Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 11

KAIA

Caminamos hacia la salida en silencio.

El hospital ya está más tranquilo, las luces de la calle parecen más brillantes ahora que el peligro pasó. Llegamos a su camioneta negra, una mole de metal que brilla bajo los focos del estacionamiento.

Gael acomoda a Lauti en el asiento de atrás con una delicadeza que me conmueve. Le abrocha el cinturón, le acaricia el pelo y cierra la puerta sin hacer ruido. Se queda apoyado contra el vehículo, mirando hacia la nada, respirando el aire frío de la medianoche.

—Gracias —dice, finalmente, mirándome.

—No tienes que agradecer, Gael. Lauti me importa de verdad…como cada uno de mis alumnos del entrenamiento.

Él suelta un suspiro largo, una exhalación que parece llevarse semanas de tensión acumulada.

—Lo sé. Y eso es lo que me mata. Que te importe a ti, que lo conoces hace dos meses, y que yo... yo que soy su padre, lo haya llevado a esto… Me siento responsable, por todos los cielos.

Me acerco un paso.

Estamos en una zona de sombras, entre dos luces de mercurio.

—Gael, nadie te enseña a ser padre. Y menos con el nivel de exigencia en el que tienes que vivir cada día, pero sí hay algo que merece su revisión acá. Lauti no es un jugador de rugby de primera división como es tu casa. No es un soldado. Es un nene de ocho años que solo quiere que lo veas.

Él baja la mirada. Por primera vez, su postura se quiebra un poco más.

Luego eleva la mirada con cierto chispazo de interés.

—Oye…me tuteaste.

—¿Eh?

—Me trataste de “tu” y por mi nombre, no por “señor Ferraro” ni de usted.

—Ah. Lo siento, no quería parecer irrespetuosa, quizá la tensión…

—Descuida. Prefiero así.

El silencio que acontece a continuación es tan incómodo que le suelto lo primero que me viene a la cabeza.

—¿Y qué película vieron?

Lo cual lo ensombrece una vez más.

—En el cine... él quería ver una película de música. De colores. Yo le dije que eso era para nenas. Lo llevé a ver una de fútbol, de tipos dándose patadas y sacrificándose. Pensé que le hacía un bien. Pensé que lo estaba ayudando a ser fuerte. Soy un imbécil, ¿no?

—Sí.

—Oye, debías darme una palmadita en la espalda.

Gael levanta la vista y nuestras miradas se encuentran. Sus ojos negros, esos que me resultaban tan soberbios, ahora me parecen pozos de una soledad muy profunda. Se queda en silencio un tiempo largo, midiéndome, como si estuviera procesando mis palabras no con el cerebro, sino con el pecho.

—¿Cómo sabes tanto de él?—pregunta en un susurro.

—Porque yo fui como él, Gael. No todos nacimos con esa coraza con la que tú andas por la vida. Algunos sentimos el mundo un poco más fuerte. Y si no tenemos un lugar seguro donde volver, nos apagamos.

Él da un paso hacia mí.

Estamos muy cerca. Puedo oler su perfume, algo cítrico mezclado con el sudor de la jornada y el olor metálico del hospital.

Es una cercanía que me electriza, que me hace recordar por qué, a pesar de odiar sus métodos, no puedo dejar de mirarlo.

Hay una fuerza magnética en él, una energía de hombre alfa que ahora, mezclada con esta vulnerabilidad, se vuelve peligrosa.

—Perdón por lo de hoy a la mañana—dice, y su voz tiene un matiz aterciopelado que me recorre la espalda—. Por decirte que no sabías lo que hacías. Por lo de la "terapia infantil". Tenías razón en cada palabra.

—Acepto las disculpas —respondo con una sonrisa pequeña—. Pero no me las debes a mí. Se las debes a él.

—Lo sé. Mañana voy a intentar hablar. No sé cómo se hace, Kaia. Yo... mi padre era igual. O peor. En mi casa no se hablaba de sentimientos. Se jugaba, se ganaba y se callaba, nada más.

Me dan ganas de preguntarle por la madre de Lauti. El tema está ahí, flotando entre nosotros como un fantasma. ¿Dónde está? ¿Por qué no está acá en un momento como este? ¿Se fue? ¿Murió? ¿Simplemente no se hablan? ¿Adoptó al niño? En su momento busqué en internet y no aparece nada al respecto.

Miro el interior de su camioneta, veo el orden casi militar, la ausencia de cualquier toque femenino. Recuerdo la casa que describió el texto de su mente: grande, limpia, silenciosa. Tengo la pregunta en la punta de la lengua… Pero veo el dolor en su cara y entiendo que si tiro de ese hilo, el puente que estamos construyendo se puede caer. No es el momento de abrir esa herida.

Todavía no.

—Podemos ser amigos, Gael—digo, cambiando el rumbo de la conversación para aliviar la tensión—. No hace falta que estemos siempre en pie de guerra. Los dos queremos lo mismo: que Lauti sea feliz. Igual a lo que deseo con cada uno de mis chicos.

Él repite la palabra en voz baja, como si fuera un concepto extraño.

—Amigos.

—Sí. Gente que se ayuda. Gente que puede tomar un café sin cargarse o retrucar los errores del otro.

Gael sonríe por primera vez. Es una sonrisa de medio lado, un poco cínica pero genuinamente cansada.

—No creo que sea fácil ser tu amigo, Kaia Orsi. Eres demasiado... honesta. Me sacas la ficha muy rápido.

—Es el entrenamiento—bromeo—. Tengo que saber quién tiene resistencia y quién está fingiendo.

Él se ríe suavemente, y el sonido es tan cálido que siento un calorcito extraño en el pecho. Por un segundo, me olvido del hospital, del asma, de Paolo y las pizzas. Solo estamos nosotros dos en este estacionamiento frío.

—Mañana no lo lleves al colegio—le sugiero—. Quédate con él. Pero no entrenen. Jueguen a algo. Armen un rompecabezas, miren dibujos animados, lo que él quiera.

—¿Dibujos animados? —pregunta con una mueca divertida.

—Sí, Gael. Dibujos animados. No te va a bajar el nivel de testosterona por ver a un perro que habla durante media hora.

—Lo voy a intentar—promete.

Él se separa de su movilidad y me mira de una forma que me hace sentir que me está viendo de verdad, no como la "entrenadora molesta", sino como una mujer. Y yo lo miro a él, y me doy cuenta de que mi odio se está evaporando, dejando en su lugar algo mucho más complicado de manejar.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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