Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 25

KAIA

La pantalla de mi televisor es un rectángulo de luz azulada que proyecta sombras largas y distorsionadas sobre las paredes de mi living. Estoy hecha un ovillo en el sillón, envuelta en una manta que no logra quitarme el frío que siento en los huesos desde que regresé de San Isidro ayer. Tengo un pote de helado derretido sobre la mesa ratona y el celular apagado, tirado en algún rincón de la cocina.

No quiero hablar con Paolo, no quiero estudiar para la maestría, no quiero ser la "entrenadora ejemplar". Hoy solo quiero ser este resto de mujer que no puede dejar de mirar lo que se prometió ignorar.

El partido entre el club de Gael y el SIC está en su momento más crítico. El rugido del estadio se filtra por los parlantes, un sonido visceral, cargado de una electricidad que cruza el cableado y se me instala en la boca del estómago. Me dije a mí misma mil veces que no iba a poner el canal de deportes. Me juré que iba a usar la tarde para adelantar bibliografía sobre fisiología del ejercicio. Pero aquí estoy, rompiendo mi propia promesa de castidad emocional, buscando desesperadamente una silueta entre treinta hombres que se despedazan por una pelota de cuero.

El SIC es un equipo muy popular por sus polémicas jugadas dentro y fuera de la cancha. Algunos de sus jugadores estuvieron envueltos en polémicas nocturnas y de violencia; se dice que sus seguidores los imitan demasiado.

“El ambiente en el estadio es verdaderamente hostil, Mariano” dice uno de los relatores, su voz compitiendo con los cánticos agresivos que bajan de las gradas. “La tribuna está incontenible. Ha habido algunos incidentes en los accesos y la tensión se siente en el aire. Es una tarde de alta presión para los capitanes.”

Acerco más las rodillas al pecho. La cámara hace un primer plano de la formación y ahí lo veo.

Gael Ferraro.

Luce imponente, como siempre. Su camiseta tiene manchas de barro y el sudor le brilla en la frente bajo el sol crudo de la tarde. Pero sus ojos... hay algo en sus ojos que me hace saltar todas las alarmas. No es la mirada del "Hombre de Hielo" que el periodismo deportivo adora describir. No es esa frialdad quirúrgica del capitán que tiene el control total de la situación.

Gael está desconcentrado.

Lo veo mirar hacia arriba, hacia la zona de los palcos, con una frecuencia que no es normal en él. Se acomoda la venda de la rodilla mecánicamente, pierde la marca en un reagrupamiento simple, llega tarde a un apoyo. Los relatores también lo notan.

“Sorprende ver a Ferraro tan errático hoy. Ya ha cometido dos penales evitables y se lo ve… preocupado. Constantemente busca a alguien en la zona preferencial. Quizás la presión de la capitanía finalmente le está pasando factura.”

—No es la presión, imbécil —susurro contra mis rodillas, con el corazón empezando a latir con una fuerza dolorosa—. Es Lauti.

Lo sé. Lo siento en cada fibra de mi cuerpo. Conozco a ese hombre lo suficiente para entender que esa grieta en su armadura tiene nombre y apellido. Me juego la vida a que Lauti está ahí, en ese estadio que suena como una jaula de leones, atrapado en algún palco de cristal rodeado de gente que grita y golpea los vidrios. Puedo imaginarlo perfectamente: Silvia distraída con su teléfono, el ruido ensordecedor perforándole los oídos al niño, y Gael, allá abajo, sintiendo el peso de haber arrastrado a su hijo a ese infierno solo por el deber ser, por el apellido, por la bendita "excelencia".

Gael lo sabe. Sabe que Lauti está sufriendo. Sabe que el niño debe estar sintiendo que el aire se le acaba entre tanto tumulto y tanto odio gritado desde las gradas. Lo veo en su mandíbula tensa, en la forma en que se pasa la mano por la cara, como si quisiera despertarse de una pesadilla. Está ahí físicamente, pero su alma está arriba, tratando de proteger a ese nene que yo también quiero proteger con cada célula de mi ser.

—Sácalo de ahí, Gael —le pido a la pantalla, con las lágrimas asomando otra vez—. Sácalo de ahí y llévalo a casa. No vale la pena. Nada de esto vale la pena.

El partido se vuelve más brusco. El equipo rival nota la distracción del capitán y empieza a cargar el juego por su lado. El SIC avanza, los tacles suenan como choques de autos. El relator eleva el tono, la multitud brama.

—¡Atención que se viene el ataque profundo! Ferraro intenta cerrar el canal interno, pero queda mal perfilado... ¡Ojo con el choque!

Lo que sigue sucede en cámara lenta ante mis ojos horrorizados.

Gael va a buscar a un jugador del SIC que entra a toda velocidad. Es un "lock" gigante, un hombre de cien kilos lanzado como un proyectil. Gael, distraído por un segundo más, mirando hacia las gradas, no llega a poner el hombro correctamente. No se agacha lo suficiente. No se prepara para el impacto.

El choque es brutal. Se escucha un sonido seco, un estallido de cuerpos colisionando que el micrófono de ambiente captura con una fidelidad aterradora. Gael vuela hacia atrás, su cuerpo se arquea de forma antinatural y su cabeza rebota contra el suelo duro del estadio.

—¡Uhhhhh! ¡Tremendo golpe! ¡Ferraro quedó tendido! —grita el relator, pero su voz me llega como si estuviera debajo del agua.

Me pongo de pie de un salto, tirando la manta al suelo. El pote de helado se vuelca sobre la alfombra, pero no me importa. Me acerco a la pantalla, pegando las manos al vidrio caliente. Gael no se mueve.

Sus compañeros corren hacia él, pero el árbitro los detiene. El médico entra al campo a toda velocidad con la camilla naranja. En la tribuna, el ruido no cesa, pero hay un cambio de frecuencia, un murmullo de incertidumbre que empieza a tapar los gritos.

La cámara hace un zoom cruel. Gael tiene los ojos cerrados, la boca entreabierta, un hilo de sangre corriéndole por la sien. Está completamente inconsciente. Es un gigante derribado, una estatua de mármol rota sobre el barro.

“No reacciona, Mariano. El golpe fue en la nuca al caer, después del impacto directo en el pecho. Es una situación muy preocupante. El capitán de la selección está totalmente noqueado.”



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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