KAIA
La casa de los Ferraro suena al ritmo de Gilda cuando entramos. Es un ambiente muy distinto a cuando estuvimos acá con Clara, es que Silvia está haciendo los quehaceres domésticos al ritmo de “fuiste mi vida, fuiste mi pasión, fuiste mi sueño, mi mejor canción…”, un ritmo cargado de una luz de media mañana que entra por los ventanales de San Isidro, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de madera oscura.
En cuanto ella se percata de que hemos llegado, silencia la música y lejos de que Gael la rete (cosa que pensé que sucedería), se ríe y le da el día libre.
Ella entiende que Gael prefiere estar a solas hoy conmigo, acepta con gusto y se marcha, quedando a disposición de lo que sea necesario.
Gael me ofrece conectar música si quiero y decido poner música de piano ya que estamos solos y el silencio no sería buen amigo de lo que tiene que terminar de contarme.
Lo ayudo a andar, pero al menos caminar despacio es algo que puede hacer sin mí. Se arroja en el sillón inmenso del living, con una manta sobre las piernas. Ya no tiene la venda en la cabeza, pero la cicatriz en su sien es un recordatorio púrpura de que la vida lo bajó de un pedestal de un solo golpe. Yo estoy sentada frente a él, con una taza de té que ya no emite vapor, observando cómo juguetea con una pequeña pelota de tenis, apretándola rítmicamente. Su mirada está perdida en el jardín, pero sé que no está viendo el césped perfectamente cortado.
—No siempre fue un Ferraro, Kaia —dice de repente. Su voz es un hilo, pero tiene una vibración que me eriza la piel.
Dejo la taza sobre la mesa ratona. Siento que el aire se vuelve más pesado, más importante. No interrumpo. Sé que este es el momento en que el Capitán va a dejar caer la última pieza de su armadura.
—Hace tres años y medio —empieza, y se pasa una mano por la cara, como si estuviera limpiando el polvo de un recuerdo doloroso—. Me tomé unos días libres antes de la pretemporada. Quería soledad. Me fui a Barreal, en San Juan. ¿Conoces?
Asiento apenas. Barreal. Un oasis de álamos y montañas bajo el cielo más limpio de la Argentina. Un lugar donde el tiempo parece detenerse frente a la Cordillera de los Andes.
—Mis abuelos eran sanjuaninos, conozco de haber ido cuando era pequeña.
—Es un lugar hermoso —continúa Gael con una sonrisa triste—. Fui para entrenar en la altura, para correr entre los cerros y despejar la cabeza de la presión de la capitanía. Pero una tarde, bajando por una zona de piedras sueltas, me patiné. No fue nada grave para un tipo de mi tamaño, pero me abrí la pierna con una roca filosa. Me tuvieron que llevar al hospital de la zona para darme unos puntos.
Se queda callado un momento. Aprieta la pelota de tenis con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos.
—Es un hospital pequeño, la zona de guardia en un único espacio. Ese día, en la camilla de al lado, separada solo por una cortina que no cerraba del todo, había un nene. Tenía poco más de cuatro años. —Gael baja la mirada y su voz empieza a temblar—. No estaba ahí por un tacle o por una caída accidental. Estaba ahí porque sus propios padres lo habían usado como un saco de boxeo.
Siento un golpe seco en el estómago. Un escalofrío me recorre la espalda y me abrazo a mí misma, sintiendo que el frío de San Juan entra de golpe en este living calefaccionado.
—Tenía marcas de cigarrillos en los brazos, Kaia. El ojo derecho estaba tan hinchado que no podía abrirlo. Y no decía ni una palabra. Ni un llanto, ni un quejido. Solo miraba el techo con una resignación que no le corresponde a un ser humano, mucho menos a una criatura de esa edad. Los médicos estaban desesperados. Me contaron en voz baja que no era la primera vez, pero que esta vez casi no lo cuenta. Iban a quitárselo a los padres de inmediato, pero el sistema… ya sabes cómo es. Iba a terminar en un hogar de tránsito, saltando de lugar en lugar, devastado por dentro y por fuera.
Las lágrimas empiezan a nublarme la vista. Puedo ver a ese pequeño Lauti, antes de ser Lauti, solo en una cama de hospital de pueblo, esperando que el mundo dejara de golpearlo.
—No pude apartar la vista —dice Gael, y ahora una lágrima solitaria corre por su mejilla, perdiéndose en su barba de tres días—. Me olvidé de mi pierna, de los puntos, del rugby. Me quedé a su lado toda la noche. Le hablé, aunque él no me respondía. Le dije que yo era un guerrero y que los guerreros cuidaban a los más pequeños. Al amanecer, cuando intentaron llevárselo para iniciar el trámite judicial, el nene me agarró el dedo índice con su manito llena de hematomas. No me soltaba.
Gael suelta la pelota de tenis y se cubre la boca con la mano, tratando de contener un sollozo. Yo ya no trato de contener nada. Las lágrimas caen por mi cara, calientes y amargas. Me indigna la crueldad, me rompe la idea de que alguien pudiera tocar así a un niño.
—Moví cielo y tierra, Kaia. Llamé a los mejores abogados de Buenos Aires. Usé cada centavo que tenía, cada contacto, cada gramo de influencia de mi apellido. No iba a dejar que ese nene volviera a sentir miedo nunca más. El proceso fue un infierno, me cuestionaron por ser soltero, por mi carrera, por todo, aunque intenté dejar al margen el asunto de cualquier nexo de la prensa. Pero después de meses de lucha, me dieron la adopción legal. Le puse mi apellido. Le di una casa. Pero… —su voz se quiebra definitivamente— no supe cómo darle lo que tú le diste desde que empezaste a entrenarlo.
Me levanto del sillón y me arrodillo frente a él, en el suelo. Le tomo las manos, que están heladas y trémulas.
—Gael… lo salvaste —susurro entre lágrimas—. Lo sacaste del infierno.
—¡Pero lo metí en otro! —exclama él con una angustia que me desgarra el alma—. Tenía tanto miedo de que volviera a ser víctima, de que alguien volviera a lastimarlo, que me obsesioné con hacerlo fuerte. Creí que si lo convertía en un Ferraro, en un tipo duro, nadie más podría tocarlo. Le enseñé a no llorar porque las lágrimas me recordaban a ese hospital en Barreal y me daban ganas de matar a alguien. Le exigí perfección para que el mundo lo respetara, pero en el camino, lo único que hice fue volver a asfixiarlo. Me identifiqué con su propia historia, con la mía y la de él, desde el primer momento solo intenté ayudarlo y temo estar haciéndole daño…