KAIA
Me pongo de pie de un salto, buscando mis zapatillas y las llaves del auto con movimientos erráticos.
—¿Qué pasó? —pregunta Paolo, levantándose también.
—Lauti. Está en la Trinidad. Un ataque respiratorio. Gael suena... suena destruido. Tengo que ir.
—Te acompaño —se ofrece Paolo.
—No, quédense. Coman. Sofi, perdón por arruinar la noche. Necesito ir sola, si Paolo entra conmigo Gael se va a cerrar como una ostra. Está asustado.
Salgo del departamento casi corriendo. El aire frío de la noche de abril me golpea la cara mientras bajo por el ascensor, pero no me calma. Manejo por las calles de Palermo con una urgencia que me asusta.
¿Por qué me llamó a mí? ¿Por qué no a un familiar, a la madre, a un amigo? Esa pregunta me golpea una y otra vez mientras esquivo el poco tránsito del domingo. Llego al hospital, dejo el auto en el primer lugar que encuentro y entro a la guardia. El olor a desinfectante me recibe, ese aroma frío que siempre asocio con la vulnerabilidad. Pregunto en la recepción y me señalan la zona de pediatría.
Y entonces lo veo.
Gael Ferraro está sentado en una de esas sillas de plástico blanco que parecen diseñadas para que nadie esté cómodo.
Tiene los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos. No lleva su ropa de entrenamiento impecable; está con una remera de algodón gris arrugada y unos pantalones deportivos.
Se ve pequeño.
Es la primera vez que veo a Gael Ferraro y pienso que es un hombre que puede romperse en mil pedazos. Me acerco lentamente. El sonido de mis pasos sobre el linóleo lo hace levantar la vista. Sus ojos están inyectados en sangre, no de alcohol, sino de puro cansancio y terror.
Cuando me ve, no hay rastro de la actitud desafiante que siempre ha mantenido en lo que a mí se refiere. Solo hay alivio.
Un alivio tan crudo que me da ganas de llorar.
—Kaia —dice, poniéndose de pie con torpeza.
—¿Cómo está? —pregunto, acortando la distancia.
—Le dieron una nebulización. Dijeron que fue un ataque de asma, pero... él nunca tuvo asma. La doctora dice que fue emocional. Un ataque de pánico que disparó el cierre de los bronquios. Se desmayó en el cine, Kaia. Se me cayó en los brazos y yo... yo pensé que se moría.
Sus manos tiemblan.
El gran Gael Ferraro tiene las manos temblando. Sin pensarlo, le pongo una mano en el antebrazo. Su piel está hirviendo.
—Tranquilo. Ya está acá. Los médicos saben qué hacer —trato de consolarlo, aunque por dentro tengo ganas de zarandearlo y preguntarle qué película le hizo ver, qué le dijo antes de entrar, cómo no se dio cuenta del estado del nene.
Pero no es el momento.
—¿Puedo verlo?—le pregunto.
Él asiente.
—Me dejaron salir un segundo para tomar aire. Está en el box tres.
Entro en el área de observación. Lauti está acostado en una camilla que le queda gigante. Tiene una máscara de plástico sobre la nariz y la boca, conectada a una manguera que suelta un vapor blanco y rítmico. Sus ojos están cerrados, pero en cuanto escucha el sonido de la cortina descorriéndose, los abre.
Cuando me reconoce, sus ojos se llenan de una luz tan intensa que me atraviesa el alma. Intenta levantarse, pero la máscara se lo impide.
—Shhh, no te muevas, campeón—le digo, acercándome y tomándole la mano. Está fría, tan pequeña entre las mías—. Acá estoy.
Él me aprieta los dedos con una fuerza sorprendente para su tamaño. Sus ojos buscan a su padre, que aparece detrás de mí, quedándose en el umbral, como si tuviera miedo de que su sola presencia pudiera volver a asfixiar a su hijo.
—Papá está acá, Lauti. Todo está bien —dice Gael, y su voz suena forzada, como si estuviera tratando de convencerse a sí mismo.
Me quedo ahí, al lado de la camilla, durante la siguiente hora. No hablamos mucho. El sonido de la nebulización llena el espacio.
Yo le acaricio la frente a Lauti, le cuento historias tontas de los entrenamientos, trato de que el ambiente pierda ese peso clínico y aterrador. Poco a poco, su respiración se vuelve más profunda, más regular. El color vuelve a sus mejillas.
Gael no se sienta. Se queda de pie, observándonos. Veo cómo nos mira. Mira mi mano sobre la de Lauti. Mira la forma en que el nene se relaja cuando yo le hablo. Es una mirada compleja: hay gratitud, pero también una tristeza infinita, la de un hombre que se da cuenta de que una desconocida tiene la llave del corazón de su hijo, una llave que él mismo extravió hace mucho tiempo.
Finalmente, la doctora entra.
Es una mujer joven, con cara de cansancio pero gestos amables. Revisa a Lauti, le quita la máscara y escucha sus pulmones con el estetoscopio.
—Bueno, Lautaro, estás mucho mejor —dice ella, sonriéndole—. El aire ya entra y sale como debe ser.
Mira a Gael y luego a mí. Supongo que asume que somos una pareja, o al menos que ambos somos responsables del niño.
—Se puede ir a casa—anuncia y luego se ocupa de que nosotros prestemos atención—. Pero escúchenme bien: los pulmones están limpios, pero el sistema nervioso está en alerta roja. Lo que pasó hoy fue un grito de auxilio del cuerpo. Necesita descanso total, nada de presiones, nada de deportes por unos días, y mucho, mucho afecto. Le voy a recetar un rescate por si vuelve a sentir opresión, pero lo más importante es el ambiente. ¿Quedó claro?
—Clarísimo —responde Gael, casi antes de que ella termine de hablar.
El proceso de alta tarda unos minutos más. Ayudo a Lauti a ponerse sus zapatillas mientras Gael firma los papeles. El nene está agotado, se le cierran los ojos. Cuando finalmente salimos al pasillo, Gael lo alza en brazos. Lauti apoya la cabeza en su hombro y se queda dormido casi al instante.