Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 5

GAEL

El sonido de los tapones contra el suelo, el olor a pasto recién cortado y el murmullo constante de la tribuna deberían ser mi lugar seguro. Siempre lo fueron. Aquí, en un club de rugby un domingo por la tarde, el mundo tiene sentido.

Las reglas son claras: si chocas, avanzas; si te taclean, pasas la pelota; si te caes, te levantas. Simple. Matemático. Brutal. Sin embargo, hoy el mundo me parece un rompecabezas al que le faltan piezas. O peor, un rompecabezas donde las piezas que tengo no encajan en el tablero.

—¡Mira ese despegue, Gael! El ocho de Newman tiene un motor en el pecho, si lo pulimos un poco, en dos años lo tenemos en la selección —me dice el Ruso, dándome un codazo que en cualquier otro hombre habría provocado una costilla rota.

Asiento por inercia.

Mis ojos están fijos en la cancha, en el partido de primera división que vinimos a "scoutear", pero no estoy viendo el juego. El Ruso, Nacho y yo estamos sentados en la primera fila de la tribuna preferencial, con vasos de cerveza en la mano y esa actitud de "dueños de la verdad" que te da haber jugado veinte años en el nivel más alto.

—Sí, es rápido —respondo, aunque ni siquiera sé de qué color es la camiseta del ocho. —¿Rápido? Es un rayo, boludo. ¿Te pasa algo? Estás más colgado que cuadro de museo. —Nacho se ríe y le da un trago a su bebida—. Parece que te pegaron un tacle en la nuca y todavía estás viendo pajaritos.

—Estoy bien. Dormí mal, eso es todo—miento. La verdad es que no puedo dejar de ver la imagen de esta mañana. Lautaro, mi hijo, aferrado a la cintura de esa mujer como si fuera un náufrago agarrado a un madero en medio de la tormenta.

Mi hijo, que apenas me deja apoyarle una mano en el hombro sin tensarse como un arco, se hundió en los brazos de Kaia Orsi con una naturalidad que me dio ganas de romper algo. O de llorar.

Y como yo no lloro, la opción de romper cosas sigue ganando por goleada en mi cabeza.

—Che, en serio, el tipo de apertura de ellos tiene un pie muy bueno—insiste el Ruso, ajeno a mi crisis existencial—. Deberíamos hablar con el padre después del partido. Parece un tipo razonable.

Un padre razonable, un tipo razonable. La frase me rebota en el cráneo. ¿Yo soy un padre razonable? Según la "entrenadora", soy un generador de traumas con carnet de socio.

Cierro los ojos un segundo y ahí está ella.

Otra vez.

Es como un parásito que se me instaló en el pensamiento y no hay antibiótico que la saque. Kaia. Me irrita. Me irrita desde la punta de su trenza negra hasta la forma en que se planta en la cancha sin pedirle permiso a nadie. Es una mujer que parece diseñada para llevarme la contra. Su piel es tan blanca que parece que nunca le dio el sol, lo cual es ridículo porque se pasa el día a la intemperie entrenando nenitos, pero ahí está: una palidez de porcelana que contrasta con ese pelo largo, negrísimo, que brilla incluso bajo los reflectores más podridos del club. Y los ojos… ojos negros, profundos, que no parecen observar a nada ni a nadie a la ligera, sino que te escanean. Te leen la letra chica del contrato que ni tu mismo sabes que firmaste.

—¡Uhhhh! ¡Lo partió al medio! —grita Nacho, levantándose del asiento—. ¡Eso es un tacle, caramba!

La gente grita. Yo me quedo sentado.

Odio que sea atractiva.

Lo odio con una intensidad casi infantil.

Porque sería mucho más fácil mandarla bien lejos si fuera una vieja amargada que no sabe nada de la vida.

Pero no.

Es joven, es hermosa de una manera desafiante y, lo que es peor, es inteligente. Es una combinación letal para un hombre que está acostumbrado a que su sola presencia cierre cualquier discusión. Pero lo que más odio, lo que me revuelve el estómago más que la cerveza tibia, es que ella parece entender a Lautaro mejor que yo y nada hace sentir peor a un padre que el hecho de dejar en evidencia que le cuesta conectar con su propio hijo.

Ella vio el bloqueo donde yo vi falta de carácter. Ella escuchó la pregunta que yo no supe responder.

“¿Vas a quererme?"

La pregunta de mi hijo me persigue como un fantasma hambriento. ¿En qué momento Lautaro pensó que mi amor era una suerte de negociación? ¿En qué momento el rugby se volvió el precio de mi afecto? Yo solo quería que fuera fuerte. Quería que no sufriera lo que yo sufrí, que tuviera esa coraza que te protege del mundo.

Pero parece que en el proceso de construirle una armadura, lo estoy asfixiando desde muy adentro.

—Gael, en serio, baja a la tierra de una vez—. El Ruso me sacude el hombro—. Te estoy hablando del chico aquel. Tiene una zancada de gacela, pero le falta gimnasio. ¿Me estás escuchando o estás planeando cómo conquistar el mundo?

—Estaba pensando en Lautaro —digo, sin filtrar, porque ya no me queda energía para caretearla. Mis amigos se quedan callados un segundo. Se miran entre ellos. Nacho suspira y deja el vaso de plástico en el piso.

—Es el pibe, ¿no? Sigue sin querer chocar ni taclear—dice con ese tono de falsa empatía que cargan los que no tienen hijos o tienen hijos que son "máquinas" de jugar—. Mira, Gael, no todos nacen con tu ADN. El chico es más… sensible. Salió a la madre, qué sé yo.

—No es sensible, Nacho. Está aterrado —suelto, y me sorprende la honestidad de mis propias palabras—. Y hoy, la entrenadora esa, la Orsi… me lo dijo en la cara.

—¿La morocha del club de barrio? —Nacho suelta una risotada—. Está fuerte como cadenazo en los dientes esa mujer, pero dicen que es más brava que un scrum de los All Blacks. Te debe haber puesto los puntos y a vos, que sos un macho alfa herido, te duele el ego.

—No me duele el ego, descerebrado—le corto, aunque sé que tiene razón en parte—. Me duele que tenga razón. Me trata como si yo fuera el enemigo de mi hijo. Y lo peor es que Lautaro la mira como si fuera la Virgen María con silbato.

—Y bueno, cómprate un silbato y ponte peluca, qué va—acota el Ruso con su humor de porquería—. Capaz así te da un abrazo.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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