Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 13

GAEL

El silencio en esta casa siempre fue un trofeo. Una señal de orden, de disciplina, de que las cosas se hacen como yo digo. Pero hoy, el silencio tiene dientes. Me muerde los talones mientras camino por el living inmenso, esquivando la mirada de las fotos en las repisas, evitando mirar el teléfono que dejé boca abajo sobre la mesa de mármol.

Sé que está ahí. Sé que ella está ahí, del otro lado de la pantalla, insistiendo. Puedo sentir la vibración fantasma de sus mensajes incluso cuando el aparato está en silencio total. Kaia. El nombre golpea dentro de mi cabeza con la frecuencia de un metrónomo.

“¿Cómo está Lauti?” “Confirma que está bien, por favor”.

Cierro los ojos y aprieto los puños. Todavía puedo sentir el frío del estacionamiento del hospital en la piel. Todavía puedo sentir la vergüenza de haberle confesado mis miedos, de haberle admitido que no sé cómo hablar con mi propio hijo.

Esa noche, en la oscuridad de la guardia, ella se convirtió en algo más que una entrenadora molesta. Se convirtió en un espejo. Y lo que vi en ese espejo fue a un hombre que se está desmoronando, un capitán que no puede manejar a su propia tropa de uno.

Y yo no permito que nadie me vea así. Nadie.

Esa es la razón por la que no contesté el lunes. Por la que desvié su llamada el martes con un movimiento rápido y cobarde del pulgar. Cada vez que veía su nombre en la pantalla, sentía que el control se me escapaba de las manos. Kaia Orsi es peligrosa no porque sea una mala entrenadora, sino porque es demasiado buena. Porque vio la grieta en mi armadura y, en lugar de ignorarla, metió los dedos y la ensanchó para dejar entrar la luz.

Y yo prefiero la oscuridad que conozco antes que la luz que me expone.

El miércoles por la mañana, la decisión ya estaba tomada. Fue un trámite frío, eficiente. Una llamada a mi abogado, un par de correos electrónicos a la administración del club y un mensajero enviado con el sobre sellado. Cortar por lo sano. Como una amputación necesaria para salvar el resto del cuerpo. El HyG es mi terreno. Ahí no hay mujeres con trenzas negras y ojos que te leen el alma. Ahí hay hombres que entienden el lenguaje de la fuerza, del apellido y de la tradición. Ahí Lautaro será un Ferraro, y yo volveré a ser el Capitán, no el padre asustado que llora en los pasillos de una clínica.

Escucho pasos arriba. Suaves. Lentos. Lautaro está despierto.

Me sirvo un vaso de agua, aunque no tengo sed. Necesito un cambio de actitud. Necesito volver a ser el tipo que tiene todas las respuestas. Escucho cómo baja las escaleras, escalón por escalón, con esa precaución que todavía me irrita y me duele a partes iguales.

Cuando entra a la cocina, se detiene en el umbral. Está pálido, pero sus ojos ya no tienen ese brillo de terror del domingo. Se ve recuperado, aunque sus hombros siguen un poco hundidos.

—Hola, pá —dice, con voz chiquita.

—Hola, campeón. ¿Cómo te sientes? —Trato de que mi voz sea firme, pero no dura.

Un punto medio que todavía me cuesta encontrar.

—Bien. Ya no me duele acá —se toca el pecho.

Asiento. Me acerco y le pongo una mano en la cabeza, revolviéndole el pelo. Él no se tensa tanto como antes, pero busca algo en mi cara. Sé lo que busca. Busca aprobación y saber si todo va bien.

—Toma asiento. Vamos a desayunar —le digo.

Él se sienta y empieza a comer sus cereales en silencio. Yo me quedo de pie, apoyado contra la mesada, mirándolo. Este es el momento. Tengo que decírselo ahora, antes de que el día avance, antes de que ella intente contactarme de nuevo de alguna forma que no pueda ignorar.

—Lautaro, tenemos que hablar de algo —empiezo. El corazón me late con una fuerza que me parece ridícula. He enfrentado a los All Blacks frente a ochenta mil personas y no sentí este vacío en el estómago—. Estuve pensando mucho estos días. Sobre lo que pasó en el cine, sobre el hospital… sobre todo.

Él deja la cuchara a mitad de camino y me mira. Sus ojos son demasiado grandes, demasiado honestos.

—¿No vamos a ir más al cine? —pregunta, con un miedo genuino.

—No, no es eso. Podemos ir al cine. Pero vamos a hacer unos cambios. Los médicos dicen que necesitas un ambiente diferente, algo más… profesional, con más estructura.

Él frunce el ceño. No entiende, cielos, por qué tiene que ser tan difícil esto.

—Estuve hablando con la gente del club —miento. La primera de muchas mentiras que tendré que sostener para no quedar como el villano que soy—. Hubo unos problemas administrativos, Lautaro. Unos temas de seguros y de cómo se manejan las categorías de los más chicos. Parece que van a reestructurar todo el departamento de entrenamiento infantil.

Lautaro me mira fijo. Es un niño, pero no es tonto. Sabe que algo no encaja.

—¿Y la entrenadora Kaia? —pregunta. El nombre suena como una campana en la cocina.

Siento una punzada de culpa que trato de aplastar con lógica. Esto es por su bien. Es por mi bien. Es por el bien de la familia.

—Ahí está el tema—digo, bajando la voz, dándole un tono de confidencia lamentable—. Kaia ya no va a estar a cargo del grupo. Hubo unas diferencias con la dirección del club. Al parecer, su forma de trabajar no coincidía con lo que el club busca para el futuro de los chicos. Fue algo repentino, pero definitivo. Siento mucho esto, Lautaro, pero así es como serán las cosas de aquí en más y las vas a tener que aceptar.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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