KAIA
Entrar en la casa de Gael Ferraro es como entrar en la guarida de un villano de película que tiene muy buen gusto para el diseño de interiores, pero un miedo atroz a los colores primarios. Todo es gris, negro, madera oscura y acero. Es un minimalismo agresivo que te grita: «Aquí vive un hombre que desayuna tacles y se ducha con agua helada». No hay una sola foto fuera de lugar, ni un almohadón arrugado, ni una planta que se atreva a marchitarse por miedo a que Gael le dé una charla técnica sobre la disciplina vegetal.
—Es… acogedor —miento, mientras camino por el living inmenso siguiendo a Clara—. Si es que lo que buscas es que tu casa parezca el lobby de un hotel cinco estrellas en el que no te dejan andar en calcetines.
Clara suelta una risita cansada. Ella carga a su bebé, que por fin se ha quedado frito en sus brazos, con esa pericia que solo tienen las madres de sobrevivir al cansancio extremo.
—Es el templo de la testosterona, Kaia —susurra ella—. Mi hermano tiene una obsesión con el orden que raya lo patológico. A veces creo que si un mosquito entra y vuela fuera de formación, Gael lo saca con tarjeta roja.
Me río bajito mientras subimos las escaleras de mármol hacia el cuarto de Lauti. El niño va de mi mano, caminando como un pequeño astronauta que acaba de regresar de una misión fallida en la Luna. Está agotado, con los ojos entrecerrados y esa palidez que todavía me revuelve el estómago. Al entrar a su habitación, me doy cuenta de que la «estética Ferraro» ha colonizado también el mundo infantil.
El cuarto de Lauti es demasiado perfecto. Hay estantes llenos de trofeos de su padre (¿por qué hay trofeos de Gael en el cuarto del nene? Ah, claro, presión psicológica gratuita), pelotas de rugby de todos los tamaños y una colección de autos de colección que parecen demasiado caros para ser chocados.
—Bueno, campeón —digo, sentándolo en el borde de la cama, que tiene sábanas de un azul tan oscuro que parecen de la Marina Real—. A los boxes. Pijama y a dormir.
—No tengo sueño —protesta él, soltando un bostezo que casi le desencaja la mandíbula.
—Claro, y yo soy la apertura titular de los Pumas —le respondo, ayudándolo a sacarse las zapatillas—. Vamos, Lauti. Negociación: pijama, cama y un cuento.
Sus ojos se iluminan un poco ante la última palabra. Clara me hace una seña desde la puerta, señalando a su bebé, y se retira al cuarto de huéspedes para terminar de hacerlo dormir. Me quedo a solas con el heredero del imperio Ferraro.
Después de una batalla logística para ponerle el pijama (porque Lauti tiene la teoría de que los botones son enemigos naturales de la velocidad), lo meto entre las sábanas. Me giro hacia el estante de la biblioteca esperando encontrar a los sospechosos de siempre: el ratón Pérez, algún dragón despistado, quizás un Principito o María Elena Walsh. Pero lo que encuentro me deja con la boca abierta.
—Lauti… ¿dónde están tus libros? —pregunto, escaneando los estantes.
Solo veo manuales de técnica deportiva, una biografía de Nelson Mandela (un poco densa para los ocho años, Gael, de verdad), y libros sobre la historia del rugby y de algunos futbolistas en Argentina. Ni un solo rastro de ficción. Ni un hada, ni un pirata, ni un animal que hable.
—No tengo—dice él, encogiéndose de hombros—. Papá dice que leer historias de cosas que no existen es perder el tiempo. Que hay que leer sobre gente que ganó cosas de verdad.
Siento que me sube una oleada de calor por el cuello. Gael Ferraro, te voy a matar. De verdad que te voy a matar. ¿Cómo puedes criar a un nene sin fantasía? Es como darle de comer solo suplementos proteicos y prohibirle los caramelos. Es un pecado pedagógico. ¡O aun peor! No tiene punto de comparación un libro y un caramelo.
—Bueno —digo, sentándome en el borde de la cama y sacando mi celular con un gesto dramático—. Tu papá podrá saber mucho de scrums, pero de cuentos no tiene ni la menor idea. Por suerte, yo soy una experta en literatura prohibida por el régimen de los hombres duros.
Lauti se acurruca, mirándome con curiosidad. Busco en Google rápidamente un cuento que recordaba de mi infancia, escrito por Luis Avila. Encuentro uno que está inspirado en un musical que se estrenó hace tiempo sobre la leyenda popular de La Salamanca en su versión para chicos.
A medida que avanzo en la historia, el ambiente en el cuarto cambia. El minimalismo frío de Gael parece derretirse un poco. Lauti me escucha con una intensidad casi religiosa. Me interrumpe un par de veces para preguntar cosas como qué es una cueva o si le puedo cantar cómo suena una chacarera en la historia.
—Que sea esta chacareraaaa, su modo de renaceeeer—canturrea con la cabeza ya hundida en la almohada.
—Su modo de renaceeer—le hago los coros.
Lauti sonríe, cierra los ojos y exhala un suspiro largo. Su mano, que hace un rato apretaba la sábana con tensión, se relaja sobre mi rodilla.
—Kaia… —murmura, casi dormido.
—¿Sí?
—¿Mañana me podrás contar otro? El que sigue, del hombre lobo, ¿verdad?
—El Lobizón. Y mañana te voy a regalar diez libros, Lauti. De nubes, de dragones que cocinan galletitas y de nenes que viajan al espacio en cajas de cartón. Te lo prometo.
Le doy un beso suave en la frente y me quedo ahí un minuto, viéndolo respirar. La ternura me golpea de una forma que me asusta. Paolo tiene razón: me estoy involucrando hasta el cuello. Pero ver a este nene dormir en paz, después del infierno que pasó hoy, me hace sentir que posponer mi vida entera valió la pena.