KAIA
El llanto de Lauti ante la situación de su padre me provoca un profundísimo dolor y me hace pensar en que quizás esa es de la manera que se siente una madre al ver a su hijo sufrir…pero intento deshacerme de estas ideas que me metió mi amigo. No, mejor dicho es lo que sentiría cualquier mujer al ver sufrir a un niño al que conoce bien desde hace tiempo. Mejor así.
Y por otro lado está Gael, por todos los cielos.
Ver a este hombre (el tótem de la invulnerabilidad, el capitán de mármol) desmoronarse frente a mí mientras abraza a Lautaro es como ver un edificio colapsar en cámara lenta. No me produce placer. Me produce una mezcla dolorosa de compasión y una rabia que todavía me quema por dentro.
Clara, su hermana, me mira con una gratitud que casi me avergüenza. El bebé en sus brazos empieza a removerse, soltando un gemido suave que corta la tensión del ambiente. Ella está agotada; se le nota en los hombros caídos y en la forma en que intenta, sin éxito, acomodarse el bolso mientras sostiene a la criatura.
—Clara —susurro, acercándome un paso—. Dame a Lauti un momento. O mejor, llévate al bebé a la cafetería, estira las piernas. Yo me quedo con él.
Ella mira a Gael, buscando una aprobación que él, en su estado, apenas puede procesar. Gael, quien acaba de despertar, levanta la vista. Sus ojos están inyectados en sangre, rodeados de una oscuridad que no es solo física. Me mira a mí. No hay rastro del hombre que me echó del club. Solo queda un hombre que sabe que ha perdido el mando de su propia vida.
—Por favor—murmura Gael, y es la primera vez que escucho esa palabra salir de su boca sin que parezca una orden disfrazada.
Asiento. Tomo a Lauti de los hombros con suavidad. El niño se resiste un segundo, aferrado a la sábana de la camilla, pero cuando siente mi tacto, se relaja. Sus manos, pequeñas y frías, se enroscan en mi campera.
—Lauti, ve con la tía Clara un minuto. Tu papá necesita descansar para ponerse bien rápido—le digo, tratando de que mi voz sea un ancla en medio de su tormenta—. Yo me quedo aquí cuidándolo. ¿Me prometes que vas a comer algo?
Él me mira, con los ojos todavía húmedos, y asiente. Se baja de la cama con una fragilidad que me parte el alma y camina hacia su tía. Clara me dedica una última mirada, una que dice "gracias por salvarnos", y sale de la habitación, cerrando la puerta con un clic que suena como una sentencia.
Ahora estamos solos y…por todos los cielos, quién me manda a meterme aquí, yo solita opté ser parte y ahora me las tengo que arreglar así.
Gael y yo. El paciente y la intrusa. El hombre que miente y la mujer que sabe la verdad. El entrenador que la echa de su vida y de la de su hijo y ella, la entrenadora que insiste con un cariño que le vetan. Ja. Si esto fuese una novela de ficción, me odiaría a mí misma por ser tan migajera.
Me quedo de pie al pie de la cama, cruzada de brazos, esperando que el aire se vuelva un poco menos denso. Él intenta acomodarse, soltando un quejido sordo cuando el movimiento tira de los cables. Se ve pálido, casi translúcido bajo la luz de los monitores. Pero mi paciencia se ha terminado en el kilómetro cero de la Panamericana cuando venía hacia acá.
—¿"Problemas de papeles", Gael? —suelto, y mi voz corta el silencio como un bisturí.
Él se queda rígido. No me mira. Sigue con la vista fija en la ventana, donde las luces de la ciudad empiezan a encenderse.
—¿De qué…hablas? —responde, intentando recuperar ese tono de "Capitán" que ya no le queda.
—No me cargues, por todos los cielos. No ahora. Lauti me lo dijo en el club HyG. Me dijo que te daban pena tus "papeles" porque por eso yo ya no podía ser su entrenadora. Le mentiste en la cara. Le hiciste creer que yo me había ido por un trámite burocrático, que
lo había abandonado por una cuestión de secretaría.
Gael cierra los ojos con fuerza.
—No estoy para estas escenas, Kaia…
—Te ayudé, Gael, te creí cuando me buscaste.
—Me duele demasiado la cabeza.
—A ti no te importó en lo más mínimo mi dolor cuando hiciste lo que hiciste, Gael.
Veo cómo su mandíbula se tensa, cómo el músculo de su cuello se marca bajo la piel.
—Tenía que sacarlo de ahí, Kaia. Estaba perdiendo el control. Él estaba… —se detiene, buscando las palabras.
—¿Él estaba qué? ¿Siendo feliz? ¿Empezando a confiar en alguien que no le exige que sea una máquina de guerra? —Doy un paso hacia la cama, invadiendo su espacio personal. No me importa su trauma craneal, me importa el trauma que le dejó a su hijo—. Tuviste tanto miedo de que yo viera lo que realmente estaba pasando, tuviste tanto miedo de no ser el centro del mundo de Lauti, que preferiste inventar una mentira cobarde para borrarme del mapa. Le rompiste el corazón para salvar tu maldito orgullo.
—¡Lo hice por su bien! —me dice tan enfático como puede, girando la cabeza hacia mí con una furia repentina que lo hace toser. Se lleva la mano al pecho, dolorido—. ¡El HyG es el mejor club! Tiene estructura, tiene médicos, tiene…
—¡Tienes tú a un nene que casi se muere de un ataque de asma en un palco VIP mientras veía a su padre quedar inconsciente! —le grito, y el eco de mi voz rebota en las paredes blancas—. ¡Eso es lo que tienes! Tu estructura no evitó que tu hijo se asfixiara de angustia. Tu "excelencia" no sirvió de nada cuando él estaba ahí arriba, solo, viendo cómo te sacaban en camilla. ¿Sabes lo que sintió ese nene? ¿Tienes idea de la carga que le pusiste encima cuando le dijiste que "los Ferraro no lloran" y "los Ferraro son fuertes"?
Gael se queda en silencio, respirando con dificultad. El monitor de sus signos vitales empieza a pitar un poco más rápido. Pi, pi, pi.
—No sabes lo que es —dice él, en un susurro cargado de resentimiento—. No sabes lo que es llevar este apellido. Lo que esperan de mí. Lo que esperan de él. Si lo crío como un nene blando, el mundo lo va a devorar en cuanto yo no esté.