Prohibido enamorarse del protagonista.

Un muy buen beso.

Cuando salimos del veterinario Adrián parecía intranquilo. Sabía justo lo que pensaba, estaba en la calle, y sin Edmond para cubrirlo parecía estar más alerta, más incómodo.

Una vez colocó a Milo, ya recuperado, en la parte de atrás, subió al coche, esta vez delante, conmigo.

—¿Quieres comer algo? —sabía su respuesta, pero lo intenté por si acaso.

—Prefiero ir a casa...

No necesité más, ni quise insistir.

Puse el GPS, pero esta vez solo para asegurarme, recordaba el camino y sabía que podría volver a la villa sin problemas.

Hicimos todo el camino de vuelta en silencio, con la música de la radio.

Quería decir algo, pero no estaba segura de qué.

Al final me quedé callada.

Adrián parecía tranquilo. Bueno, menos que cuando era Dantès, pero más de lo que esperaba.

Ahora que mis nervios por Milo habían pasado, era más consciente de lo que acababa de pasar.

Pensaba que hacer salir a Adrián sería como intentar sacar de casa a un agorafóbico, pero no había sido el caso.

Estaba algo inquieto, se le notaba, pero no era algo exagerado.

—¿Todo bien? —sonreí, intentando restar importancia a la pregunta.

Adrián me miró y también sonrió, aunque una sonrisa apagada.

—Sí, tranquila. Lo importante es que Milo está bien.

Adrián se giró, yo miré por el espejo. Milo descansaba detrás, respirando normal y muy relajado.

En poco más de diez minutos estábamos entrando en el camino de tierra.

Otra vez los dichosos baches. Ahora fui más lenta, y al menos el coche no daba la sensación de ir a partirse en plan Titanic en cualquier momento.

Bajé, abrí la verja y metí el coche. Adrián bajó a Milo, que se encontraba mucho mejor. La hinchazón había bajado y parecía más despierto que al salir de la clínica. Supongo que me gustaba haber vuelto a su jardín a pesar del accidente.

Mientras cerraba la verja noté que Adrián miraba, no la verja, era como si mirase más allá. Tenía una expresión que no supe identificar.

Milo fue directo a su cuenco de agua, estaba sediento.

Caminamos hasta la puerta cuando miré a Adrián, estaba muy serio.

Cuando entramos en la villa le pregunté.

—¿Comemos?

—Estoy un poco cansado y me duele la cabeza. Prefiero subir y tumbarme, ¿te parece bien?

—Sí, claro.

Adrián subió por la escalera, que crujió con cada paso.

Fui a la cocina y me saqué un plato. Estaba hambrienta, elegí carrillada con patatas fritas.

Cuando Milo entró a verme le di un pedacito de carne que agradeció. Se subió para pedir más, pero le bajé. A Milo, si le das la mano, te pide el brazo.

Cuando acabé de comer me tumbé en la cama y Milo subió conmigo.

Estuve mirando Instagram y respondiendo algunos mensajes.

Me cansé enseguida de estar perdiendo el tiempo, y me puse con el Pikachu. Quedaba muy poco para que estuviera acabado.

Mientras tejía no podía dejar de pensar en Adrián y en lo que debía haber supuesto para él salir fuera de la villa. No sabía cuánto tiempo llevaba así, recluido, pero estaba segura de que su última salida no había sido reciente.

Con cada puntada que daba repasaba lo que había ocurrido. Adrián había salido, había salido por mí…

En lo que más pensé fue en la aparición de Dantès. Había sido demasiado rápida, casi como si Adrián supiera que era lo necesario y que necesitábamos a alguien así. No había aparecido el Quijote o el Principito, no, había sido la personalidad más necesaria, y en el momento justo. Eso me hizo cuestionarme cómo funcionaban. Adrián había dicho que no sabía qué lo desencadenaba o cuándo aparecían, pero quizá aquello no era tan casual como podía parecer.

Cuando me cansé de tejer me puse a leer, Hamlet.

Y sin darme cuenta se me pasó la tarde y empezó a anochecer.

Tenía hambre, así que fui a la cocina y lo esperé, pero no bajó. Me pregunté si alguna personalidad había tomado el relevo, y por eso no estaba presente.

Estuve un rato largo, como no vino decidí cenar, salmón asado con patatas cocidas y una salsa que aunque sabrosa no sabía qué era.

Esperé hasta casi las once de la noche, pero seguía sin aparecer y ya no pensaba esperar más.

Subí las escaleras y recorrí el pasillo hasta detenerme en su puerta.

Cogí el pomo, pero me detuve, no quería entrar como un elefante en una cacharrería. Respiré hondo y toqué con los nudillos.

Esperé, y no hubo respuesta, así que volví a tocar una vez más, esta vez con más fuerza.

Nada... Y ahí sí que empecé a inquietarme. Volví a tocar, esta vez mucho más fuerte.

Llevé mi mano al pomo y entonces sentí cómo tiraban del otro lado.

Adrián se asomó con el pelo enmarañado y cara de acabarse de despertar.




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