LAUTI
Hoy la mochila me pesa tanto que siento que me voy a ir para atrás como una tortuga que se cae de caparazón. Pero no me importa. Cada vez que doy un paso y escucho el ruidito de los libros golpeándose adentro, me pongo contento. Son los libros de la Feria. Los que compramos con papá y Kaia. Ayer fue el mejor día de mi vida porque papá me llevaba de una mano y Kaia de la otra, y nadie estaba enojado.
Camino por el pasillo del colegio con la espalda bien derecha, aunque me cuesta. En el recreo, me siento en un banquito y abro mi mochila para mirar mis tesoros. Saco el de El Lobizón. Me gusta la tapa porque tiene un dibujo de un lobo que no da miedo, se ve más bien como un perro que necesita que lo peinen un poco.
—¡Wao! ¡Tenés ese libro! —dice una voz de nena.
Levanto la vista. Es una nenita de mi grado que se llama Mía. Tiene dos colitas con moños rosas y siempre tiene las rodillas con curitas porque dice que le gusta trepar árboles.
—Sí, lo compramos ayer —le digo, mostrándole los dibujos.
Mía se sienta al lado mío, bien cerquita.
—A mí me encanta el Lobizón. Mi mamá me lo leía todas las noches antes de dormir, ahora que se separó de papá, leo con ella y con papá vemos Tik Tok—me cuenta, tocando con el dedo el dibujo del lobo—. Dice que los lobizones son personas que se transforman, pero que en el fondo son buenos, solo que les pica mucho el cuerpo cuando hay luna llena.
Me río. No sabía eso.
—A mi papá también le gustó —miento un poquito, porque papá no lo leyó todo, pero estuvo ahí cuando lo elegí—. Es un libro de los de antes, me dijo Kaia.
—Kaia es un nombre lindo, ¿por qué no le dices “mamá”? ¿O es la novia de tu papá? —dice Mía más rápido de lo que puedo responder—. Mi mamá se llama Sandra.
—Es mi…entrenadora.
—Mi tía se llama como tu entrenadora. ¿Quieres que mañana traiga el mío de Bad Boys y nos los prestamos?
Asiento muy rápido. Siento una cosa calentita en la panza. Ahora tengo dos amigos: Facu y Mía. Kaia tenía razón, los libros son como puentes. No hace falta chocar a nadie para que quieran estar contigo.
A la salida del colegio, Silvia me está esperando con el auto. Lucas no vino esta vez, lo cual es bueno porque Silvia no está tan distraída. Me sube al auto, me pregunta cómo me fue y me dice que tenemos que apurarnos porque hoy es día de entrenamiento en el HyG.
Cuando llegamos a casa, todo es muy rápido. Silvia me ayuda a sacarme el uniforme, me manda a la ducha —me lavo bien detrás de las orejas como dice Kaia— y me pone la ropa del club. Las medias de rugby siempre me cuestan un montón porque son muy largas y se me traban en los talones.
Bajo la escalera corriendo y me detengo en la puerta del living. Hay un señor que no conozco. Tiene una remera que dice "Kinesio" y le está moviendo el cuello a papá. Papá está acostado en una camilla, con la cara toda roja del esfuerzo. El señor le dobla el cuello a un lado , a otro y papá aprieta los dientes, pero no grita. Se nota que le duele mucho.
—¡Lauti! —dice papá cuando me ve. Intenta sonreír, pero le sale una mueca rara—. ¿Ya estás listo para ir al club?
—Sí, pá. ¿Te duele mucho?
—No es nada, campeón. Solo estamos aceitando la máquina para volver a la cancha—dice él. Pero yo veo que tiene las manos apretadas en el borde del sillón.
De repente, suena el timbre. Silvia abre la puerta y yo pego un salto de alegría.
—¡Buenas, buenas! ¿Hay algún jugador de élite que necesite un transporte privado?
¡Es Kaia! Viene con su campera inflable y su silbato colgado del cuello, aunque hoy no tiene que entrenar ella. Viene a buscarme a mí.
—Permiso, Ferraro —dice Kaia, entrando al living—. Vine a buscar al heredero para que puedas terminar tu tortura con el fisioterapeuta.
Papá la mira de una forma rara. No es la mirada de antes, la de enojado. Es una mirada... suave. Como si se sintiera aliviado de verla.
—Gracias, Kaia. Pórtate bien, Lautaro. Haz caso en todo.
—Sí, pá.
Kaia me agarra el bolso y salimos. Su auto huele a menta y a perfume de flores. Me subo adelante porque ella me deja y me pongo el cinturón.
—¿Cómo estuvo el cole, "Lobizón"? —me pregunta mientras arranca el auto.
—¡Bien! Hice una amiga. Se llama Mía. Le gustan los libros —le cuento con mucha emoción—. Y Kaia... ¿sabes qué? Le conté a papá de la película que vimos ayer. La del Reino del Revés. Al final no es para nenas, porque los caballeros también pueden cantar, ¿no?
—Claro que sí, Lauti. Cantar es para la gente que tiene el alma contenta. ¿Y qué te dijo tu papá?
—Me dijo que la música de María Elena Walsh es un "clásico nacional" —digo, tratando de imitar la voz gruesa de papá—. Y se quedó dormido conmigo en el sillón. Fue genial. La chica que canta tiene un vestido de muchos colores y hay un pato que usa zapatos. ¡Es muy divertido!
Le empiezo a cantar la canción del Brujito de Gulubú mientras vamos por la avenida. Kaia se ríe y me sigue el ritmo golpeando el volante con los dedos. Me siento invencible. Siento que el mundo es de colores y que nada malo puede pasar.
Pero entonces, llegamos al HyG.
El portón gigante se abre y el olor a pasto cortado y a vestuario me pega en la cara. Kaia estaciona y me ayuda a bajar el bolso. Me acompaña hasta la entrada de la cancha de los M9.
—¡Ferraro! ¡Tarde otra vez! —grita el entrenador.
Kaia me da un beso en la frente y me hace una seña de "suerte". Yo entro corriendo a la cancha. Ahí está Facu, que me saluda con la mano, pero también está Benjamín. Benjamín siempre tiene los botines más limpios de todos y la cara de que se olió algo feo.
Nos ponemos en la fila para hacer pases.
—¿Por qué vienes con esa entrenadora del club pobre? —me susurra Benjamín cuando
el entrenador se da vuelta—. Mi papá dice que es una "buscona" que quiere la plata de tu viejo.
—No es cierto —le digo, sintiendo que me pongo colorado—. Ella es mi amiga.