Después de ese estúpido malentendido y de vernos a Mateo y a mí, Adrián se encerró en su habitación.
En ese mismo momento le dije a Mateo que se fuera; y para mi sorpresa lo hizo. Se fue sin apenas decir nada. Incluso me atrevería a decir que arrepentido. No creo que por robarme un beso, sino por haberse dado cuenta y haber encajado todas las piezas.
En cuanto oí su coche alejarse subí en busca de Adrián.
Toqué a su puerta, pero no respondió, le mandé mensajes, pero no contestó; también le llamé, pero me ignoró, y en algún momento de la noche apagó el teléfono.
Insistí en su puerta, pero nada...
Esa noche no pegué ojo. No podía entender cómo todo había acabado así. Pero no pensaba claudicar.
En cuanto amaneció me fui a la cocina y me quedé en silencio, esperando. Adrián tendría que venir en algún momento, pensé, pero no pasó...
Unas horas después, ya demasiado cansada de esperar. Estaba enfadada con Adrián. No porque me ignorase, sino porque no me daba la oportunidad de explicarme.
Furiosa, subí a su habitación y aporreé la puerta. Le di puñetazos, y si no recuerdo mal alguna patada.
—¡Ábreme!
Pegué la oreja a la puerta, todo en silencio.
—¡No me voy a ir Adrián! ¡No hasta que abras la puerta!
Seguí golpeando, aunque paraba cada poco. Es increíble lo cansado que es golpear algo.
—¡Sigo aquí! ¡Tengo todo el tiempo del mundo!
Y seguí, y seguí. Me rompí una uña y me dejé los nudillos rojos, pero no pensaba moverme.
—¡Tarde o temprano tendrás que salir! Y no me pienso mover de aquí. ¿Me oyes?
De pronto la puerta se abrió y Adrián salió. En ese momento me pareció más grande todavía, más imponente. Inconscientemente di un paso para atrás.
Al mirar su cara, me di cuenta de que a pesar de todo seguía siendo Adrián.
—¿Qué quieres?
¡Hola!
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Y, qué decir, si has llegado hasta aquí, gracias por darle una oportunidad a esta historia.