KAIA
El despertador de mi teléfono suena a las siete de la mañana y siento que un camión de dieciocho ejes me ha pasado por encima, ha dado marcha atrás y ha vuelto a pisarme por si quedaba algo de mi cordura intacto. Tengo los ojos hinchados de tanto llorar por las emociones que se cruzan en mi interior y la espalda me cruje por la tensión acumulada de ayer. Pero en cuanto recuerdo que tengo unos cuantos libros pendientes por comprar, me levanto de un salto. Hay un nene de ocho años que cree que el mundo es un lugar donde solo importa ganar, y yo tengo una misión literaria que cumplir.
Me preparo un café tan cargado que podría resucitar a un muerto o a una momia con milenios en una pirámide y me visto en tiempo récord. Pantalón de gimnasia, zapatillas cómodas y una remera de algodón. Mi "uniforme de guerra".
Hoy mi agenda es un caos: tengo que ir a lo de Gael para relevar a Clara, ayudarla con el bebé, y después buscar a Lauti por el colegio. He suspendido mis clases en el club y le he mandado un mail a mi tutor de la maestría diciéndole que mi "sujeto de estudio" ha entrado en una fase crítica. No es mentira; el sujeto de estudio tiene ocho años y su padre es un monumento al orgullo herido.
Subo a mi auto y el aire de mayo en Buenos Aires entra por la ventana, recordándome que ya estamos en pleno otoño. El sol brilla, pero no calienta. Mientras manejo hacia la zona norte, mi celular empieza a vibrar en el soporte del tablero. Es Paolo.
—Atiendo, pero voy manejando, así que debes ser breve —le digo a modo de saludo.
—Buen día para ti también, sol de la mañana —responde Paolo con su habitual ironía—. ¿Cómo estás? ¿Te bajó la fiebre de la maternidad o sigues en modo Mamá Osa?
—Sigo en modo "ayudando a una familia en ruinas", Paolo. Estoy yendo para lo de Ferraro. Clara, la hermana, está agotada y Lauti... bueno, ya sabes. Lo que te conté anoche cuando hablamos.
Sí, nos quedamos hablando un poco porque salí con cierto arranque de angustia de esa casa.
—Kaia, escúchame un segundo —su tono se vuelve más serio—. Me quedé pensando en lo que hablamos anoche. Está genial que quieras regalarle libros a Lauti y sacarlo de esa burbuja de testosterona, pero ten cuidado. Ferraro es un tipo que se maneja por jerarquías. No te mandes sola a llevar al nene a cualquier lado sin avisarle. Aunque esté en una cama de hospital, sigue siendo el padre. No querrás que cuando se recupere te acuse de secuestro, literal.
Siento una punzada de molestia, pero sé que tiene razón. Paolo siempre es mi cable a tierra.
—Tengo pensado llevarlo a una librería después del colegio —le explico—. Necesita historias, Paolo. El cuarto de ese nene parece un museo del trofeo.
—Che, ¿y por qué no lo llevas a la Feria del Libro? —sugiere él—. Está abierta en La Rural, son los últimos días. Es mil veces mejor que una librería de barrio. Hay eventos, hay de todo. Pero escúchame bien: llámalo a Gael. Debes pedirle permiso. No seas testaruda. Si quieres que este vínculo nuevo funcione, tienes que empezar a tratarlo como a un igual y no como al enemigo.
Suspiro profundamente. Odiar a Paolo es imposible porque siempre tiene la lógica de su lado.
—Está bien. Lo voy a llamar. Pero si me sale con un discurso sobre la disciplina de comer vegetales o que leer sobre crecimiento personal es más productivo que leer sobre mitos y leyendas, le corto.
Cuelgo y me quedo mirando el asfalto. Paolo tiene razón. Si voy a meterme en la casa de este hombre, si voy a cuidar a su hijo, tengo que establecer puentes y no trincheras. Estaciono un momento en una calle lateral antes de llegar al colegio y busco el contacto de Gael. El corazón me da un vuelco cuando veo su nombre. Le marco intentando no dudarlo, pero ¡sorprendentemente me entra una llamada primero! ¡Y es él!
—¿Kaia? —dice, y juro que puedo sentir su angustia a través de la señal.
“Hola, Gael. Me dijo Clara que pasaste bien la noche…” intento pensar antes de hablar, pero él parece más exasperado que yo.
—Kaia. Soy Gael. Necesito... necesito que me escuches. Por favor. No cuelgues, te lo pido. Verás…
Y me cuenta.
Me cuenta lo del club, me cuenta lo de la ayuda que necesita y me ofrece un sueldo que triplica al de mi entrenamiento a cambio de que le haga de enfermera encubierta.
Caramba.
Me quedo en silencio un segundo, sorprendida por su tono. No hay reproche, no
hay frialdad. Hay una gratitud que me descoloca.
—Gael. Tienes que saber una cosa primero, porque si no te lo suelto ahora, luego no podré cuadrar y dos y dos con esta bomba que me tiras ahora.
—¿Sí…?
—Descubrí que tu biblioteca infantil es un desastre, Ferraro. Por eso te estaba por marcar primero y me ganaste de mano. Verás, quiero llevar a Lauti esta tarde a comprar libros después del colegio. Paolo me recomendó ir a la Feria del Libro en La Rural, ya que son los últimos días. ¿Me das tu permiso?
Hay un silencio largo del otro lado. Escucho su respiración agitada.
—¿La Feria del Libro? —repite, y por su tono sé que está sonriendo—. Mi hermana solía pedirme que la llevara cuando éramos adolescentes. Yo siempre le decía que no teníamos tiempo para esas cosas. Qué idiota fui, ¿no? Al final ella creo que fue sola alguna vez.
—Un poco, sí —admito con una sonrisa pequeña.
—Kaia, ve. Hazlo. Confío en tu criterio…hazlo, por favor.
—Cielo santo, fue más fácil de lo que pensaba.
—Y considera la oferta laboral, pide una licencia de unas semanas en tu club y ayúdanos con esto que te ofrezco. No lo hagas por mí si así lo quieres creer, que sea por Lautaro.
Siento que el aire se me escapa. Me quedo mirando el volante, procesando la propuesta. Trabajar para Gael. Vivir en su casa. Estar con Lauti todo el día. Es el sueño y la pesadilla mezclados en un solo contrato.
—No lo hagas por el dinero tampoco, Kaia —añade él, con una voz que me quiebra—. Hazlo porque te necesitamos. Además, ahora que lo pienso, quisiera también ir a la feria del libro y verle la carita a Lautaro ahí…