KAIA
El aroma de la muzzarella caliente y el orégano inunda mi departamento. Es domingo a la noche, ese momento de la semana donde el cuerpo finalmente parece entender que tiene permiso para aflojar la tensión, aunque mi cabeza se niegue a soltar las imágenes de la mañana.
—No, en serio, te digo que si el club no invierte en luminarias nuevas para la cancha dos, el próximo entrenamiento nocturno lo vamos a tener que hacer con linternas de bajo consumo en la cabeza de cada jugador—dice Paolo, lanzando una aceituna al aire y atrapándola con la boca con una destreza ridícula.
Sofía, que está sentada en el suelo apoyada contra el sillón, se ríe mientras sirve más cerveza en los vasos de vidrio. Desde que dejó de amamantar a su bebé, ya no tiene problemas con volver a beber alcohol.
Ella no es del mundo del deporte, es periodista, y a veces nos mira como si fuéramos una especie exótica que solo sabe hablar de césped, pelotas y lesiones.
—Ustedes son dramáticos —interviene ella, dándole un mordisco a su porción de pizza—. La luz de la luna tiene su encanto, chicos. Muy rústico. Puede ser más bien algo así como un entrenamiento de supervivencia.
—Rústico va a ser el esguince que se va a comer alguno si no ven los pozos—retruca Paolo, girándose hacia mí—. ¿Verdad, Kaia? Mmm, hey, estás en otro planeta. Te serví pizza hace diez minutos y ni la tocaste.
Vuelvo a la realidad.
Mis dedos están jugueteando con el borde del plato, pero mi mente sigue en ese abrazo de Lauti, en la humedad de sus lágrimas contra mi hombro y en la mirada de piedra de su padre.
—Perdón —digo, forzando una sonrisa—. Estaba pensando en el grupo de los ocho años. Hoy fue... intenso.
—¿El "Efecto Ferraro"?—pregunta Sofía con una ceja levantada. Ella ya escuchó mis quejas sobre Gael durante toda la semana—. Porque si el padre es la mitad de lo que dicen las revistas, yo me ofrezco como asistente de campo. Solo para hidratar a los jugadores, claro.
—No es gracioso, Sofi —respondo, y mi tono sale más seco de lo que pretendía—. Eres una mujer casada, eh. Además…el tipo es una pared. No solo es arrogante, es que... no lo ve. No ve al nene. Lauti está sufriendo y él cree que lo está formando para “ser un hombre”. Es desesperante.
Paolo me mira con esa cara de "te lo dije".
—Te estás involucrando demasiado, amiga. Te lo dije ayer, te lo dije hoy. Los Ferraro son otro nivel de problemas. Gente con mucha plata, mucho ego y muy poca capacidad de autocrítica. Déjalo que se choque contra la pared solo.
—No es contra la pared contra lo que se choca, Paolo. Es contra su propio hijo.
Justo cuando voy a llevarme un pedazo de pizza a la boca, mi celular, que está sobre la mesa ratona, empieza a vibrar.
El sonido parece un estruendo en medio de la cena. Veo el nombre en la pantalla y siento un vuelco en el estómago que me quita el hambre de golpe.
Gael Ferraro.
No es un mensaje. Es una llamada.
Este hombre jamás en la vida me llamó, solo alguna vez me envió un mensaje para avisarme que la niñera buscaría a Lauti por el entrenamiento y no mucho más.
—Hablando de Roma —murmura Paolo, estirando el cuello para leer el nombre. Hago un gesto de silencio y atiendo, tratando de que mi voz suene profesional, neutra, la de una entrenadora que atiende a un padre un domingo a las diez de la noche.
—¿Señor Ferraro? —digo.
—Kaia…
Me quedo helada. No me llamó "Orsi". No usó ese tono de mando que parece tener ensayado para cada interacción humana. Su voz es un hilo, un susurro roto, cargado de una vibración que nunca le escuché. Hay ruido de fondo. Un pitido rítmico, voces amortiguadas, ese silencio aséptico que solo existe en un lugar.
—¿Gael? ¿Qué pasó? —Mi corazón empieza a martillar contra mis costillas.
Sofía y Paolo se quedan rígidos, mirándome.
—Estamos en el hospital.