Esa noche me costó mucho dormir, no podía dejar de darle vueltas al beso. ¿Y si había cometido un error? ¿Y si Adrián pensaba que me había excedido?
Cuando me levanté por la mañana estuve un rato remoloneando en la cama. Todavía no sabía cómo actuar o qué le iba a decir si me preguntaba. Ni siquiera estaba del todo segura de por qué lo había hecho o qué esperaba que pasase. Fue algo impulsivo, me salió así.
Me levanté, le cambié el agua y le puse comida a Milo y me preparé un café y un bol con fruta variada.
Ni siquiera había terminado de desayunar cuando escuché los crujidos de la escalera y miré directamente hacia la entrada, y entonces Adrián entró, bueno, no era exactamente él…
Nada más verlo lo supe, que no era Adrián, bueno, mi Adrián. Se había peinado, se había afeitado, y al acercarse me di cuenta de que llevaba una colonia que nunca le había olido.
Y su sonrisa…, no era la sonrisa tímida de Adrián. Ahora sonreía de una forma que parecía capaz de declarar una guerra o un amor con la misma facilidad.
Sentí un pequeño escalofrío.
—Buenos días… —le saludé sin saber qué esperar.
Se llevó una mano al pecho e inclinó apenas la cabeza. Su voz sonó más cálida de lo habitual, casi musical.
—Buenos… serían si el sol hubiese tenido el buen gusto de salir por vuestra ventana antes que por el horizonte.
Parpadeé, no sabía quién era, esa personalidad no se parecía a ninguna de las anteriores. Aquello era… diferente.
—Eh… Vale… —respondí sin saber qué decir.
Avanzó hasta quedarse frente a mí.
Sus ojos no se apartaban de los míos ni un instante. No era del todo incómodo, pero sí demasiado intenso.
Cogió una de las fresas del bol que había sobre la mesa, y la observó como si fuera algo peculiar.
—La naturaleza presume de haber creado el rojo más hermoso.
Después levantó la vista hacia mí.
—Qué desilusión debió de llevarse el día que os conoció.
Abrí la boca para decir algo, pero la cerré y volví a abrirla.
—Vale… —murmuré—. Definitivamente no eres Adrián.
Él sonrió un poco más.
—Vuestro ingenio iguala vuestra hermosura.
Suspiré.
—A ver… Espera.
Me levanté despacio de la silla.
—No eres Sherlock… Ni Dantès…
Negó con una elegancia exagerada.
—Ni Don Quijote.
Otra sonrisa.
—Tampoco.
Fruncí el ceño mientras repasaba mentalmente los libros que conocía.
Y entonces caí…
Levanté lentamente un dedo hacia él.
—¿Dónde naciste?
—En Verona, por supuesto.
—¿Romeo?
Sus ojos brillaron como si acabara de darle la mejor noticia del mundo.
Se acercó un paso más.
—Al fin pronunciáis mi nombre como quien pronuncia el suyo propio.
Madre mía… En ese momento lo entendí. Había besado a Adrián y eso había provocado que apareciera Romeo. ¿Pero cómo debía interpretarlo?
Me pasé una mano por la cara.
—Vale…
Respiré hondo.
—Romeo, ¿has desayunado?
Él sonrió con una dulzura casi ofensiva.
—¿Cómo podría preocuparme por el pan cuando acabo de contemplar aquello por lo que merece la pena vivir?
Suspiré.
—Eso significa que no.
Me giré hacia la nevera.
—¿Qué te apetece?
—Si he de elegir, os elijo a vos.
—Digo de comer…
—Mientras estéis vos, cualquier cosa me bastará.
—Hmm… Pues toma, fruta, que es muy sana.
Saqué otra bandeja de la nevera y se la puse delante.
—Venga, siéntate.
No hizo el menor intento de obedecer.
En lugar de eso rodeó la mesa despacio, sin dejar de mirarme.
Aquello empezaba a dar un poco de miedo. No porque él pareciera peligroso ni nada de eso, sino porque parecía incapaz de apartar los ojos de mí.
Cogí una fresa de su bandeja y estiré el brazo.
—Vamos, come.
La aceptó con una delicadeza exagerada.
—Si proviene de vuestras manos, hasta la fruta sabe distinta.
—Solo es una fresa. —bufé.
—Precisamente.
Lo observé un segundo. Supongo que mi insistencia surtió efecto y empezó a comer. Pero incluso mientras comía siempre estaba atento a mí y a cada movimiento que hacía.