KAIA
Salgo de la oficina tambaleándome. El sol de la mañana me lastima los ojos. Camino hacia los bancos de suplentes de la cancha principal, la que está más alejada del ruido, y me dejo caer ahí.
El dolor es físico. Me duele el pecho, me duelen las manos. Siento que me arrancaron algo. No es solo que perdí a un alumno; es que perdí la oportunidad de proteger a un nene que me pidió ayuda con los ojos. Y lo peor, lo que más me quema por dentro, es darme cuenta de que Gael Ferraro usó mi vulnerabilidad y mi entrega para estabilizarse y, una vez que recuperó el control, decidió eliminarme de su mapa porque yo era el único testigo de su fracaso. Él no quería una "amiga". Él no quería "ayuda". Él quería que el incendio se apagara y, una vez apagado, quería borrar las cenizas. Y yo soy la ceniza.
Escucho unos pasos sobre el pasto. No levanto la vista. Sé quién es por el ritmo de su caminata.
—Kaia… —la voz de Paolo es suave, cargada de una preocupación genuina.
Se sienta a mi lado. No dice nada durante un minuto. Sabe que estoy al límite.
—Me enteré en la oficina —dice finalmente—. Ese tipo es un hijo de… Ojalá pudiera hacer algo para ayudarte, Kaia.
No puedo responder. Tengo un nudo en la garganta que me impide emitir sonido.
—Te lo advertí, amiga —continúa Paolo, poniendo una mano en mi hombro—. Te dije que esta gente se maneja así. Para ellos somos empleados indignos de nada, somos herramientas.
Cuando la herramienta les hace recordar algo que no les gusta, la tiran y compran una nueva.
—No es por mí, Paolo —logro decir con una voz que no reconozco—. Es Lauti. Lo va
a meter en el HyG. Lo van a moler a palos, lo van a presionar el doble. El nene estaba empezando a confiar en mí… me abrazó en el hospital, Paolo. Me apretó la mano como si fuera lo único de lo que podía agarrarse.
—Lo sé. Pero no es posible salvar a todos, Kaia. Menos aún cuando el padre es el dueño del mundo.
—Me llamó "amiga"—digo, y las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas sin que pueda detenerlas—. Gael me dijo que podíamos tomar un café. Me pidió perdón por haberme subestimado. ¿Cómo pudo ser tan cínico? ¿Cómo pudo mirarme a los ojos en ese estacionamiento y estar planeando esto al mismo tiempo?
—Porque es un Ferraro, Kaia. Ganan a cualquier precio. Y ahora sentía que estaba perdiendo el control de su hijo, que el nene te elegía a vos. Su ego no pudo con eso. Prefiere llevarse al nene a un lugar donde sea infeliz pero "suyo", antes que dejarlo con alguien que le muestra sus verdades.
Me tapo la cara con las manos y rompo a llorar. Es un llanto amargo, de esos que nacen de la traición y de la impotencia absoluta. Lloro por Lauti, que seguramente ni siquiera sabe que no va a volver a verme. Lloro por mí, por haber sido tan estúpida de creer que había algo de luz en ese hombre. Lloro porque mi maestría, mis libros y mis teorías no sirven de nada frente a la crueldad de un hombre que prefiere que su hijo se asfixie antes que admitir que necesita ayuda.
Paolo me abraza de costado, dejando que me desahogue. El viento de abril mueve las redes de los arcos, produciendo un sonido metálico y triste.
—Se terminó —sollozo contra su hombro—. Se lo llevó.
—Sí —murmura Paolo—. Se lo llevó. Pero escuchame bien, Kaia. Vos hiciste más por ese nene en dos meses que lo que mucha gente hace en toda una vida. Él no se va a olvidar de ti. Y Ferraro… Ferraro se acaba de comprar un pasaje directo al abismo con su hijo. Algún día se va a dar cuenta de lo que perdió.
—No me importa Ferraro —miento, mientras el corazón me sangra por el hombre que creí conocer—. Solo quería que Lauti estuviera bien.
Me quedo ahí, llorando en el hombro de mi amigo, entendiendo finalmente el peso real del título de esta historia que yo misma me repetía como una advertencia. Lo intenté. De verdad lo intenté. Pero el corazón no sabe de pases, ni de tacles, ni de tácticas de juego. El corazón solo sabe entregarse, y hoy, en medio de esta cancha vacía, entiendo que la derrota más dolorosa no es la que se marca en el tablero, sino la que te deja las manos vacías cuando más querías dar.
Gael Ferraro ganó el partido. Recuperó su propiedad. Eliminó la amenaza.
Y yo, la entrenadora que creía que podía cambiar el mundo con un silbato y un poco de empatía, me quedo con el alma fuera de juego, mirando hacia una salida que ya no existe en absoluto.