GAEL
El techo de la habitación de hospital tiene exactamente sesenta y cuatro cuadrados de yeso, y he contado cada uno de ellos unas doce veces en la última hora. El pitido del monitor me taladra las sienes, rítmico, insistente, recordándome que mi corazón sigue latiendo aunque yo sienta que una parte de mí se quedó enterrada en el barro del estadio el domingo. Me duele la luz, me duele el aire y, sobre todo, me duele el silencio que queda cuando Lautaro no está aquí para llenar el vacío con su respiración pequeña.
La puerta se abre con ese chirrido aséptico que ya odio. No es Kaia. No es mi hermana. Sorprendentemente quien entra es "El Toro" Benavídez, seguido por dos hombres de la comisión directiva que visten trajes tan caros que parecen armaduras de seda. No traen flores. Traen carpetas. Traen esa mirada de lástima fingida que se le da a un caballo de carreras cuando se quiebra una pata y ya no sirve para apostar.
—Gael, ¿cómo te sientes, pibe? —Benavídez se acerca, pero no me toca. Se queda a una distancia prudencial, como si mi derrota fuera contagiosa.
—Como si me hubiera pasado por encima un tren de carga, Toro —respondo, y mi voz suena como si hubiera tragado vidrios rotos.
—El médico dice que despertaste bien, eso es lo importante —dice uno de los directivos, ajustándose los anteojos—. Pero la prensa... Gael, no te das una idea del incendio que hay afuera. El video de tu caída está en loop en todos los canales. Se habla de la violencia, de la falta de seguridad, de si tu carrera debería terminar aquí para "preservar tu integridad", se habla de esa distracción que tuviste en el campo, es de lo más estúpido que vi hacer a nadie.
Siento una punzada de furia que me hace saltar el pulso en el monitor. Pi-pi-pi-pi.
—Mi carrera no terminó —digo, tratando de incorporarme, aunque el mundo gira violentamente—. Fue un golpe. He tenido cientos.
—No como este, Gael —Benavídez baja la voz, y por primera vez hay algo de honestidad en sus ojos—. Te movieron el piso. Perdiste el conocimiento por casi un día.
—Porque me golpeé la cabeza y ya estoy consciente y puedo moverme por mis propios medios.
—No es eso, muchacho, te vas a recuperar, estoy seguro. Pero la gente del club... tiene dudas. Hay patrocinadores retirando pautas porque no quieren quedar asociados a un deporte que "deja mártires en la cancha". Están cuestionando tu liderazgo, dicen que estabas distraído, que ya no tienes el hambre de antes. En la TV están debatiendo sobre la violencia en el deporte, cuando no entienden que si cruzas la calle sin mirar la culpa la tiene el que cruza y no “la violencia de los coches”.
—Estaba mirando a mi hijo —le escupo, y el esfuerzo me hace ver estrellas blancas—. Mi hijo estaba en el palco y el estadio era una zona de guerra. La gente estaba haciendo quilombo ahí, eso no es culpa de la violencia de los coches.
—Lo sabemos, y por eso mismo vamos a acelerar el alta —interviene el otro directivo, abriendo una carpeta—. Hemos hablado con la dirección del hospital. No podemos tener al Capitán de nuestro equipo languideciendo aquí una semana más. Cada día que pasas en esta cama es un clavo más en el cajón del prestigio del club. Te vas mañana a primera hora. En una ambulancia privada, por la puerta de atrás. "Recuperación domiciliaria", ese será el comunicado oficial. Nada de hablar con la prensa, solo que fue más leve de lo que se pensaba y todo fue tu responsabilidad, HyG está fuera de debate.
Me quedo helado. Me están echando. No porque esté bien de verdad, sino porque mi vulnerabilidad es una mancha en su marca registrada. Soy una mercancía que ha fallado el control de calidad.
—¿Y los cuidados? —pregunto, sintiendo un vacío frío en el estómago—. El médico dijo que necesito supervisión las veinticuatro horas. No puedo estar solo. Lautaro me necesita bien, y yo apenas puedo sostener una taza de café sin que me tiemble el pulso.
—Busca a alguien de confianza, Ferraro —dice Benavídez, dándose la vuelta—. Alguien que mantenga la boca cerrada. El club pagará los gastos, pero no queremos enfermeras entrando y saliendo que puedan filtrar fotos de tu estado. Recupérate rápido, o prepárate para el retiro. El rugby no espera a nadie, ni siquiera a su mejor hombre y tampoco podemos perder más patrocinios.
Se van. Así, sin más. Me dejan solo con mis sesenta y cuatro cuadrados de yeso y la certeza de que el mundo que construí con mis hombros y mis tacles acaba de darme la espalda.
Cierro los ojos. Las lágrimas de frustración me queman. No puedo volver a esa casa inmensa y vacía solo con Lautaro y Silvia. Lautaro está aterrado, Silvia es una empleada que cumple horarios, y yo, por mi parte,... soy solo un desastre que no sabe cómo ser un hombre herido.
Pienso en Clara. Mi hermana. La mujer a la que juzgué, a la que abandoné en el momento más difícil de su vida porque no encajaba en mi idea de "disciplina". La vergüenza es un peso más real que el dolor de mi nuca. Pero es mi única salida.
Tomo el teléfono con la mano temblorosa y marco su número.
—¿Gael? ¿Pasó algo? —responde Clara al segundo tono. Se escucha ruido de fondo, el llanto suave de su bebé.
—Clara... —mi voz se quiebra—. Me dan el alta mañana. El club quiere que me esconda en casa. Dicen que necesito cuidados... alguien que esté conmigo. Yo...—trago saliva, humillándome— yo no puedo solo, Clara. Por favor. Necesito que vengas. Te pagaré lo que sea, te pondré un chofer, lo que necesites para ti y el bebé, pero no me dejes solo con Lauti así.
Hay un silencio largo del otro lado. Un silencio que me merezco por cada día de estos dos años en que no la llamé.
—Gael, escúchame —dice ella, y su voz es firme, sin rastro de rencor, lo cual me duele más—. Yo estoy acá, y voy a estar. Pero yo tengo un bebé de apenas unos meses de nacido. No puedo darte la atención que necesitas, ni puedo ser el pilar de Lautaro las veinticuatro horas mientras te recuperas de un trauma cerebral. Necesitas a alguien que sepa manejar a Lauti, que no le tenga miedo a tus silencios y que te ponga los puntos cuando te pongas insoportable.