LAUTI
El sol de este domingo pega muy fuerte, así que no es un sol lindo de los que te dan ganas de ir a la plaza. Es de esos que te hacen doler un poco los ojos. Me desperté cuando todavía estaba oscuro porque papá se tenía que ir al club antes que nadie. Me dio un beso en la frente, pero yo estaba medio dormido y sentí que su barba pinchaba un poco más que otros días. No me dijo "suerte", ni "nos vemos", solo me dijo: "Pórtate bien con Silvia".
Ahora estoy sentado en la parte de atrás del auto de Lucas. Lucas es el novio de Silvia. Él es simpático, tiene el pelo con mucho gel y siempre usa camisas que huelen a perfume de hombre del que venden en el supermercado. Silvia va adelante, mirándose en el espejito del sol y pintándose los labios de un rojo muy brillante. Lucas no para de hablar. Está muy emocionado porque hoy vamos al palco VIP del estadio.
—¡No lo puedo creer, Sil! —dice Lucas mientras maneja rápido por la autopista—. ¡El VIP de la cancha de rugby! Dicen que ahí te dan de comer caviar y que los sillones son de cuero de verdad. Es el lugar de los dueños del mundo, gorda. Tu jefe es un crack, de verdad.
Silvia se ríe y le toca la mano.
—Es el privilegio de ser un Ferraro, Lu —responde ella, y me mira por el espejo—. ¿No, Lauti? Hoy vas a ver a tu papá como un rey en medio de su reino.
Yo no digo nada. Miro por la ventana y veo cómo pasan los árboles sin hojas. No me siento como un rey.
Me siento como una partecita de un rompecabezas que alguien puso a la fuerza en una caja que no le corresponde.
Mi mochila está en el piso del auto, y adentro tengo mi inhalador por las dudas. Silvia me prometió que no iba a pasarme nada, pero mi pecho se siente un poco pesado, como si tuviera una piedra chiquita escondida detrás de las costillas. Puede que sea por lo raro que me hace sentir ir a ver a papá, el lugar donde es el número uno que todos dicen y yo debo cargar con eso también.
Llegamos al estadio muy temprano. Todavía no hay mucha gente, pero ya se siente ese ruido bajito, como de abejas, que hace la ciudad cuando hay un partido importante. El estadio es inmenso. Parece un monstruo de cemento durmiendo bajo el sol frío. Pasamos por un portón especial donde unos señores muy serios con traje nos piden unos documentos. Lucas está que no cabe en su asiento; le saca fotos a todo con su celular, incluso a la barrera cuando se levanta.
Subimos por un ascensor que tiene espejos y música de esa que ponen en los hoteles donde se queda papá. Cuando las puertas se abren, Lucas suelta un "¡Guau!".
El palco VIP es un salón gigante con una pared de vidrio que da a la cancha. Hay mesas con manteles blancos, sillones que huelen a auto nuevo y un montón de gente vestida con ropa que parece muy cara. Hay una mesa larga llena de comida: medialunas chiquitas, sándwiches que no tienen bordes, jugos de todos los colores y hasta unas tablitas con quesos que tienen nombres difíciles.
—¡Mira esto, Sil! —Lucas corre hacia la mesa de comida como si no hubiera desayunado en un año—. ¡Hay jamón del bueno! Sácame una foto acá, con la cancha de fondo. ¡Tengo que subir esto a Instagram ya mismo!
Me quedo parado cerca de la puerta. La cancha se ve perfecta desde acá arriba.
El pasto está tan verde que parece una alfombra de mentira. Allá abajo, muy lejos, veo a unos señores que parecen hormiguitas de colores moviendo cosas. Sé que mi papá está en algún lugar ahí abajo, en el vestuario, poniéndose su venda en la rodilla y apretando los dientes. Me lo imagino con los ojos cerrados, escuchando los gritos del Toro Benavídez, y me da una tristeza chiquita. Él está allá abajo peleando, y yo estoy acá arriba rodeado de gente que se ríe fuerte y come sándwiches sin bordes.
Pasa una hora. El estadio se empieza a llenar. El ruido de las abejas se convierte en un rugido. Lucas ya se comió como diez medialunas y se sacó fotos en todos los rincones del palco.
—Che, Sil, voy a bajar un ratito —dice Lucas, acomodándose la camisa—. Quiero ir a la parte de las gradas de abajo para ver el ambiente de cerca, quiero sentir el bardo, ¿viste? Acá arriba es demasiado tranquilo para mi gusto. Saqué el pase para recorrer todo. Ya vuelvo, ¿dale?
Silvia asiente y le manda un beso. Lucas sale del palco casi trotando, feliz como si le hubieran regalado una bicicleta nueva. Me quedo a solas con Silvia. Ella se sienta en uno de los sillones de cuero y se pone a mirar su teléfono. De vez en cuando me mira y me dice:
—¿Un juguito, Lauti? —Pero yo niego con la cabeza.
El partido empieza.
De repente, el estadio explota. Es un sonido que me golpea en el estómago. Miles de personas gritan al mismo tiempo. A través del vidrio, veo salir a los equipos. Papá va adelante de todo. Se ve muy grande, muy fuerte. La gente en el palco se para y empieza a aplaudir.
—¡Ahí está tu papá, Lauti! ¡Grítale! —me dice Silvia, pero yo no puedo.
Tengo la garganta apretada. Miro hacia abajo y veo cómo los jugadores chocan entre sí. Desde acá se escucha el ruido de los golpes, un ¡paf! seco que me hace cerrar los ojos. La gente a mi alrededor empieza a gritar cosas feas. No gritan "¡vamos!", gritan insultos. Los hombres en el palco, que hace un rato eran muy amables, ahora tienen las caras rojas y golpean los vidrios con los puños.
—¡Rompelo, Ferraro! ¡Matá al ocho! —grita un señor que tiene una corbata de seda.
Me da miedo. No me gusta cómo se transforman las personas cuando empieza el juego. El aire adentro del palco se empieza a sentir caliente, espeso. Hay demasiada gente amontonada contra el vidrio. El tumulto se vuelve agresivo. Ya no es una fiesta, es como si todos estuvieran muy enojados por algo que yo no entiendo.
Siento que el palco se achica. Las paredes de vidrio parecen estarse cerrando sobre mí. Miro para todos lados buscando a alguien, pero solo veo espaldas de adultos que gritan y huelen a alcohol y a nervios.