KAIA
El lunes amanece con ese tono grisáceo y pesado que suelen tener los días que
arrastran demasiada historia o los fines de semana con percances inadvertidos. No dormí bien. El recuerdo de Gael Ferraro apoyado contra su camioneta, con la guardia baja y los ojos llenos de una vulnerabilidad que no le pertenece a su leyenda, me persiguió durante las pocas horas de sueño que logré rescatar.
Me levanto con el cuerpo tenso y lo primero que hago, antes incluso de poner la pava eléctrica para el mate, es mirar el celular. Nada. No hay mensajes, no hay notificaciones, no hay señales de vida de la casa de los Ferraro.
A las 8:15 AM, mientras espero que el agua caliente esté lista, le escribo el primer mensaje.
“Hola, Gael. Buen día. ¿Cómo pasó la noche Lauti? ¿Pudo descansar bien? Me avisas cualquier cosa que necesites.” Lo envío y me quedo mirando los dos tildes grises. No pasan a azul.
Bloqueo la pantalla y trato de concentrarme en mi rutina. Hoy es un día largo. Tengo el entrenamiento con mi grupo de chicos por la tarde y, antes de eso, clases de la Maestría en Entrenamiento Deportivo de Alto Nivel para Niños. Es mi gran apuesta profesional, el título que me va a permitir, algún día, dejar de pelear por un lugar en clubes de barrio y aspirar a proyectos de selecciones juveniles. Pero hoy, la fisiología del ejercicio y la psicología del desarrollo infantil me parecen conceptos abstractos, lejanos.
Llego al club a las diez de la mañana para adelantar trabajo administrativo. La cancha está vacía, el rocío todavía brilla sobre el pasto corto. Cada vez que mi celular vibra en el bolsillo, el corazón me da un vuelco. Pero siempre es otra cosa: un correo de la facultad, un mensaje de mi madre, un meme de Paolo en el grupo del club.
A las 11:30 AM, vuelvo a intentar.
“Gael, quería saber si Lauti necesitó usar el inhalador de rescate. La doctora dijo que hoy era clave el reposo. Espero que estén tranquilos.”
Nada. Ni siquiera el "visto". Empiezo a sentir una presión en el pecho, una mezcla de ansiedad profesional y algo mucho más personal que me niego a bautizar. ¿Se habrá sentido invadido? ¿Se habrá arrepentido de haberme llamado en medio de su crisis? Los hombres como Gael Ferraro no están acostumbrados a que nadie los vea sangrar. Quizás, ahora que el peligro pasó, yo soy el recordatorio viviente de su "debilidad".
La tarde se me pasa entre libros y apuntes. La clase de la maestría trata sobre la carga neurocognitiva en atletas prepúberes. El profesor habla sobre cómo el estrés excesivo puede derivar en patologías psicosomáticas. Tomo notas frenéticamente, pero en realidad estoy pensando en Lauti. Estoy pensando en cómo su cuerpo literalmente se cerró porque no encontraba otra forma de decir "basta".
Me siento una hipócrita. Estudio para ser la mejor en esto, para entender cada fibra de los niños que entreno, y sin embargo, el niño que más me importa ahora mismo está fuera de mi alcance porque su padre decidió levantar un muro de silencio.
A las 18:00 PM, salgo de la facultad y voy directo al club para mi sesión de entrenamiento. El grupo de los ocho a diez años está efervescente. Corren, se empujan, gritan, pero mi cabeza está puesta en el lugar donde Lauti va en los entrenamientos de los fines de semana o las clases de entre semana (hoy no le toca).
Durante las dos horas de entrenamiento, trato de dar lo mejor de mí, pero mi mente es un péndulo que oscila entre el silbato y el celular que dejé en el banco. Al terminar, lo reviso con manos ansiosas.
7:45 PM. Todavía nada. Ni una palabra.
Le escribo el último del lunes: “Mañana no lo esperes en la cancha. La doctora fue clara con el reposo. Solo confírmame que está bien, por favor. Me preocupa.” Llego a mi casa agotada, con la sensación de estar golpeando una puerta que fue sellada con cemento. El martes es peor.
El martes, la incertidumbre se transforma en una irritación que me recorre la sangre. Me despierto y lo primero que hago es entrar a las redes sociales de Gael. Sé que es una actitud patética, pero necesito ver algo.
Entro a su Instagram público. Hay una foto nueva de hace dos horas. Es él, en un
gimnasio de alto rendimiento, levantando una cantidad absurda de kilos. El pie
de foto dice: "Enfocado en lo que viene. La disciplina no descansa. #RugbyLife
#FerraroN1".
Siento que me dan un cachetazo. La foto es impecable, la luz es perfecta. Es
obvio que no la subió él, que es trabajo de un community manager tratando de
mantener la marca "Ferraro" activa y poderosa, lo más probable es que ni tenga tiempo o interés de entrar a sus propias redes. Pero ver esa imagen de fuerza absoluta, de "invulnerabilidad", mientras yo sigo esperando saber si su hijo pudo respirar bien durante la noche, me revuelve el estómago.
¿Cómo puede seguir actuando como si nada hubiera pasado? ¿Cómo puede publicar sobre disciplina y fuerza cuando hace cuarenta y ocho horas estaba llorando en una silla de plástico de un hospital?
Paso el día tratando de estudiar para el examen parcial de la maestría que tengo la semana que viene. "Sistemas energéticos en el deporte infantil". Leo la misma página cinco veces. Las palabras se borran. En mi cabeza solo suena la voz de Gael diciendo: "No sé cómo se hace, Kaia".
Me pregunto si ese momento en el estacionamiento fue real. Si esa conexión, esa tregua que parecía haber nacido entre nosotros, fue solo un espejismo producto del miedo. Quizás para él solo fui una herramienta, alguien que sabía manejar la situación cuando él no podía, y ahora que el incendio se apagó, ya no me necesita en su jardín.
Por la tarde, la angustia me desborda. Necesito moverme. Voy al gimnasio del club, pero no a trabajar, sino a entrenar yo. Me subo a la cinta de correr y empiezo a correr con una intensidad que me hace doler los pulmones. Corro para no pensar. Corro para sacarme de encima la sensación de haber sido usada. Corro porque no entiendo cómo alguien puede pasar de mirarte con tanta necesidad a ignorarte de forma tan absoluta.