Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 7

LAUTI

No me gusta el cine cuando está lleno.

Hay demasiada gente hablando al mismo tiempo, demasiados sonidos que no puedo ordenar. Las voces se mezclan como cuando todos gritan en la cancha y no sé a quién tengo que escuchar. Pero hoy parece haber algo diferente.
Sin pelota. Sin entrenar. Sin que yo haga algo mal.

Solo nosotros.

Y eso… eso es como un premio.

Caminamos uno al lado del otro por el shopping. Él va un poco adelante, como siempre, y yo intento ir a su ritmo. Sus pasos son largos. Los míos no. A veces tengo que dar dos para alcanzar uno suyo.

Papá es famoso y a veces la gente lo reconoce y le pide fotos, eso me ayuda para alcanzarlo. Yo me quedo esperando a que se terminen de tomar la foto y seguimos nuestro camino.

Miro las luces, los carteles gigantes, la gente que entra y sale de los locales. Todo es muy brillante. Muy ruidoso. Pero también… lindo. Me gusta estar con él afuera de casa. Me gusta cuando no está apurado. Cuando no está enojado, claro.

Llegamos a la boletería.

—¿Qué quieres ver? —pregunta sin mirarme.

Me quedo en silencio un segundo. No sé si puedo elegir. No sé si es una pregunta de verdad o una de esas donde ya hay una respuesta correcta y equivocarme lleva un castigo. Dice algo así como “El reino del revés: el musical. De Luis Avila, con música de M. E. Walsh”.

—La… —se me traba un poco la voz— la del musical.

Señalo el cartel.

Hay colores. Niños bailando. Una chica con un vestido brillante. Me gusta porque parece alegre. Porque nadie está quieto. Porque todos sonríen.

Papá mira el cartel.

Después me mira a mí.

Y sonríe… pero no como cuando está contento.

—¿Eso? —dice.

Asiento.

—Es para nenas, Lautaro.

Siento algo en el pecho. Chiquito. Como si algo se apretara un poco.

—No… —digo bajo— es de música.

—Sí, de música y de princesas —responde—. No.

Señala otra pantalla.

Un hombre con una pelota. Corriendo. Transpirado. Fuerte.

—Vamos a ver esta.

“La vida de un futbolista”.

No digo nada.

Asiento.

Porque eso es lo que hay que hacer, decirle que sí y hacer lo que manda…

Así que sacamos los tickets y entramos.

La sala está oscura.

Nos sentamos en el medio. Papá deja el balde de pochoclos entre los dos. El sonido de la película empieza fuerte, de golpe, como un golpe en la cabeza.

El hombre corre. Siempre corre. Lo empujan, se levanta, vuelve a correr. La gente grita su nombre. Él nunca se cansa.

Papá mira la pantalla como si fuera importante. Como si estuviera viendo algo que tiene sentido.

—Mira eso —dice en voz baja—. Eso es carácter.

Asiento.

Pero no entiendo.

El ruido es muy fuerte. Los gritos. Los golpes. El sonido de la pelota.

Intento concentrarme. De verdad intento.

Pero hay algo que no me deja.

Mi cabeza se empieza a llenar.

Como cuando en la cancha todos hablan al mismo tiempo.

Como cuando papá grita.

Como cuando me dicen “más rápido”.

Siento el pecho raro.

Respiro.

Otra vez.

No alcanza.

—¿Te gusta? —pregunta papá sin mirarme.

—Sí.

Siempre sí.

Pero mi voz sale rara. Chiquita.

La pantalla cambia. El hombre pierde. Se enoja. Grita. Rompe algo.

La gente lo mira.

Yo también lo miro.

Y de repente…no es la pantalla.

Es otra cosa.

Es como si ese grito… estuviera más cerca.

Más fuerte.

—Concéntrate—me dice papá al verme distraído.

La voz no viene de la película.

Viene de adentro.

“¡Más rápido!”

Mi pecho se aprieta más.

Respiro.

No puedo.

Trago aire, pero no entra.

Como si alguien hubiera cerrado algo.

—¿Qué te pasa? —dice papá.

Lo escucho lejos.

Muy lejos.

Quiero decirle que no puedo respirar.

Pero no me sale.

Abro la boca.

Nada.

El aire no entra.

El corazón me late muy fuerte. Muy, muy fuerte. Como si quisiera salir.

Mis manos tiemblan.

Me inclino hacia adelante.

—Lauti —dice papá—. ¿Qué te pasa?

Lo miro.

No puedo hablar.

No puedo.

No puedo.

No puedo.

El sonido de la película se mezcla con todo. Con la gente, con los pasos, con mi cabeza.

—Respira —dice él—. Respira.

Quiero.

De verdad quiero.

Pero no sé cómo.

No sé cómo.

El aire se vuelve pequeño. Corto. Como si se terminara.

Me mareo.

Todo se mueve.

—¡Lautaro!

Su voz ahora sí está cerca.

Muy cerca.

Me agarra del brazo y me levanta.

La luz del pasillo me lastima los ojos. La gente nos mira. No me gusta. No me gusta que me miren. No me gusta nada.

—Tranquilo, caramba, tranquilo —dice él, pero su voz ya no suena firme. Suena… rota.

No puedo sostenerme.

Mis piernas no responden.

El pecho duele.

Duele de verdad.

Como si algo se estuviera rompiendo adentro.

—Respira —repite.

No puedo.

No puedo.

No puedo.

Y entonces…todo se vuelve negro y me caigo dormido como en un sueño.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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