KAIA
El silencio que deja el fisioterapeuta al irse es casi tan pesado como el que había antes de que empezara la sesión. Se llama Diego, y ha salido de la casa con el maletín al hombro y una expresión que mezcla la admiración profesional con el cansancio de haber lidiado con el paciente más testarudo de la Historia de la Kinesiología.
Gael es un mal herido; no sabe recibir órdenes, no sabe estarse quieto y, sobre todo, no sabe aceptar que su cuerpo tiene límites que no se pueden ignorar con un gruñido o un gesto de mando.
Estoy en el living, recién hice la cena y debería ponerme a leer para el parcial de la maestría, sin embargo aquí ando, terminando de acomodar unos libros que Lauti dejó fuera de lugar. La luz de la tarde empieza a declinar, tiñendo las paredes grises de un naranja mortecino. Me ajusto la campera del club y busco las llaves en mi bolso.
Mi plan es sencillo, o eso intento decirme: busco a Lauti en el entrenamiento del HyG, lo traigo a casa, me aseguro de que Gael no haya intentado hacer una vertical sobre la mesa del comedor y me vuelvo a mi departamento a intentar recuperar algo de mi vida académica.
—¡Ferraro! —grito hacia la planta alta, tratando de que mi voz suene lo más profesional y distante posible—. Me voy a buscar a Lauti. Diego dijo que te quedaras quieto. Ni se te ocurra bajar a la cocina a inventar nada. Después de traer al nene, me retiro. Tengo bibliografía de biomecánica que me está llamando a gritos.
No recibo respuesta. Solo el rumor del agua de la ducha que se detiene de golpe.
—¿Gael? —insisto, frunciendo el ceño.
Me quedo quieta, con la oreja pegada al pie de la escalera. Debería escuchar sus pasos, el ruido de la puerta del vestidor, quizás alguna queja sobre el agua tibia. Pero lo que escucho es un golpe. Un ruido seco, sordo, como si un objeto pesado hubiera impactado contra los azulejos.
—¿Gael? —esta vez mi voz sube dos octavas y el pánico me pincha la garganta.
No lo pienso. Subo las escaleras de a tres escalones, con el corazón martilleando en mis oídos. El instinto de entrenadora y algo mucho más primario me empujan hacia su habitación. La puerta del cuarto principal está abierta; la del baño, entornada. Una nube de vapor sale de allí, cargada con ese olor a jabón y hombre que ya se me ha (repentinamente) quedado pegado en la memoria sensorial.
—¡Gael! —entro sin pedir permiso.
Lo encuentro apoyado contra el mármol de la mesada, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Está pálido, con unas gotas de sudor frío mezclándose con el agua de la ducha que todavía le corre por los hombros. Está solo con una toalla blanca anudada a la cintura, peligrosamente baja, y el resto... el resto es un mensaje brutal de por qué este hombre es el capitán de una selección nacional.
Me quedo paralizada un segundo, y juro que mi cerebro olvida por completo cómo se procesa el oxígeno. Verlo así es una maravilla que no debería estar permitida para la salud cardíaca de nadie. Sus hombros son un mapa de músculos definidos, anchos como una muralla; el pecho, con rastros de vello oscuro que sigue el camino del agua hacia abajo; el abdomen, marcado con una precisión que parece tallada a cincel. Es una máquina perfecta de fuerza y potencia, pero en este momento, esa máquina está fallando.
—Me mareé —murmura, con la voz rota. Intenta dar un paso y sus piernas, esas columnas de mármol, tiemblan de una forma que me da terror—. La presión... se me fue todo a negro, Kaia.
—¡Pero serás bobo! —exclamo, moviéndome rápido para ponerme bajo su brazo izquierdo—. Diego te dijo que no hicieras esfuerzos. Ducharse con el agua hirviendo después de una sesión de kinesiología es como pedirle al cerebro que se apague, Gael.
Le paso el brazo por la cintura. Mi mano queda apoyada directamente sobre su piel caliente y húmeda. Siento la vibración de sus músculos y el peso de su cuerpo sobre el mío. Es inmenso. Me siento minúscula a su lado, pero la adrenalina me da una fuerza que no sabía que tenía.
—Apóyate en mí. Vamos, despacio —le ordeno, pegando mi cuerpo al suyo para servirle de muleta.
Caminamos (o más bien, nos arrastramos) hacia la cama. Cada paso es una tortura de sensaciones. Siento su cadera contra la mía y el roce de su torso desnudo contra mi hombro… Dios, además, el aroma a limpio que emana de su piel… Todo esto equivale a una tortura china.
Llegamos al borde de la cama inmensa. Lo ayudo a sentarse y él se deja caer con un suspiro pesado, bajando la cabeza entre las manos. Me quedo de pie frente a él, tratando de recuperar el aliento y de no mirar demasiado hacia abajo, donde la toalla parece ser lo único que separa mi cordura del abismo.
—Toma aire —le digo, poniéndole una mano en la nuca, buscando ese punto donde el pelo corto todavía está empapado—. No te acuestes de golpe, deja que la sangre vuelva a su lugar.
—Perdón —dice, levantando la vista. Sus ojos están desenfocados, oscuros, llenos de una vulnerabilidad que me desarma más que cualquier tacle—. Soy un desastre, Kaia. No puedo ni salir de la ducha sin hacer un papelón.
—No eres un desastre, eres un herido que no sabe ser paciente —le corrijo, suavizando el tono sin querer—. Estás acostumbrado a que tu cuerpo te obedezca siempre, y ahora él te está pidiendo un tiempo muerto. Tienes que escucharlo.
Me siento a su lado en el borde de la cama para sostenerlo si vuelve a balancearse. El silencio de la habitación se vuelve denso, cargado de una electricidad estática que hace que el vello de mis brazos se erice. Él no me suelta la mirada. Sus dedos, largos y fuertes, buscan mi mano sobre el edredón y la aprietan.
—Gracias —susurra.
No es el "gracias" de compromiso de ayer. Es otra cosa. Bah, yo lo siento más íntimo, como una confesión.
El tiempo parece suspenderse en un santiamén. Puedo oír su corazón recuperando el ritmo, o quizás es el mío el que está haciendo tanto ruido.