El lunes vino la empresa de limpieza. Adrián estuvo en su cuarto toda la mañana, todo el tiempo que estuvieron los trabajadores y más. Esta vez con el grupo vino un hombre más que revisó todo el jardín y usó la podadora y las tijeras en algunas partes.
El ruido asustó a Milo, que se fue a nuestra habitación y vigiló al jardinero desde la ventana.
Cuando el equipo de limpieza se fue pensé que era un buen momento para pintar.
Saqué el cabestrillo y la paleta ya con los colores, cogí mi pincel favorito, porque sí, tengo uno favorito, y comencé a dar rienda suelta a mi imaginación.
Apenas llevaba unos veinte minutos cuando un coche que no reconocí pitó junto a la verja.
Confundida me asomé.
—¿Sí?
—¿Eres Clara Reche?
—Sí, soy yo.
Sonreí, pensando en qué me habría comprado ahora Adrián, después de la tarta que le había preparado no me sorprendería que hubiera hecho de las suyas.
El repartidor fue a la parte de atrás mientras lo observaba, y para mi sorpresa lo que sacó fue un enorme y colorido ramo de flores.
Me giré para asegurarme de que Adrián y Milo no estaban al acecho y abrí un poco la verja, lo suficiente para coger el ramo.
—¿Puedes echarme una firma?
—Claro.
Me enseñó una pequeña tableta y deslicé el dedo lo mejor que pude.
—Gracias, que tenga buen día.
—Gracias, igualmente.
El repartidor se subió al coche y se marchó mientras yo cerraba la verja y olía las flores. Tenían un aroma embriagador. Un ramo perfecto de orquídeas blancas con un suave follaje verde, elegante sin necesidad de grandes adornos. Me pregunté cómo era posible que Adrián supiera que eran mis favoritas.
Mientras las olía vi la tarjeta blanca, la saqué y la leí...
No eran de Adrián...
Clara, el viernes iré a verte y a cenar contigo. Dime qué quieres cenar y yo lo llevo, detrás tienes apuntado mi número de teléfono.
Ponte ese vestido negro que tanto me gusta.
Besos, Mateo.
Tuve ganas de tirar el ramo y pisotearlo, pero las flores no tenían la culpa.
Pensé en hablarle para decirle que no se le ocurriera aparecer, pero además de ser mi jefe, parecía la clase de hombre que insiste e insiste...
No quería que tuviera mi número de teléfono, así que decidí ignorarlo, creyendo que si no tenía respuesta me dejaría en paz.
Llevé el ramo a la cocina y lo coloqué sobre un vaso grande con agua.
Que fueran de Mateo no las hacían menos bonitas. Me encantan las orquídeas y la elegancia que desprenden.
Me pregunté qué pensaría Adrián al verlas, pero no fue hasta unos días después, y aunque se fijó en ellas no dijo nada al respecto.
Ese día esperé a que Adrián bajase para contarle lo que había pasado, pero pasó una hora y no se presentó. Le mandé un WhatsApp, ahora tenía su número, pero no le llegaban los mensajes.
Me vi tentada de subir a ver qué hacía. Pero ya sabía lo reservado que podía ser y lo que defendía su intimidad. Decidí esperar a que viera el mensaje.
Le puse la comida a Milo, le cambié el agua, y seguí pintando, dejé el paisaje que estaba pintando, y empecé otro cuadro de cero, se me acababa de ocurrir una idea muy concreta y quería llevarla a cabo.
No sé de dónde nació la idea, pero me encantó en cuanto se me ocurrió, si hubiera sabido entonces…
Cuando acabé cogí el cuadro y me lo llevé corriendo a la habitación. No quería que Adrián saliese y lo viera. Todavía no.
Acababa de guardarlo todo cuando recibí una llamada de mi hermana Cris.
Podemos estar semanas sin casi hablar, pero cuando nos llamamos, madre mía, la conversación puede durar fácilmente más de una hora. Eso como mínimo.
Y esta vez no fue la excepción.
Hablamos de todo.
Ella me contó sobre el material que se había comprado para tatuar. Me estuvo también hablando de su trabajo en el piso tutelado, de una pelea que había ocurrido entre marroquíes y argelinos, y del incompetente de su jefe.
Le insistí en que debía buscar otra cosa, pero ella me dijo que por ahora aguantaría, aunque tuviese que aguantar al estúpido de Mohamed y los escaqueados de sus compañeros.
Es que sin conocer a ese hombre ya me caía mal, ni para coordinar horarios sirve.
Luego me preguntó por mí, me dijo que mamá le había hablado por encima de mi nuevo trabajo.
Le hablé un poco de la villa, y de los detalles. Al enterarse de lo que cobraba me preguntó si necesitaban a alguien más.
La verdad es que nos reímos bastante. También aproveché la llamada para hablarle del cumpleaños de Mari Paz.
Entre una cosa y otra surgió. La verdad es que no sé en qué momento empecé a hablarle de Adrián. Lo cierto es que no lo busqué, simplemente me salió solo.