Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 26

GAEL

Este sitio entero ruge. El estadio no emite cánticos de apoyo sino que vomita odio. Es una marea de bocas abiertas, de venas hinchadas en los cuellos, de banderas que se agitan como látigos.

Siento el aire espeso, cargado de un polvillo que me raspa la garganta. Pero no es el cansancio que he sentido con el peso de la responsabilidad del último tiempo. Es el miedo. Un miedo que no tiene nada que ver con el SIC, ni con el resultado, ni con el tacle que sé que viene.

Miro hacia arriba. Una vez. Otra vez. El palco VIP es un acuario de lujo en medio de la selva. El vidrio refleja el sol de la tarde, una mancha blanca que me ciega. Busco a Lautaro. Lo busco con una desesperación que me está vaciando las piernas. ¿Dónde está? No lo veo. Solo veo manchas de colores, gente golpeando el cristal, bocas que gritan "¡Debes matarlo, Ferraro!".

¿Está respirando? ¿Tiene el inhalador? ¿Por qué lo traje a este matadero?

—¡Ferraro, atento! —el grito de mi apertura me llega como un eco lejano, distorsionado por el agua.

No estoy atento, no puedo ahora mismo. Mi mente es un cable pelado que chisporrotea entre el césped y ese palco de cristal. Miro de nuevo. Nada. Solo tumulto. La tribuna parece estar flaqueando. Veo una pelea en la grada baja. Gritos. Humo de bengalas. El mundo se está prendiendo fuego y mi hijo está atrapado en el humo.

Y entonces…sucede el impacto.

No lo veo venir. Siento el desplazamiento del aire, una masa de cien kilos de músculo y furia que me golpea el esternón. El crujido. Es mi propio cuerpo cediendo. El suelo sube a buscarme con una velocidad aterradora. Mi cabeza golpea el barro seco.

Clac.

¿Qué pasa?

¿Qué sucede?

El sonido es interno.

Es el interruptor del universo apagándose.

Todo queda color negro y cae un silencio absoluto.

Clac.

Sigue resonando en mi cabeza eso.

Pero detesto sentirme tan perdido, tan extraviado ahora mismo, extraviado en mí mismo, en mi interior en mi ser.

Clac.

Algo sucede.

Es…

Caramba. Luz blanca. Fría. Demasiado brillante. Siento que floto, pero mi cuerpo pesa una tonelada. Escucho un pitido rítmico. Escucho algunas voces.

—...capitán de la selección...trauma craneoencefálico...estabilícelo ahora, ¡ahora!

Siento un dolor punzante en el pecho. Un rayo de fuego que me obliga a arquearme. Mis ojos se abren un segundo. Veo techos que corren. Lámparas circulares que pasan como planetas a toda velocidad. El olor a desinfectante me quema la nariz.

—¡Lo perdemos! —alguien grita.

Quiero decir algo. Quiero preguntar por Lautaro. Pero mi lengua es un trozo de

plomo. El mundo vuelve a fundirse en gris.

Voces de nuevo aparece. Pero distantes. Como si salieran de una radio vieja, con

interferencia.

—...el debate nacional ya es inevitable... la violencia en el rugby ha llegado a un punto de no retorno...ell caso Ferraro es la gota que colmó el vaso... se pide la suspensión de la fecha...una sociedad enferma que proyecta sus frustraciones en una pelota...

"Violencia". "Debate". "Polémica". Las palabras rebotan en las paredes de mi cráneo pero no logro encajarlas. ¿De qué hablan? ¿Ganamos? ¿Lautaro está bien? Trato de mover una mano, pero no siento los dedos. Siento frío. Mucho frío. Me dejo caer. Me dejo ir hacia ese lugar donde no duele la rodilla ni el orgullo.

Perdido y hundido.

Más.

Y más.

Y más.

Y cada vez más…

Hasta que estoy en otro tiempo y espacio. Un momento, ¿esto es lo que pienso que es? ¿Qué está pasando? ¿Estoy soñando?

Cinco años atrás.

El silencio de la oficina del juez de menores es sepulcral. Huele a papel viejo y a café frío. Me sudan las manos. Yo, Gael Ferraro, el hombre que no le teme a un scrum de los All Blacks, estoy temblando frente a una carpeta de cartulina color crema.

—Es una decisión inusual, señor Ferraro —dice el juez, mirándome por encima de sus anteojos—. Un hombre soltero, en la cima de una carrera deportiva tan exigente... ¿Está seguro de que puede darle a este niño la estabilidad que necesita?

Miro la foto abrochada al expediente. Un nene de cinco años con ojos que parecen pozos de soledad infinita. Lautaro. Sin apellido. Sin nadie.

—No sé si soy el mejor —respondo, y mi voz suena extrañamente pequeña en ese despacho—. Pero sé que no me perdonaría en la vida dejar a este niño sin el futuro que realmente puedo ofrecerle.

Las dudas me muerden las entrañas. ¿Qué sé yo de ser padre? Mi propio padre solo me enseñó a no llorar y a empujar con el hombro. ¿Cómo se cuida a algo tan frágil? ¿Cómo se abraza a alguien sin romperlo cuando tus manos están hechas para la guerra?

La puerta se abre. Una trabajadora social trae al niño de la mano. Lautaro se detiene en el umbral. Me mira. No sonríe. No corre hacia mí. Se queda ahí, chiquito, con los hombros hundidos, como si estuviera esperando un golpe o una orden.

Me pongo en cuclillas. Mis rodillas crujen. Me quedo a su altura.

—Hola —le digo.

Él no responde, pero da un paso hacia adelante. Uno solo. En ese momento, entiendo que mi vida tal como la conocía se ha terminado. La vida de gloria, de ego, de "yo". Ahora empieza la vida de "él". Y tengo un miedo atroz. El miedo más puro de mi existencia. El miedo a fallarle.

—Hola… Lautaro—le digo, notando que por primera vez en mi muchísimo tiempo me tiembla la voz.

¿Puedo hacer esto? ¿Realmente puedo hacerlo? ¿Voy a ser capaz?



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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