Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 21

KAIA

El silbato me cuelga del cuello como un peso muerto. Doy por terminado el entrenamiento cinco minutos antes, algo que no he hecho jamás en mi carrera. Mis chicos corren hacia sus padres, riendo, preguntando por la merienda, y yo apenas puedo forzar una sonrisa de despedida. Mi cabeza no está acá. Mi alma no está en este predio. Mi mente es una pantalla en blanco donde solo se proyecta una dirección en San Isidro y un horario que me quema los nervios: las doce del mediodía.

Subo al auto sin siquiera cambiarme las zapatillas. Las manos me tiemblan tanto que me cuesta embocar la llave en el contacto. Mientras manejo hacia el norte, por la Panamericana, el motor del auto parece rugir al ritmo de mi ansiedad.

—Eres una estúpida, Kaia. Da la vuelta —me digo en voz alta, apretando el volante—. Van a pensar que eres una acosadora. Esto es patético.

Me arrepiento en cada semáforo. Me imagino a Gael Ferraro viéndome ahí, en su territorio, y denunciándome por hostigamiento. Pero un segundo después, el miedo me gana. Me imagino a Lauti solo en un rincón, con los bronquios cerrándose de nuevo mientras un entrenador de voz de trueno le grita que sea un hombre. Me imagino que nadie lo mira, que nadie se da cuenta de que sus ojos piden auxilio. Esa desesperación, ese instinto de protección que no sé de dónde saqué, es más fuerte que mi amor propio.

Llego a la zona del club Honor y Gloria diez minutos tarde. El predio es inmenso, una fortaleza de césped perfecto y cercos perimetrales impecables. Estaciono a dos cuadras, en una calle lateral, porque no me animo a acercarme al portón principal con mi auto viejo. Camino rápido, ocultándome detrás de mis anteojos de sol, sintiéndome como una intrusa en un mundo de privilegios.

Cuando llego a la salida de las canchas infantiles, me quedo detrás de un enorme roble, con el corazón martillando en mis oídos. El flujo de gente es constante: camionetas blindadas, ropa de marca, familias que parecen salidas de una publicidad de seguros.

Y entonces lo veo.

Mi respiración se corta. Lauti viene caminando con su bolso al hombro. Pero no está solo. No está cabizbajo. No está arrastrando los pies.

Está riendo.

Viene al lado de un nene bajito, de pelo negro, que le hace gestos con las manos como si estuviera contando una historia increíble. Lauti lo mira, le contesta, y suelta una carcajada limpia, sonora, la primera risa de verdad que le escucho desde que lo conozco. No hay rastro de asfixia. No hay miedo. Hay... un amigo.

Me quedo helada, pegada a la corteza del árbol. Un golpe de realidad me sacude con la fuerza de un viento huracanado. Me siento una ridícula total. Yo, que pensaba que el mundo de Lauti se terminaba sin mí, que me hacía ideas de ataques de pánico y maltratos, me encuentro con un nene que está empezando a ser feliz en el lugar que yo tanto desprecié. Ferraro ganó. Tenía razón. El cambio le hizo bien.

Siento una punzada de vergüenza tan grande que me dan ganas de que la tierra me trague. ¿Qué hago acá? Soy una extraña interfiriendo en una vida que ya no me pertenece. Giro sobre mis talones, dispuesta a huir antes de que alguien me vea, antes de que este papelón sea definitivo.

—¡KAIAAA!

El grito rasga el aire del mediodía. Es su voz.

Me quedo petrificada. Me doy vuelta lentamente y lo veo correr hacia mí. Lauti dejó caer el bolso en el pasto y viene a toda velocidad, con la cara iluminada por una alegría que me desarma. No puedo evitarlo. Me agacho y abro los brazos. El impacto de su cuerpo contra el mío me saca el aire, pero no importa. Me abraza del cuello con una fuerza desesperada, hundiendo su cara en mi hombro.

—¡Viniste! ¡Viniste! —solloza de alegría, apretándome fuerte.

—Hola, campeón —le susurro, cerrando los ojos para que las lágrimas no se me escapen delante de todo el mundo—. Solo pasaba a traer unos papeles y…¡wao! ¡Entrenas aquí, qué bueno!

Me separo un poco para mirarlo. Está transpirado, tiene las mejillas rojas y los ojos brillantes. El nene de pelo negro se queda a unos pasos, mirándonos con curiosidad.

—Qué pena ya no puedas ser entrenadora por lo de tus papales.

—¿Qué papeles?

—¡Lauti!

El otro niño se acerca.

—Él es Facu—dice Lauti, señalándolo con orgullo—. Es mi amigo. ¡Y hoy no me morí! Pude correr todo el tiempo porque Facu me cuidó.

—Mucho gusto, Facu —digo, tratando de que mi voz no tiemble. El nene me saluda con la mano, sonriendo.

Aun así mi cabeza va a mil por hora tratando de interpretar qué me quiso decir con lo de los papeles.

En ese momento, una mujer rubia, vestida con un conjunto deportivo impecable, se acerca a nosotros. Es la mamá de Facu. Me mira de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa del otro club, y después me sonríe con una amabilidad que me incomoda.

—¡Buenaaaas!—dice ella—. ¿Tú eres la mamá de Lauti? O... ¿la mujer de Gael? Mucho gusto, soy Sandra.

Siento que la cara me arde. La confusión me golpea como un latigazo. La mujer de Gael. El solo concepto me produce un escalofrío.

—No, no —respondo rápido, casi con un ataque de pánico—. No soy su mamá. Ni su pareja. Nada que ver. Yo... yo era su entrenadora en el otro club. Solo pasé a terminar un trámite en este club y nos cruzamos de casualidad con Lauti.

La cara de Sandra cambia a una expresión de sorpresa y un poco de lástima. Lauti me mira, y por un segundo, la luz en sus ojos se apaga un poquito al escucharme decir "era".

—Ah, entiendo —dice Sandra, aunque se nota que no entiende nada—. Bueno, Lauti se viene a casa ahora a jugar a la Play con Facu. Gael ya me dio permiso.

—Qué bueno, Lauti —digo, dándole una caricia rápida en el pelo—. Me alegro mucho. Te dejo para que vayas a jugar. Espero te portes bien.

—¿Vas a volver mañana? —me pregunta él, agarrándome la mano.

—No sé, mi amor. Tengo mucho trabajo —miento, sintiendo que el corazón se me hace pedazos—. Chau, Facu. Chau, Sandra.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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