Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 4

KAIA

El agua cae caliente sobre mi espalda y dejo que el vapor llene el baño hasta empañar el espejo, como si por unos minutos pudiera borrar lo de ayer, como si bastara con cerrar los ojos bajo la ducha para que la voz de Lauti deje de repetirse en mi cabeza con esa precisión que no perdona, con esa forma de clavarse donde más duele. Me apoyo con una mano en la pared, dejo que el agua me golpee la nuca y cuento respiraciones para bajar el pulso, para ordenar lo que no se ordena, para convencerme de que hoy voy a entrar a la cancha como siempre, con la claridad de quien sabe qué hace y por qué lo hace, aunque la verdad es que no dejo de pensar en Gael Ferraro y en la manera en que se sostuvo frente a mí, inmóvil, seguro, negando lo que está ahí, tan evidente que asusta.

Cierro la llave y el silencio vuelve de golpe, pesado, casi físico. Me seco rápido, sin demorarlo, con esa urgencia que aparece cuando sé que no puedo quedarme pensando mucho tiempo en lo mismo sin que me arrastre. Me visto con la ropa de entrenamiento de los días domingo, cómoda, ajustada lo justo para no molestar, y me recojo el pelo en una trenza firme que me despeja la cara. En el espejo, mis ojos están más oscuros de lo habitual, como si la noche no hubiera pasado del todo. No me detengo a analizarlo. Tomo las llaves, el bolso, salgo.

La mañana es fría. El aire entra limpio, corta un poco la cara y me obliga a espabilarme. Camino rápido hasta el auto, lo enciendo, y mientras el motor calienta dejo que la radio suene de fondo sin escuchar realmente. El trayecto hasta la cancha es corto, lo hago casi en automático, pero hoy todo se siente distinto, como si hubiera una capa más de tensión sobre las cosas habituales, como si el día estuviera cargado de algo que todavía no termina de mostrarse.

Llego antes de lo normal.

Me gusta hacerlo así. Tener unos minutos para mí, para recorrer el campo vacío, para sentir el espacio sin ruido, para ordenar la cabeza antes de que lleguen los chicos con su energía desbordada. Estaciono, bajo, y el pasto está húmedo, el rocío todavía pegado a las hojas, el olor a tierra más fuerte que de costumbre. Camino hacia la cancha y entonces los veo.

Gael ya está ahí.

Y Lauti también.

Se mueven en silencio, concentrados, como si el mundo se redujera a ese rectángulo de pasto y a la pelota que va y viene entre ellos. Gael está de espaldas, con una remera oscura pegada al cuerpo, el gesto enfocado, la postura firme, y Lauti… Lauti está distinto. Más suelto. No completamente, pero hay algo en sus movimientos que no estaba ayer. Corre unos pasos, recibe la pelota, la devuelve. Gael lo guía con palabras cortas, precisas, sin levantar la voz.

Me siento una espía, pero al mismo tiempo en guardia lista para ataca. ¿Acaso estoy preparada para defender al niño de su propio padre? La tensión se corta con cuchillo.

—Bien —le dice—. Otra vez.

Lauti asiente.

Y lo hace.

Me quedo a unos metros, sin hacer ruido, observando.

Hay algo en la escena que me desarma.

No lo esperaba.

La forma en que Gael se inclina apenas cuando le habla, la paciencia en el tono, la repetición sin presión aparente… es otro hombre. O es una versión de él que no mostró ayer. Y Lauti responde a eso. No perfecto, no fluido, pero responde. Hay un intento real. Hay un vínculo, aunque sea frágil.

Y eso me llena de una ternura que no quiero sentir.

Porque complica todo, no quiero perder la perspectiva de estar en guardia ante un tipo como él.

De repente, Gael levanta la vista y me ve.

No se sorprende.

Como si supiera que iba a llegar así, temprano.

—Llegaste antes —dice, sin dejar de moverse.

—Yo siempre llego muy temprano para preparar mis entrenamientos con los chicos, señor Ferraro. Buenos días.

Asiente.

—Necesitaba tiempo con él.

Miro a Lauti. Me devuelve una mirada breve, casi tímida, y vuelve a concentrarse en la pelota.

—Se nota —respondo.

Gael no dice nada más. Sigue marcando el ritmo.

—Pase. Corre. Mira al frente.

Lauti lo hace. No siempre bien, pero lo hace.

Me acerco un poco más.

—Está mejor —digo.

—Siempre está mejor cuando trabajamos solos.

Hay algo en esa frase que no me gusta, pero decido no darle rienda suelta. No discutimos. No todavía.

El ejercicio sigue unos minutos más, y durante ese tiempo quiero creer que esto puede funcionar, que hay un camino posible entre lo que él propone y lo que yo veo, que no estamos en extremos opuestos sino en puntos que pueden encontrarse. Quiero creerlo porque lo que veo ahora mismo me da motivos para hacerlo.

Hasta que deja de dármelos.

—Más rápido —dice Gael.

Lauti intenta.

—¡Más rápido!

Falla.

—¡No así!

La pelota se le escapa.

Gael la recoge, la sostiene un segundo, y algo cambia.

Es mínimo, pero lo veo.

La mandíbula más tensa, la respiración más corta, la mirada más dura.

—Concéntrate —ordena.

Lauti asiente, pero el cuerpo no le responde igual. Se vuelve a encoger, a cerrar.

—Otra vez.

Lo intenta.

Se equivoca.

—No estás mirando —dice Gael, más alto.

El tono cambia.

Y con el tono, todo.

—¡Mira la pelota!

Lauti lo hace.

—¡No, así no!

Se acerca, toma la pelota de sus manos, la lanza de nuevo, más fuerte.

—Reacciona, vamos, ¡reacciona!

Lauti no alcanza.

La pelota pasa.

—¿Qué estás haciendo?

Silencio.

—¡Te estoy hablando!

Siento cómo algo se me aprieta en el pecho ante la furia que me provoca la escena.

—Señor Ferraro—intento intervenir, pero no me escucha.

—No puedes quedarte parado —insiste—. Tienes que moverte.

—Lo intento —dice Lauti, bajo.

—¡No lo suficiente!

Ahí está.

La frase.

La misma.

El mismo lugar.

—¡Señor Ferraro!—repito, más firme.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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