GAEL
Subo al auto y el silencio de la cabina me golpea. No tengo ganas de poner música. No pongo la radio tampoco. Solo manejo. Manejo por la General Paz sin un rumbo fijo, pero mis manos saben a dónde quieren ir. Quiero ir al club. Quiero ver si todavía está ahí. Quiero decirle que no tiene derecho a meterse en mi familia, y al mismo tiempo, quiero rogarle que me explique cómo hizo para que Lautaro la abrazara.
Soy un hipócrita.
Un tipo que se llena la boca hablando de "lealtad" y "equipo", pero que no puede formar un equipo con su propio hijo de ocho años.
Me detengo en un semáforo y me miro en el espejo retrovisor.
Veo a Gael Ferraro. El capitán. El tipo que no retrocede. El tipo que siempre tiene una respuesta. Y de repente, ese tipo me parece un desconocido. Un extraño con la mandíbula demasiado apretada y los ojos demasiado cansados.
¿Qué es lo que realmente me molesta de Kaia Orsi?
¿Que sea linda? No, he estado con mujeres hermosas.
¿Que sepa de rugby? No, me gusta la gente que sabe lo que hace. Lo que me molesta es que ella es el espejo que me devuelve la imagen de todo lo que estoy haciendo mal.
Y yo odio perder. Odio equivocarme.
Pero más odio sentir que mi hijo prefiere el consuelo de una extraña antes que el mío.
Paso por una florería abierta de casualidad. Me detengo. Bajo del auto. El tipo me mira como si fuera un alienígena. Un rugbier de un metro noventa y cien kilos comprando flores un domingo a la tarde.
—¿Qué lleva, jefe? —pregunta el florista, un viejo con cara de haber visto de todo.
—No sé. Algo que no sea cursi. Algo que diga "gracias por cuidar a mi hijo" pero también que le diga a la destinataria de estas flores que sigue siendo una severa patada en el centro de los…
El viejo se ríe.
—Esas no las tengo, pibe. Llévate estas calas blancas. Son elegantes, no fallan. Te va a perdonar lo que sea que hayas hecho.
Pago y vuelvo al auto con el ramo. Me siento un idiota. Un idiota integral. "Gael Ferraro comprando flores". Si Nacho me viera, me pediría el carnet de socio y me mandaría a jugar al tejo con los jubilados. Pero no voy a dárselas. No todavía. No soy tan impulsivo. Las dejo en el asiento del acompañante y el olor invade el habitáculo. Es un olor suave, limpio. Me recuerda a ella.
A esa blancura de su piel que no tiene sentido.
Llego al entrenamiento a buscar a mi hijo, pero entonces recuerdo que no tengo ni la menor idea de hasta qué hora entrena, los domingos lo busca la niñera y me detesto a mí mismo porque eso implica darle un punto mental a Orsi así que me muevo tan rápido como puedo.
Llego a casa.
El auto de la niñera está aquí, así que la despido apenas entro y busco a mi hijo.
Entro en silencio.
La casa está fría. Demasiado grande. Demasiado perfecta. Subo las escaleras y paso por la habitación de Lauti. La puerta está entornada. Me asomo. Está sentado en el piso, rodeado de sus muñecos de acción y su pelota de rugby. Pero no está jugando con la pelota. La está usando de almohada para apoyar un libro.
—Lautaro—digo suavemente. Él da un salto. Se asusta. Otra vez ese bendito sobresalto, ¿es que no puede ser un niño normal que siempre parece estar a la defensiva?
—Hola, pá.
—¿Cómo estás? ¿Comiste algo?
—Sí, Silvia me dejó unos fideos.
Me acerco y me siento en el borde de su cama.
Él me mira con esa precaución que me desgarra. Como si estuviera esperando que le dé una orden o que le corrija la postura.
—Lautaro… lo de hoy… —empiezo, pero las palabras se me traban en la garganta. Soy un experto en dar arengas en el vestuario, puedo hacer que treinta tipos quieran morir por la camiseta, pero no puedo hablar con este nene de un metro veinte—. Lo de hoy en el entrenamiento. Estuviste bien al final.
Sus ojos se iluminan un poquito. Solo un poquito.
—¿En serio?
—Sí. La entrenadora… Kaia… dice que tienes talento.
Mentira. Ella no dijo eso, ella dijo que estaba bloqueado. Pero necesito que él crea que hay algo de luz en este túnel. Uno en el que siento que estoy perdiendo a mi propio hijito de ocho años.
—Ella es buena, pá. No grita. O sea, grita para que escuchemos, pero no grita… de esa otra forma que…
De mi forma.
—Lo sé —asiento—. Escúchame, mañana no vamos a entrenar extra. Mañana vamos a ir al cine. O a los jueguitos. Lo que tu quieras.
Lautaro me mira como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¿De verdad? ¿No hay que practicar los pases?
—No. Mañana lunes solo vamos a ser nosotros. Sin pelotas, sin tacles después de clases. ¿Trato?
Él tarda un segundo en procesarlo. Después, asiente con una sonrisa pequeña, la primera que veo en días que no parece forzada.
—Trato.
Salgo de su cuarto con el corazón pesándome una tonelada. Bajo a la cocina, veo el ramo de flores sobre la mesa y me siento un cobarde. Odio a Kaia Orsi. La odio porque me obligó a mirar adentro de mi propia casa y lo que vi no me gustó nada. La odio porque tiene el pelo más negro que la noche y los ojos más profundos que el océano. La odio porque hoy, gracias a ella, mi hijo no se durmió pensando que yo no lo quería. Pero sobre todo, la odio porque sé que mañana, cuando me levante, lo primero que voy a querer hacer es buscar una excusa para volver a verla porque parece estarme mostrando una llave para tratar con mi propio hijo y eso, en mi código, es la derrota más absoluta.
Me sirvo un vaso de agua, miro las flores y me pregunto en qué rayos estaba pensando queriendo demostrar una tregua con esa tipa dándole nada más ni nada menos que un ramo de flores.
Así que las tomo y las tiro al tacho de basura.
Esa tipa no va a ganarme a mí.
No me va a doblegar de ningún modo en su vida entera.
Claro que no.