KAIA
El despertador no tuvo que esforzarse mucho esta mañana, porque apenas he conseguido pegar un ojo.
Anoche, después de dejar a los Ferraro, me costó horrores concentrarme en la biomecánica del tren inferior. Cada vez que leía un párrafo sobre palancas óseas, mi mente me traicionaba y proyectaba la imagen de Gael, despeinado y vulnerable, dándome las gracias en el umbral de su puerta.
Solo he conseguido pensar en una sola cosa desde que dejé la casa, me fui “a estudiar” e intentar centrar mi cabeza en otra parte, pero he estado esperando a llegar a esta casa nuevamente, por todos los cielos, ¡qué me pasa!
Llego a la casa de San Isidro a las nueve en punto. Esta vez no espero a que Silvia me abra; Clara me dio un juego de llaves anoche "por si las moscas". Entro anunciándome y el aroma a café recién hecho me recibe como un abrazo. Pero lo que veo en el living no es precisamente una escena de publicidad de café premium.
Clara está desplomada en el sillón, con el pelo que parece haber sobrevivido a un huracán categoría cinco y unas ojeras que llegan hasta la mandíbula. Su bebé está en el cochecito, haciendo ruiditos de motor averiado, pero por suerte no llora.
—Buen día —susurro, dejando mi bolso en la mesa de entrada—. ¿Dormiste algo?
Clara levanta la vista y me mira como si fuera un espejismo en el desierto.
—¿Dormir? ¿Qué es eso? ¿Se come? —Su voz suena como si hubiera tragado lija—. El pequeño terrorista decidió que la noche era el momento ideal para practicar sus agudos de ópera. Creo que dormí un total de cuarenta y cinco minutos, repartidosen intervalos de siete.
—Pobrecita. Ve a acostarte, Clara. Yo me encargo de todo.
—No sabés cuánto te lo agradezco —dice, poniéndose de pie con la agilidad de una
tortuga con artritis—. Pero Kaia… no voy a poder ir a la Feria del Libro con ustedes. Si intento caminar por La Rural en este estado, me voy a terminar desmayando sobre un stand de diccionarios jurídicos. Vayan ustedes tres. Necesito silencio y una cama que no se mueva.
Siento que el pulso se me acelera. ¿Solo nosotros tres? ¿Gael, Lauti y yo? Eso suena peligrosamente a "salida familiar" y mi corazón, ese traidor que prometí domesticar, empieza a galopar.
—¿Gael está listo? —pregunto, tratando de sonar casual.
—Está en la cocina, tratando de convencer a Lauti de que el chocolate no es un grupo alimenticio básico para el desayuno. Suerte con eso.
Me encamino a la cocina y me detengo en el marco de la puerta. Gael está de espaldas, sirviendo leche. Lleva un jean oscuro y una chomba azul que hace que sus hombros parezcan todavía más anchos de lo que recordaba. Lauti está sentado a la mesa, con el libro del gigante que aprendió a llorar abierto frente a él.
—¡Kaia! —grita el niño en cuanto me ve. Se baja de la silla y corre a abrazarme las piernas.
—Hola, campeón. ¿Preparado para la gran expedición?
Gael se gira. Me mira y, por un segundo, el tiempo se detiene. Ya no tiene esa palidez enfermiza de ayer. Tiene un brillo distinto en los ojos, una mezcla de timidez y determinación.
—Hola, Kaia —dice, y su voz me acaricia la nuca—. Lautaro me contó lo del libro de La Salamanca anoche. Y lo de la manta. Gracias por dejarla a mano.
Siento que me pongo colorada.
—De nada. ¿Cómo está esa cabeza?
—Mucho mejor. El centro de gravedad ha vuelto a su puesto de mando —bromea, y por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa es completa, sin sombras.
El viaje hasta Palermo es una mezcla de canciones infantiles que Lauti exige en la radio y anécdotas de Gael sobre sus viajes con la selección. Me sorprende lo
mucho que ha cambiado la atmósfera entre nosotros. Ya no hay trincheras. Ya no hay indirectas venenosas. Hay una complicidad que se siente tan natural que asusta.
Cuando llegamos a La Rural, el movimiento es frenético: la decisión de abrir la Feria desde las 10 y no desde las 14 me parece un golazo. Es uno de los últimos días de la Feria del Libro y parece que toda la Ciudad de Buenos Aires ha decidido converger en el mismo punto. Estacionamos y, en cuanto bajamos, la realidad de quién es el hombre que camina a mi lado nos golpea de frente.
Gael intenta pasar desapercibido con una gorra y anteojos de sol, pero es como intentar esconder un elefante en un jardín de infantes. Su porte, su altura y esa forma de caminar de quien está acostumbrado a liderar lo delatan a la legua.
—¡Miraaaa! ¡Es Ferraro! —grita un adolescente que pasa con su grupo de amigos que llevan uniforme de colegio. Claro, vienen de una salida escolar y aquí está su ídolo.
En cinco minutos, el "plan camuflaje" fracasa estrepitosamente. La gente empieza a rodearnos. Pero no es el acoso molesto de los fans que buscan un autógrafo por vanidad. Es algo más profundo.
—¡Fuerza, Capi! ¡Qué alegría verte bien! —le grita un hombre mayor, dándole una palmadita en el brazo.
—Gracias por todo lo que hacas por la camiseta, Gael. Rezamos mucho por vos —le dice una mujer, emocionada.
Gael se detiene. Se saca la gorra, se quita los anteojos y, con una paciencia y una humildad que me dejan sin palabras, empieza a saludar a todos. Les da la mano, se saca fotos, les agradece las palabras de aliento. No es el Ogro del club; es un hombre que entiende que su caída en la cancha dolió a miles de personas y que su recuperación es, de alguna manera, una victoria compartida.
Miro a Lauti. El nene está pegado a mi pierna, observando la escena con los ojos como platos. No está asustado como creí que llegaría a verlo ante esta situación. Está… fascinado. Ve a su papá rodeado de gente que lo trata como a un héroe nacional, pero un héroe de los de verdad, de los que se caen y se levantan.
—Mi papá es muy importante, ¿no, Kaia? —me susurra, agarrándome la mano.
—Es el más grande, Lauti —le respondo, y lo digo sintiéndolo hasta la médula.
Logramos entrar al pabellón principal después de lo que parecen cien fotos. El olor a papel nuevo, café y multitud nos envuelve. Lauti corre hacia el sector infantil, maravillado por los colores y los castillos de cartón. Gael camina a mi lado, un poco más lento de lo habitual, pero con la cabeza alta.