KAIA
Llego al hospital media hora después. Los pasillos huelen a esa mezcla de limpieza y enfermedad que tanto odio, pero hoy tengo un propósito que me empuja. Cuando entro a la habitación de Gael, lo veo sentado en el borde de la cama. Ya no tiene la camiseta del club, lleva una remera de algodón gris que le queda un poco suelta y unos pantalones deportivos. Se ve pálido, con una venda en la nuca y el rostro marcado por el cansancio.
Ya no están los hombres de traje que me dijo en el llamado. Ya no está el Toro Benavídez que busca cerrarle la boca para cubrir los sponsoreos y cerrar el debate de la violencia en el deporte. Está solo él, con un bolso pequeño a sus pies y la mirada fija en la puerta como un chiquito que espera a su mamá en la salida de los entrenamientos de inferiores.
Cuando me ve entrar, sus ojos se iluminan de una forma que me hace flaquear las rodillas lo cual es demasiado para mi pobre corazón.
—Llegaste—dice, intentando ponerse de pie.
—¡Quieto ahí, Capitán! —le ordeno, corriendo hacia él para sostenerlo por los hombros e intentando disfrazar con humor los chispazos que han comenzado a aparecer en mí, pero prometo no ilusionarme demasiado esta vez (o intentarlo al menos)—. Te acaban de dar un alta apresurada por política de club, no por salud. No te hagas el héroe ahora.
Mis manos tocan sus hombros. Son anchos, sólidos, pero siento un temblor bajo su piel que me confirma que está al límite de sus fuerzas. El contacto me produce una descarga eléctrica que trato de ignorar. Gael me mira desde arriba —incluso sentado es más alto que yo— y por primera vez, nuestras miradas no son un campo de batalla. Es una tregua silenciosa, cargada de algo que no quiero nombrar.
—Perdón por todo, Kaia —dice de repente, muy cerca de mi cara—. Por lo de los papeles, por el trato, por... por ser un descerebrado, actué muy mal, pero lamentablemente solo soy capaz de notarlo ahora, a posteriori.
—Guárdate las disculpas para cuando estés en casa —le digo, tratando de sonar severa aunque por dentro me estoy derritiendo—. Ahora, apóyate en mí. Vamos a salir de acá sin que te desmayes en el pasillo, ¿estamos?
Él asiente y me pasa un brazo por los hombros. Su peso es considerable, pero lo sostengo con la fuerza que me da el entrenamiento y, quizás, algo más. Caminamos lentamente por el pasillo. Su perfume —un toque de cítricos mezclado con el jabón del hospital— me envuelve. Estamos tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo y el ritmo de su respiración contra mi sien.
—Haces que parezca fácil sostenerme —murmura él mientras entramos al ascensor—. No es fácil aguantar casi noventa kilos
—Es técnica, Ferraro. Centro de gravedad y resistencia —miento, mientras mi propio centro de gravedad está dando vueltas.
Llegamos a mi auto. Lo ayudo a sentarse en el asiento del acompañante, moviéndome con cuidado para no golpearle la cabeza. Me inclino sobre él para abrocharle el cinturón de seguridad. En ese momento, quedamos a escasos centímetros. Puedo ver las pequeñas pecas en su nariz, el rastro de la barba de tres a cuatro días y la profundidad de sus ojos oscuros que ahora me miran con una intensidad que me quita el habla.
El silencio en el auto se vuelve denso, pero no es incómodo. Es una química perfecta, una sincronía que no debería existir entre dos personas que se han odiado tanto. Gael levanta la mano, muy despacio, y me aparta un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozan mi mejilla y siento que el mundo entero se detiene. Creo que nota mi incomodidad mientras intento moverme así que se aparta.
—Gracias por no soltarme, Kaia —susurra.
—Te dije que tengo buena resistencia —respondo en un susurro, incapaz de moverme.
Rodeo el auto y me subo al asiento del conductor. Arranco el motor, tratando de que mis manos no tiemblen en el volante.
—Bueno —digo, tratando de recuperar el tono práctico—. Vamos a buscar a Lauti. Después lo llevo a la Feria del Libro y si sigues mareado, hoy te vas a quedar en el sillón, con hielo y sin mirar el teléfono, ¿estamos?
—Estamos, entrenadora —responde él con una sonrisa de medio lado que me confirma que el "Ogrito" está empezando a sanar—. Pero realmente me gustaría acompañar a Lautaro, sé que ese lugar le hará mucha ilusión.
—”Ese lugar”—repito mientras conduzco—. Gael, lo mejor que podría sucederle a un padre es que su hijito se emocione con libros.
—Yo creí que era que meta diez goles en la cancha.
Soltamos una carcajada ambos.
Manejo hacia el colegio de Lauti con Gael a mi lado. El trayecto es tranquilo, pero hay una corriente eléctrica que une nuestra conversación. Sé que me estoy metiendo en la boca del lobo. Sé que mi promesa de "no involucrarme" ha muerto y ha sido enterrada en el estacionamiento del hospital. Pero mientras veo a Gael mirar por la ventana con una expresión de paz que nunca le había visto, entiendo que a veces, para salvar a un niño, hay que empezar por reconstruir al hombre que lo trajo al mundo.
Entonces, sé que no debo destrozar el momento, pero la pregunta escapa antes de poder contenerlo:
—Gael, ¿puedo preguntarte algo?
—Si la pregunta viene antes que la verdadera pregunta, entonces me pone un poco nervioso.
—Tienes razón, descuida, no debería.
—Pero ahora no estaré tranquilo hasta que me hagas la pregunta. LAAAA pregunta.
Dios santo.
Inhalo.
Exhalo.
Inhalo.
Exhalo.
Y lo suelto sin más:
—Gael, ¿se puede saber qué es de la vida de la madre de Lauti? ¿Por qué Clara no llamó a la mamá?
—Oh. Ya veo.
—En el club siempre estuviste inscrito como único responsable.
—Kaia, eso…
—¿Mmm?
—Creí que lo habías notado.
—¿Notar el qué?
—Kaia—me mira en un semáforo y cruzamos la mirada ahí—. Lautaro es adoptado. Lo adopté cuando tenía cinco años e intenté que el asunto quede fuera del foco público.
—¿Tu…lo adoptaste…solo?