Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 20

LAUTI

El tenedor hace un ruido finito cuando toca el plato de cerámica blanca. Clinc. Es el único sonido que hay en el comedor, además del reloj de la pared que hace tic, tac y parece que va más lento que de costumbre. Papá está sentado frente a mí. Tiene la cara de color gris, como las nubes cuando va a llover, y mira su plato de pescado con verduras como si fuera una jugada difícil que tiene que estudiar.

La comida de hoy la hizo la chef que viene a casa. Se llama Adriana y siempre usa un gorro blanco. Ella cocina cosas que papá dice que son “combustible para deportistas de élite”. Mi plato tiene un pedazo de salmón rosado que brilla, tres espárragos muy rectos y un puré de algo naranja que no es zapallo, pero se le parece. Todo está pesado y medido, como si fuera un experimento de ciencias. No hay olor a pizza, ni a milanesas, ni a nada rico. Huele a algo… saludable. Y lo saludable a veces es un poco aburrido.

—Come, Lautaro. El fósforo del pescado es bueno para la concentración —dice papá sin levantar la vista.

—Sí, pá.

Le doy un bocado al puré naranja. Está rico, pero me cuesta tragarlo porque tengo un nudo en la panza. No es el nudo feo de cuando no puedo respirar, es un nudo de nervios, de esos que te dan cuando quieres decir algo y no sabes si es el momento. Me acuerdo de lo que pasó el miércoles, de lo que me dijo del otro club y de que Kaia se fue. Todavía me dan ganas de llorar cuando pienso que no voy a verla mañana, pero si lloro, papá se va a enojar y va a decir que no tengo “carácter”.

Entonces me acuerdo de Facu.

Facu es el nene de las pecas que me dio agua hoy. Me hace sentir contento y me hace reir un poquito recordar que tiene un diente torcido y que me dijo que puede ser mi amigo. Por primera vez en todo el día, el nudo se afloja un poquito.

—Papá… —digo bajito.

Él levanta los ojos. Sus ojos dan un poco de miedo hoy, están como eléctricos, seguro es por el partido del domingo. Sé que es un partido muy importante porque en la tele no paran de hablar de los Ferraro y de que tienen que ganar sí o sí.

—¿Qué pasa?

—Hoy… hoy hice un amigo en el club nuevo. Se llama Facu.

Papá deja el tenedor en el plato. Me mira fijo. Me empiezo a preguntar si realmente fue buena idea o si estuvo mal. Él siempre quiso que yo tenga amigos.

—¿Un amigo? ¿Es de los que entrenan bien? —pregunta.

—Sí, corre muy rápido. Y me prestó su agua porque unos niños me tiraron la mía—le cuento, aunque omito la parte donde me dijeron "blandengue" porque no quiero que papá se ponga triste por tener un hijo fallado—. Y me invitó a su casa mañana, después del entrenamiento.

Papá se queda callado un segundo. Mmm, está pensando. Sé que mañana él tiene “concentración”, que es cuando se encierran en un hotel lujoso para no pensar en nada que no sea romperle las costillas a los del otro equipo.

—¿A su casa? ¿A hacer qué? ¿A hacer unos pases?

—A jugar a la Play —digo con emoción—. Me dijo que tiene el Mortal Kombat y el FIFA. Me dijo que él me enseña a jugar porque yo no sé. ¿Puedo ir? Por favor.

Papá exhala un aire largo por la nariz. Mira su reloj, después mira su teléfono que no para de brillar con mensajes.

—¿A qué hora termina el entrenamiento mañana? —pregunta.

—A las doce. Facu dice que su mamá nos busca a los dos y me lleva a su casa. Y después me pueden traer acá a la tarde, o me puedes buscar tú cuando termines de ver los videos de rugby.

Veo que la cara de papá cambia un poquito. Es como si le hubiera dado una solución a un problema. Él odia cuando los horarios no encajan y Silvia, mi niñera, a veces tiene que correr mucho para buscarme porque el club nuevo queda lejos.

—Me vendría bien que te quedaras ahí unas horas —dice papá, más para él mismo que para mí—. Mañana el Toro Benavídez está insoportable con los videos técnicos. Si vas a lo de este nene, no tengo que mandarla a Silvia hasta San Isidro o a su novio a buscarte porque me dijo que no podría buscarte.

—¿Entonces sí?

—Puede ser.

Siento una alegría saltarina en el pecho. ¡Dijo que sí! O casi.

—Tengo el número —digo rápido, metiendo la mano en el bolsillo de mi pantalón corto—. Lo anoté en un papelito. Me lo dio la mamá de Facu cuando terminó la clase. Se llama Sandra.

Saco el papel. Está un poco arrugado porque lo apreté mucho durante todo el camino a casa para que no se perdiera. Tiene el número escrito con una letra muy linda y redondita, y yo le dibujé una pelotita chiquita al lado. Se lo paso por arriba de la mesa.

Papá toma el papel con sus dedos grandes. Lo mira como si fuera un contrato importante.

—Está bien. Voy a llamar ahora para confirmar quiénes son. No vas a ir a la casa de cualquiera, Lautaro. Pero si es una familia del club, supongo que está bien.

Él agarra su celular y marca. Yo me quedo muy quieto, masticando un pedazo de salmón que ahora me sabe a gloria. Lo escucho hablar. Su voz de "Capitán" sale enseguida.

—¿Hola? ¿Sandra? Habla Gael Ferraro… Sí, el padre de Lautaro. Mi hijo me comentó de la invitación de Facundo… Ajá… Sí, mañana tengo concentración con el equipo… Me vendría muy bien, gracias por la predisposición… Perfecto, entonces queda así. Él va con ustedes después de la práctica y yo lo mando a buscar tipo seis de la tarde. Gracias.

Cuelga el teléfono y me mira.

—Listo. Mañana te vas con Facundo. Le voy a avisar a Silvia que no hace falta que te busquen.

—¡Gracias, pá! —le digo, y por poco me levanto a darle un abrazo, pero me acuerdo de que estamos cenando y a él no le gusta que interrumpa la comida con "demostraciones excesivas".

Termino mi cena muy rápido. Ya no me importa que los espárragos sean verdes o que el pescado tenga fósforo. Mañana voy a jugar a la Play. Mañana no voy a estar solo en esta casa gigante con Silvia mientras papá se encierra a ver gente chocándose en una pantalla.

Subo a mi cuarto después de saludar a papá con un beso en la mejilla. Él ya volvió a mirar su teléfono, anotando cosas en una libreta negra.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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