GAEL
Despierto de golpe. El aire entra en mis pulmones con un silbido metálico. El dolor es un animal vivo que me muerde la nuca.
Abro los ojos, esta vez de verdad.
No hay gente corriendo buscando un balón. Hay una habitación en penumbras, flores marchitas en una mesa y el sonido de una televisión con el volumen en cero.
—Gael... —una voz suave, cargada de alivio, aparece a mi lado.
Giro la cabeza milímetro a milímetro hasta confirmar quién está aquí conmigo. Mi hermana, Clara, está sentada al lado de la cama. Se ve agotada. En sus brazos, su bebé duerme plácidamente, ajeno a la tragedia, envuelto en una mantita celeste. El contraste me golpea: mi cuerpo está molido, lleno de cables por todas partes, y por otro lado su criatura, una vida nueva, perfecta, respirando con suavidad.
—¿Cuánto... tiempo? —mi voz es un rasguido de lija—. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Desde ayer, Gael. Nos diste el susto de nuestras vidas —Clara se limpia una lágrima con la mano libre—. El golpe fue terrible. Pero estás acá. Los médicos dicen que no hay daños permanentes, solo vas a necesitar mucho descanso y... y alejarte de todo esto por un tiempo.
Cierro los ojos. El "debate", la "violencia". Los ecos vuelven a mí como una radio mal sintonizada y el esfuerzo me genera dolencias profundas.
Mi carrera. Mi capitanía. Todo parece ceniza ahora.
De repente, se escucha un murmullo afuera. Son pasos rápidos. Una voz femenina, firme, que discute con alguien. Conozco esa voz. La reconozco en la médula.
—Es ella —susurro.
Clara asiente, con una sonrisa pequeña.
—No se movió de la puerta desde ayer, Gael. Peleó con los de seguridad, con los dirigentes del club, con medio mundo. ¿Es tu novia?
¿Mi qué? ¡Claro que no!
La puerta se abre. No es un roce suave, es una entrada de alguien que ha ganado una batalla, una de las más severas.
Kaia Orsi está ahí. Se ve desastrosa. Tiene ojeras profundas, el pelo revuelto y la misma campera de entrenamiento que llevaba en el club. Pero sus ojos... sus ojos negros están encendidos, llenos de una furia y una ternura que me quitan el poco aire que tengo.
Se detiene al verme despierto.
Su pecho sube y baja. No dice nada. No necesita hacerlo.
Pero no viene sola.
Detrás de ella, asoma una figura pequeña. Lautaro. Se queda en el umbral, igual que aquel día en la oficina del juez hace tres años, cuando él apenas tenía cinco. Sus ojos están rojos de tanto llorar, pero cuando me ve, algo en su cara se ilumina.
Kaia le da un empujoncito suave en la espalda, una guía, un "ve, adelante”.
Lautaro corre. Esta vez no hay duda. No hay hombros hundidos. No hay una respuesta similar a “sí, señor".
—¡Papá! —grita con un sollozo que me parte el alma.
Un recuerdo me cruza la cabeza, cuando subimos al auto y me preguntó por primera vez si debía llamarme papá y lo primero que pensé fue decirle que sí, que soy la autoridad de la casa y debería respetarme, pero no querría que diga eso si no lo sentía así. Mi respuesta fue que lo diga si así lo sentía y cuando se sintiera preparado.
Y lo dijo.
Me dijo papá en ese primerísimo instante.
Porque así lo sentía aquel día.
Y porque así lo siente ahora…
—Papá, papi, papi—dice, chillando.
Llega a la cama y se trepa, con cuidado de no tocar los cables (sospecho que Kaia le ha dado instrucciones precisas). Se hunde en mi pecho, justo encima del corazón que late con dificultad.
—Perdón—le susurro al oído, enterrando mi cara en su pelo que huele a hospital y a miedo—. Perdón, Lauti. Perdón.
Levanto la vista. Kaia sigue ahí, de pie junto a la puerta. No se acerca, pero su presencia llena la habitación más que cualquier monitor de signos vitales.
Ella me mira y asiente apenas.
Una tregua.
O algo más.
Un dolor nuevo se instala en mi pecho al recordar lo último que le hice, sin embargo está ella ahora aquí mismo como si nada hubiese sucedido antes.
Miro a mi hijo, miro a mi hermana con su bebé, y miro a la mujer que cruzó la ciudad y las barreras del club para estar aquí. Entiendo que el tacle que me dejó inconsciente no fue el del jugador del SIC. Fue el de la vida, recordándome que el "Capitán Ferraro" se quedó en ese césped lleno de barro, y que el hombre que despertó aquí, en esta cama, tiene que aprender a caminar de nuevo.
—Gracias por traerlo —le digo a Kaia, y siento que el rubor vuelve a mi cara, a pesar de las heridas.
Ella da un paso hacia adelante. Solo uno. Pero es el paso que lo cambia todo.
—No lo hice por ti, Ferraro —dice ella, con esa honestidad que me saca la ficha siempre—. Lo hice por él. Y por mí.
El silencio vuelve a la habitación, pero esta vez es un silencio lleno de posibilidades. Lautaro me aprieta la mano. Kaia se acerca a la camilla. Mi hermana me mira con preocupación.
Siento que les debo algo muy importante a todos y el peso de la culpa y el horror por mis actos ahora que más los necesito es una pesada carga que se esfuerzan por no hacerme sentir.
De momento.
Pienso en lo que les hice a cada uno, a Lautaro, a Kaia, a mi hermana en el pasado y a su bebé cuando la critiqué por el padre de porquería que se buscó al que ni siquiera recuerda…
…y rompo a llorar.