.
—¿Sherlock?
—¿Quién si no? —Una sonrisa ladina en los labios.
Pensaba que al volver a verlo me caería tan mal como la primera vez, pero no, ahora me parecía hasta interesante.
—¿Va todo bien por aquí?
—Una pregunta muy trivial, me temo. Demasiado para merecer una respuesta.
—Ya, suponía que pensarías eso.
Ambos sonreímos, aunque más que sonrisas parecían un pequeño juego entre ambos.