Prohibido Enamorarte.

8.- Jueves 11 de julio del 2019.

Adri:

    Encontramos un hotel cerca, por fuera se mantiene bien, con la pinta de Venecia usual, pero por dentro es todo más moderno, seguramente sufriendo restauraciones de remodelación por el tiempo de antigüedad de la ciudad.

    —Hola, buenas noches, estamos buscando una habitación —saluda Liam a la recepcionista.

    —Hola, buenas noches, ¿quieren que les arme un presupuesto de turistas dependiendo los días que necesiten quedarse?

    —No, gracias, buscamos una habitación solo para pasar la noche, una habitación de precio intermedio, ni tan cara ni tan barata —respondo esta vez yo.

    —Por supuesto, déjenme ver qué tengo disponible. —Teclea en su computador, mueve el mouse y presiona dos veces el botón enter—. Una habitación premium está disponible por doscientos cincuenta euros por lo que resta de la noche, la llave debe ser devuelta a las nueve de la mañana o seguirá avanzando el precio de la habitación.

    —¿El precio de esa habitación te parece bien? —me pregunta Liam en voz baja, demasiado bajo, pero alcanzo a escuchar.

    —Entendido, gracias, tomaremos esa habitación —respondo por mi parte en voz alta para la recepcionista que asiente con la cabeza y enseguida comienza a pedir nuestra información indispensable para autorizarnos la habitación. Cuando termina el proceso, por lo mucho dos minutos después, nos entrega las llaves de la habitación y nos lleva hasta la puerta en el segundo piso.

    —¿Y bien? ¿Quieres otro trago? —Cierra la puerta detrás de sí. 

    —No gracias, suficiente alcohol he tomado, más de lo habitual. —Camino por el elegante piso al primer sillón que tengo de frente en el cual dejo mi pequeño bolso con mis pertenencias.

    —Está bonita la habitación, y lo mejor es que tiene un minibar. 

    —Esto es más que una habitación, es como si fuera un departamento, el precio es digno de este lugar.

    —Puedo pagar al comp...

    —No te atrevas a terminar esa frase. —Camino hasta él, hago contacto visual para tratar siquiera de adivinar un poco lo que está pensando, a pesar de que solo nos separa la barra del minibar no me deja ver mucho.

    —¿En qué piensas? —pregunta.

    —En qué será lo primero que hagamos —mi voz suena sensual, con poder femenil.

    —Quiero besarte, ¿puedo besarte? —Rodea la barra y se acerca a mí, verdaderamente se acerca, nuestros rostros están tan cerca que podría responder o podría directamente ir a la acción y besarle, cómo hago lo que mi voluntad ordena decido hacer lo segundo, uno sus labios a los míos y ya está, ya comenzamos, el pecado está comenzando a formarse, a crecer, y no voy a parar hasta que explote, ya tengo mi entrada al infierno ahora haré que valga la pena, disfrutaré de cada maldito segundo una vez más. 

    Sus manos son como lava ardiente, prenden mi piel en segundos por dónde sea que toquen, como ahora que están en mi cintura tomándome fuerte, casi con desesperación, su beso me provoca frustración, como si llevara mucho tiempo tratando de controlar el no lanzarse sobre mí, como un león hambriento de carne. 

    —La barra —susurro sobre sus labios. Entiende a la perfección, me toma por debajo de las nalgas y en un segundo estoy sentada en el lugar que le he pedido con él entre mis piernas. 

    Paso mis manos por su cabello, mis ojos están cerrados, disfruto de un beso más ardiente que el anterior, él no se deja dominar, pero yo tampoco, es una guerra de titanes donde los dos somos experimentados y luchamos por hacerlo saber, sus manos suben mi vestido por mis piernas, me levanto a penas un poco para subir mi vestido por mi cintura y luego lidiar con la tarea de sacarlo por mi 

cabeza ignorando por completo la cremallera. Sus dedos se dirigen al broche de mi sujetador strapless, aquel que tiene su segundo encuentro con él, casualidades del destino, ajá. 

    —Tu ropa —le pido.

    —Ayúdame —responde pícaro.

    Desvestir a un hombre tremendamente atractivo no es algo que me desagrade, dirijo mis manos a su cinturón, lo desprendo de él haciendo que su pantalón con un poco de ayuda baje al suelo, eso hace que suelte una carcajada ronca, lo miro con el ceño fruncido.

    —¿De qué te ríes?

    —De nada, olvídalo, es que van primero los zapatos. —Se ha librado antes de su playera, por eso se agacha para quitarse los zapatos, y el pantalón para dejarnos con la misma ropa interior encima, él sus bóxers y yo mis bragas de encaje.

    —¿Estás insinuando que estoy impaciente?

    —No, el impaciente soy yo, he querido hacerte esto desde el jueves.

    —Bueno, pues aquí me tienes, tómame. —Acuno mis senos desnudos y se los ofrezco.

    Retiro mis manos para agarrarme a la barra y ahora es él quién los acuna, los masajea con destreza y es un placer tan grande que parece como si me estuviera tocando en otra parte, en mi lugar de éxtasis que es incluso mucho más sensible que mis pezones.

    —Es exactamente como pensé que serían, es como si hubiesen sido hechos a la medida de mis manos, ¿te gusta así? —Continúa masajeando, apretando, mordiendo...

    —Sí, me gusta. —Muerdo mi labio inferior dejando en el aire mi respuesta, mismo que se comienza a invadir por el olor del deseo que desprenden nuestros cuerpos. 

    Deja mis senos para ir por el elástico de mis bragas, me desprende de ellas y acto consecutivo se desprende de sus bóxers.

    —Vaya. —Suelto el aire contenido ante mi expectativa—. Formas parte del pequeño porcentaje masculino que logra una erección recta.

    —¿Te gusta lo que ves?

    —¿Por qué buscas mi aprobación en casi todo? ¿Te gusta a ti cómo la tienes?

    —Me gusta lo que puedo hacerte con ella. —Con la mano derecha se rodea la base comenzando a masturbarse, con movimientos lentos de arriba hacia abajo, hacemos contacto visual por complacer nuestro líbido, me hago un poco más hacia atrás, subo los talones a la barra haciendo uso de mis dotes de bailarina, abro las piernas formando con mis rodillas ángulos de noventa grados para así darle una vista amplia del bufé que esta madrugada se va a cenar, le muestro lo que solo podrá tener aquí y ahora.




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