Prohibido enamorarse del protagonista.

Picadura.

Hacía unos minutos que me había levantado, todavía estaba quitándome las legañas y tomando un café cuando escuché cómo Milo gimoteaba en el jardín. Al oírlo fui, me levanté de un salto y empecé a buscarlo. No sabía qué podía haber pasado, pero aquellos quejidos no eran normales.

Al salir al jardín vi que Milo venía hacia mí a paso lento, con el morro alicaído.

—¿Qué pasa, cariño?

Me agaché y lo vi.

Tenía una picadura junto a la nariz y se le estaba hinchando. Le cogí el morro y me incliné para verlo mejor.

Tenía un pequeño aguijón clavado.

Al quitárselo dio un respingo.

Milo estornudó y comenzó a frotarse con la pata. Parecía que le costaba respirar. En ese momento sentí un miedo y una ansiedad enormes.

—¡Adrián!

Milo gimió más, era un perro sin miedo a nada, y que nunca ha estado enfermo, es probable que exagerase, pero quién no exagera cuando a su perro le ocurre algo.

—¡¡¡ADRIÁN!!!

No sé cómo escuchó mis gritos desde la segunda planta, pero me oyó.

Las escaleras crujieron mientras él salía corriendo por la casa.

Al llegar se detuvo, vio a Milo, que cada vez tenía el hocico más hinchado, y también a mí, que estaba aterrada.

—¿Qué ha pasado...?

—¡Y yo qué sé! ¡Le ha picado algo, no lo ves!

—¿Traigo un paño frío para bajarle la inflamación?

Seguramente era una buena idea, pero estaba demasiado preocupada para considerarlo.

—No..., no. Hay que llevarlo al veterinario. ¿Habrá alguno en Valdencina? ¿No? —Le miré inquieta.

Adrián se encogió.

—Voy a por el móvil...

—Espera...

Saqué mi móvil del bolsillo y me metí en el buscador. Había tres sitios. No sabía cuál sería mejor, así que me dejé guiar por las reseñas y la puntuación.

—Bien, ya sé dónde hay uno.

Milo seguía frotándose la herida con las patas, nervioso, y con la respiración acelerada.

—¿Me acompañas?

En ese momento no me di cuenta de lo que le pedía. La cosa es que no quería ir sola, estaba muy agobiada, y necesitaba apoyo.

Adrián me miró a los ojos, confundido.

De todas las veces que le he visto cambiar de personalidad, aquella fue la vez más evidente y clara de todas.

Su cara perdió toda emoción evidente. No parecía preocupado ni tranquilo; solo terriblemente seguro de sí mismo.

—Claro que te acompaño. —Su voz adquirió esa calma de quien nunca improvisa porque ya ha previsto todos los finales.— Tú conduce, yo subiré con el perro detrás y lo mantendré tranquilo.

—¿Sí...? —Dudé, quizá aquello era una imprudencia.

—Vamos, señorita Reche. No hay tiempo que perder.

Hicimos lo que él dijo, abrí la verja mientras cargaba a Milo y lo metía dentro del coche.

Adrián ocupó el asiento de detrás y recostó a Milo entre sus piernas, creo que incluso el perro supo que aquel no era Adrián, pero también se dio cuenta de que era un amigo. O quizá fue esa confianza que Adrián Dantès siempre desprende. Saqué el coche, cerré la verja y salimos hacia Valdencina.

El camino era horrible, tuve que ir evitando los baches mientras miraba a Adrián y Milo por el retrovisor.

Milo parecía más calmado y respiraba mejor, y Adrián tenía esa expresión inescrutable, una cara que me guste reconocer o no, dice: tranquila, lo tengo todo bajo control.

Algunos baches hicieron chirriar las ruedas, tenía que calmarme o acabaría rompiendo la dirección del coche.

—Clara. Respira. Milo está conmigo, y se encuentra bien. Si te pones nerviosa, acabará afectándole.

Miré una vez más por el espejo, Adrián tenía una expresión solemne y confiada, y Milo apoyado en su regazo tenía mucho mejor aspecto.

—Sí... Tienes razón...

Avancé un poco más despacio hasta que llegamos a la salida de Valdencina, que ya estaba asfaltada.

De vez en cuando miraba por el espejo, Milo seguía congestionado pero parecía estar mejor. Y Adrián mostraba una templanza inamovible.

En diez minutos estaba viendo los tejados rojizos del pueblo.

Era la segunda vez que iba a Valdencina, y solo puedo decir que bendito GPS.

Seguí sus indicaciones a rajatabla y llegué hasta la puerta del veterinario.

Aparqué malamente en la entrada y en cuanto frené Adrián ya estaba saliendo con Milo en los brazos.

Me lancé contra la puerta y la sostuve para que Adrián entrase.

La clínica era mucho más pequeña de lo que aparecía en las fotos, pero todo eso daba igual.

Había una mujer de unos cincuenta sentada tras un mostrador, levantó los ojos del ordenador en cuanto pasamos.




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