Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 35

GAEL

Me despierto de una necesaria siesta con la sensación de que un tambor ha estado montando un show independiente contra las paredes de mi cráneo, pero curiosamente, el peso en mi pecho no es angustia. Es una migraña que no me permite olvidar fácilmente el golpe que tuve hace unos días.

Me quedo quieto un momento, con los ojos cerrados, escuchando los sonidos de mi propia casa. Es extraño. Generalmente, a esta hora, el silencio es tan afilado que podrías cortarte con él. Pero hoy hay ruido. Hay un entrechocar de platos en la cocina, el murmullo de la radio de fondo y, de vez en cuando, la risa cristalina de Lautaro.

Intento incorporarme. Error táctico número uno.

El mundo decide dar un giro de trescientos sesenta grados hacia la izquierda y tengo que agarrarme del borde del colchón para no salir eyectado hacia el vestidor. Caray. Soy el capitán de la selección, he jugado partidos con costillas fisuradas y esguinces de grado tres, no puede ser que un simple movimiento de espalda me deje fuera de combate lo cual convierte en mi preocupación número 1 la continuidad para jugar en primera liga.

Escucho pasos que se acercan. Rápidos, decididos.

—Si intentas hacer una flexión de brazos, juro que te ato a la cama con las vendas que juegas al rugby —la voz de Kaia aparece antes que ella en toda su persona.

Entra en la habitación con una bandeja; afuera ya está atardeciendo. Se la ve…realmente bien en mi cuarto. Demasiado bien.

—Solo estaba… verificando que mi centro de gravedad esté en eje, alineación y balanceo—miento, tratando de poner mi mejor cara de "aquí no pasa nada, yo soy el mismísimo Gael Ferraro".

—Tu centro de gravedad está en jaque, Gael. Quédate quieto.

Se acerca y apoya la bandeja en mis piernas. Un té de hierbas, tostadas con palta y un jugo de naranja que tiene un aspecto sospechosamente natural. Me mira con esos ojos negros que parecen leerme el código de barras del alma. Sabe que me duele. Sabe que estoy fingiendo. Y por alguna razón, hoy no me lo echa en cara con sarcasmo.

—¿Dónde está Lautaro? —pregunto, tratando de enderezar la espalda.

—Abajo, haciendo la tarea, lo fui a buscar del colegio y se quedó un rato Clara mientras tú descansabas, se acaba de marchar ella a su casa. Lauti está esperando que el Gran Guerrero baje a desayunar, así que debes dejar de hacer muecas de dolor y tomar el café.

Tengo que bajar.

No puedo permitir que me vea así, como un juguete roto. He pasado toda la mañana de ayer confesando mis ruinas y hoy necesito recuperar el puesto de mando. No por orgullo (bueno, quizás un poco por orgullo), sino porque necesito que él sienta que su mundo es seguro otra vez. Que su papá es el muro que lo protege.

Hago un esfuerzo sobrehumano. Me ducho con el agua en el borde de tibia y helada para que mis músculos entiendan que hoy se trabaja. Me afeito con una precisión quirúrgica, ignorando el temblor leve de mi mano derecha. Me pongo una remera de algodón limpia y unos pantalones deportivos negros. Me miro al espejo. Pálido, sí. Con cara de haber sido atropellado por un camión de caudales, también. Pero estoy de pie.

Bajo las escaleras escalón por escalón, midiendo cada paso como si estuviera cruzando un campo minado. Cuando llego al living, Lautaro levanta la vista de su cuaderno. Sus ojos se abren como dos platos.

—¡Papá! ¡Estás caminando!

—Claro, campeón. Los Ferraro tenemos los huesos de titanio, ¿no te lo dije? —Le revuelvo el pelo mientras paso a su lado, tratando de que no note que mi brazo pesa diez kilos más de lo normal—. ¿Qué hacías?

—Tarea de lengua y de matemática—dice con orgullo, mostrándome un borrón gris con patas—. Kaia me ayudó a sacar unas cuentas.

Miro a Kaia, que está en la cocina moviéndose con una soltura que me asusta y me fascina. Parece que llevara viviendo aquí años. Silvia, mi niñera de confianza, se fue hace horas con el día libre que le di, y la casa no se ha hundido. Al contrario. Huele a ajo, a albahaca y a algo que no es "combustible para atletas". Huele a comida de verdad. A que alguien está haciendo la cena.

Me dejo caer en el sillón e intento poner la TV para ver el partido, pero eso implicaría distraer a Lautaro de sus tareas así que miro el móvil y…gran error. Mensajes y noticias por doquier. Me dejo absorber por esas habladurías y luego lo dejo a un lado.

Llega la cena. Kaia prepara una polenta cremosa con queso que me hace querer llorar de lo bien que huele. Además, es comida casera de esa que no se come todos los días, al menos no en mi caso, lo cual me sabe a hogar. Me resulta extraño lo que sucede a continuación y es que comemos entre risas y anécdotas de los entrenamientos de Kaia (aparentemente, uno de sus alumnos intentó taclear a un perro el otro día y terminó lamiéndole la cara).

Pero entonces, el reloj marca las nueve.

—Bueno —dice Kaia, levantándose y limpiándose las manos en un repasador—. Mi turno termina aquí. Lauti, a la cama. Mañana vengo temprano.

Siento un vacío repentino en el estómago, y no es por el golpe. Mi cabeza repite la palabra “hogar” pero esta vez se oye lejana…

—¿Te vas? —pregunto, y la palabra sale con más urgencia de la que pretendía.

—Tengo que estudiar, Gael. Mañana rindo un parcial de la maestría y tengo que hablar con mi entrenador de reemplazo.

—Podrías… estudiar aquí y hacer tu reunión por meet—sugiero, tratando de sonar casual—. Tenemos internet de alta velocidad, silencio absoluto y… bueno, yo no voy a moverme mucho del sillón ni ver el juego con el volumen muy alto.

Ella me mira. Por un segundo, creo que va a decir que sí. Por un segundo me siento absurdo, casi rogando por un poco de aprecio.

Veo la duda en sus ojos, una chispa que me dice que ella también siente este imán invisible que nos mantiene en la misma habitación. Pero Kaia es Kaia. Es su propia capitana.

—No, Ferraro. Si me quedo, voy a terminar cuidándote a ti en lugar de leer sobre biomecánica. Mañana nos vemos.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 12.05.2026

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