A la mañana siguiente, después de un baño relajante, me fui a desayunar. Al abrir la nevera me sorprendí, Adrián se había comido todo el pastel. La verdad es que me hizo ilusión que le gustase tanto.
Mientras desayunaba apareció en la cocina. Él ya había desayunado, lo que quería decir que solo bajaba para verme. Me sentí halagada.
Estuvimos hablando de cosas ligeras un rato. Me preguntó cómo llevaba mis cuadros, y le dije que bien. Insistió en ver alguno, pero le dije que no estaba preparada. Me preguntó si había tejido algo, y le mentí, le dije que no, aunque me había dejado la vista la tarde anterior haciendo su Pikachu. Quería que fuese una sorpresa.
Yo me fijé en su cara, estaba mucho mejor, más deshinchada. El día anterior había evitado preguntarle, esperaba que él lo mencionase, pero no lo hizo.
Le dije que iba a salir a tomar el sol, y que viniera conmigo y con Milo. Dudó, pero le insistí, le dije que ese blanco nuclear que tenía en la piel no debía ser bueno, y acabó cediendo. Seguramente fue porque me puse muy pesada.
Cuando Adrián bajó ya había colocado dos toallas sobre el césped, cerca de uno de los árboles, tenía la crema solar y había preparado dos zumos tropicales con hielo en vaso largo. A Milo le había dado unos cubitos de hielo, le gusta morderlos, supongo que lo refresca y se entretiene con ellos.
Adrián salió por la puerta y se detuvo al verme. Supongo que mi bikini verde le gustaba.
Valeeee, reconozco que me lo puse porque me queda muy bien y quería lucirme. No había podido el día del vestido negro, y esto era como una especie de compensación.
Rojo como un tomate, y evitando mirarme, se acercó tímidamente.
Milo le observó, pero seguía demasiado centrado en el hielo.
Adrián se detuvo a mi lado y se sentó sobre la toalla.
—Vamos, quítate la camiseta o no te va a dar el sol.
Me hizo caso, aunque quizá fue porque pareció una orden directa.
Cuando se quitó la camiseta tuve que mirar... Es que no pude evitarlo. Se notaba mucho que hacía ejercicio. Tenía el cuerpo perfecto, no muy musculoso, pero sí atlético. Miré el pelo de su pecho, ni muy corto ni muy largo, algo rizado en los pectorales.
Adrián me miró de reojo y aparté la vista.
—Hace buen día, ¿verdad? —No sé por qué dije eso, supongo que para salir del paso.
—Sí... Se está bien. —Estaba claramente cohibido.
—Toma, es el zumo que te gusta. —Le di el vaso.
—Gracias.
—¿Por más días así de buenos? —Levanté el vaso para brindar.
—Por más días así de buenos.
Brindó conmigo, y después de beber me fijé en que sus ojos se fueron a mi escote un instante.
—Anda, date la vuelta.
—¡¿Por qué?!
Me hizo gracia su reacción.
—Quiero ponerte crema. No quiero que te quemes y que Amparo me culpe.
Dudó, pero al final se dio la vuelta.
Le eché el spray por su enorme espalda y comencé a frotar la loción.
Incluso de espaldas noté cómo se le ponía la piel de gallina.
En ese momento me hice la pregunta, pero esperé un poco más.
Le puse por los hombros y también por sus bíceps, no eran enormes, pero estaban fibrosos, brazos fuertes.
Adrián se dejó hacer, aunque me pareció que temblaba un poquito.
—Esto ya está, ahora tú a mí.
—¿Yo...? —Lo miré y su cara estaba todavía más roja.
—¿Quieres que me queme?
—No, no...
—Pues venga, vamos.
Le di el bote y me giré.
Primero me echó el spray y después comenzó a masajearme. Al principio fue un poco torpe, pero con cada segundo sus dedos parecían ganar confianza.
He de admitir que me dio un poco de calor, tanto que busqué el zumo para darle un trago.
Tenía las manos suaves, y sus dedos se deslizaban por mi piel con suavidad, como si yo fuera lo más valioso del mundo.
Había aguantado sin preguntar, pero ya no pude resistirlo y aproveché que estaba de espaldas para decir lo que pensaba.
—Adrián...
—¿Sí...?
—¿Tú has tenido pareja?
Sus manos se separaron de mis hombros.
Me giré y vi una mueca que no supe cómo interpretar.
—No hace falta que respondas, era curiosidad, yo...
—Tuve una novia en el instituto... Pero se acabó. —Estaba cabizbajo mientras lo decía.
—¿Fue antes o después de tu accidente?
—Empezamos antes..., y me dejó después... —No me gustó notar cómo se hacía un nudo en su garganta.
Me revolví en la toalla y con una mano y suavidad le levanté la cara por el mentón.