KAIA
Salgo del cuarto en puntitas de pie, como si estuviera caminando sobre cáscaras de huevo, y luego bajo al comedor.
La casa está en un silencio sepulcral, iluminada solo por unas luces led tenues que hacen que todo parezca una galería de arte moderno. En la mesa del comedor, Clara está sentada con una taza de café humeante entre las manos. Ya no carga al bebé; supongo que lo ha logrado dejar en la cuna de viaje.
—Se durmió —digo, dejándome caer en la silla frente a ella—. Descubrí que tu hermano es un criminal literario. No tiene ni un libro de cuentos en toda la casa.
Clara suelta una risa amarga.
—Gael cree que la imaginación es el primer paso hacia la distracción. Y la distracción es el enemigo del rendimiento. Bienvenido al mundo Ferraro, Kaia. Gracias por el cuento, lo escuché desde el pasillo. Fue… hermoso.
Nos quedamos en silencio un momento. Ella me estudia con una mirada que me pone un poco nerviosa. Es una mirada inteligente, de esas que ven más de lo que uno intenta mostrar. O será que yo me siento demasiado tensa con este contexto que jamás creí imaginar.
Hasta que lo siguiente que sucede, no me lo veo venir en absoluto…
—Ustedes tuvieron una historia, ¿no? —pregunta de golpe, con una chispa de picardía que le suaviza el cansancio de la cara.
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿Qué? ¡No! ¡Para nada! —exclamo, quizás un poco más fuerte de lo necesario—. Tu hermano y yo nos conocemos desde el año pasado que Lauti empezó a entrenar con nosotros, tenía seis cuando comenzó. Con Gael, la mayor parte del tiempo nos la pasamos gritándonos o intentando no matarnos. Él me odia porque le digo las verdades en la cara y yo lo odio porque… bueno, porque es Gael Ferraro. Es un ogro insufrible, Clara. Nada más lejos de una historia romántica y lamento que sea tu hermano, pero te di mis verdades.
Clara sonríe, pero es una sonrisa triste. Niega con la cabeza mientras juega con la cuchara del café.
—Es un ogro, sí. Pero no siempre fue así. Gael y yo… éramos aliados, ¿sabes? Éramos un equipo de dos contra el mundo. O mejor dicho, contra nuestro padre.
Se inclina hacia adelante, y noto cómo sus nudillos se blanquean al apretar la taza.
—Papá era… como Benavídez, el presidente del club en el que juega Gael, pero con derecho a pegarnos —dice, y su voz baja un tono. Me parece aterrador lo que cuenta—. Era un hombre violento, obsesionado con la dureza. Gael recibió la peor parte. Siempre. Papá quería un guerrero y lo moldeó a golpes, literales y figurativos. Gael me protegía. Se ponía delante de mí para que los gritos no me llegaran. Prometimos que nunca seríamos como él.
Me quedo helada. Siempre supe que había un trasfondo oscuro, pero escucharlo de ella lo vuelve real.
—¿Qué pasó? —pregunto, con el corazón apretado.
—Pasó que Gael empezó a ganar. Descubrió que si era el mejor en el rugby, papá lo dejaba de golpear. El deporte fue su armadura, pero también su cárcel. Al crecer, Gael se convirtió, sin darse cuenta, en el monstruo del que escapamos. Adoptó los mismos códigos. El mismo desprecio por la «debilidad». Siempre suele decir en las entrevistas que el deporte salvó su vida, pero no del hambre como suele suceder con algunos deportistas, le salvó la vida de los puñetazos de nuestro padre principalmente.
Clara suspira y mira hacia la escalera, como si temiera que el fantasma de su hermano la escuchara.
—Eran una tregua—murmuro—. ¿Hasta que…?
—Uff. Cuando me quedé embarazada, pensé que él sería el primero en apoyarme. Estaba sola, asustada. Pero Gael me juzgó. Me dijo que había sido irresponsable, que no tenía «disciplina», que me había buscado un hombre de porquería y que ahora tenía que hacerme cargo de mi «error» lejos de su vida perfecta. Me rechazó, Kaia. Me cerró la puerta en la cara porque mi vida no encajaba en su esquema de éxito y control. No hablamos por casi un año y medio… hasta hoy, cuando me llamaron desde el club para decirme que estaba inconsciente. Yo ni siquiera sabía que jugaba hoy. Ni siquiera sabía que él había dado mi teléfono de contacto ante emergencias. Quizá lo tenía desde el día que lo compraron de este club, no lo sé. Hasta dudé en venir, porque no estaba viendo el partido, no pensé que sería de tal gravedad.
Me quedo sin palabras. El resentimiento que siento hacia Gael por lo de los «papeles» de Lauti se mezcla con una furia nueva. ¿Cómo pudo abandonar a su propia hermana cuando más lo necesitaba? El «Capitán» resultó ser un cobarde emocional de primera categoría.
—Lo siento mucho, Clara —digo, estirando la mano sobre la mesa para tocar la suya.
—No lo sientas. Gael es de lo peor, Kaia, está cargado de traumas que no sabe a día de hoy cómo diantres gestionar. Por eso se aferra a Lautaro de esa forma tan enferma. Cree que si hace que el niño sea perfecto, podrá arreglar su propia infancia. Pero lo único que está haciendo es repetir el ciclo. Por eso me sorprende que estés acá. Él no deja que nadie entre. Y en tu caso no solo entraste, sino que su propio hijo te considera algo seguro en un mundo totalmente inestable.
Miro el reloj de la pared. Es casi la una de la mañana. Mañana tengo que estar en el club temprano para una reunión administrativa, tengo que corregir tres trabajos de la maestría y debería, idealmente, dormir algo que no sea una siesta de quince minutos. Pero al mirar a Clara y pensar en Lauti arriba, sé que mis responsabilidades van a tener que esperar.
—Me tengo que ir a casa un rato a ducharme y cambiarme —digo, poniéndome de pie—. Pero mañana a las ocho estoy acá. Silvia, la niñera, llega a esa hora, ¿no?
—Sí, Silvia es un reloj suizo. Pero Kaia… no tienes por qué hacer esto. Tienes tu propia vida de la que ocuparte seguramente.
—Mi vida ahora mismo consiste en asegurarme de que ese nene no se despierte mañana pensando que su mundo se volvió a tambalear y lo volvió a asfixiar—respondo con una firmeza que me sorprende a mí misma—. Además, le prometí libros. Y yo siempre cumplo mis promesas, a diferencia de otros Ferraro que andan por ahí.