KAIA
Manejo hacia el HyG con una mano en el volante y la otra, de forma casi involuntaria, rozando mis propios labios. Me arden. Me palpitan. Siento que llevo marcada la electricidad de Gael en la piel, como si ese beso hubiera sido un sello de propiedad que ahora me quema bajo la luz de la tarde. Mi cerebro, ese que debería estar repasando los conceptos de palancas óseas para el parcial de mañana, está atrapado en un bucle infinito: el vapor del baño, la toalla blanca, el peso de su cuerpo contra el mío y esa urgencia desesperada que nos hizo colisionar.
—Concéntrate, Kaia —me ordeno en voz alta, golpeando el volante—. Lauti. El objetivo es Lauti.
Llego al club derrapando. Estaciono en cualquier lugar, ignorando las miradas reprobatorias de los socios que bajan de sus camionetas último modelo. Mi pelo es un desastre, tengo las mejillas encendidas y estoy segura de que mi mirada delata que acabo de salir de una zona de combate emocional. Corro hacia la cancha de los M9, esperando ver a un Lautaro ansioso, quizás un poco asustado por mi demora, listo para saltar sobre mí y contarme algún nuevo descubrimiento sobre sus libros.
Pero lo que encuentro me frena en seco.
El entrenamiento ya terminó. Los chicos están agrupados cerca de los bancos, guardando sus cosas. Diviso a Lauti. Está de espaldas, con el bolso colgando de un hombro, hablando con Facundo. Me acerco trotando, con una sonrisa de disculpa ya ensayada.
—¡Lauti! Perdóname, mi amor, me demoré con un trámite en casa y...
Me detengo a dos pasos de él. Lautaro no se gira con alegría. No corre. Lentamente, se da la vuelta y me mira. Sus ojos, que ayer eran dos faros de colores después de ver el musical, ahora están apagados, cubiertos por una pátina de hielo que reconozco demasiado bien. Es la mirada de Gael antes del accidente. Es la mirada del muro.
—Hola, entrenadora Kaia—dice. Su voz es plana, desprovista de cualquier matiz de cariño.
¿Entrenadora? El golpe me llega directo al esternón. No entiendo a qué está jugando, ni siquiera cuando de verdad era yo su entrenadora me trataba con esta seriedad.
—¿Lauti? ¿Qué pasa? —Intento acercarme para ponerle una mano en el hombro, pero él hace un movimiento sutil, casi imperceptible, y retrocede. Se esquiva.
A pocos metros, Benjamín y otros dos nenes nos observan. Benjamín tiene una sonrisa ladeada, una de esas expresiones de suficiencia que solo tienen los que saben que han ganado una batalla cruel. Susurra algo al oído del chico que tiene al lado y ambos sueltan una risita ahogada.
—Nada —responde Lauti, mirando sus botines embarrados—. ¿Nos vamos? Papá me espera.
Miro a Facundo buscando una explicación. Facu me devuelve una mirada de disculpa, una advertencia silenciosa en sus ojos de pecas. Mueve la cabeza apenas, como diciendo "ahora no". Entiendo el mensaje: algo raro ha pasado en esta hora y media, y mi llegada tarde solo ha empeorado las cosas.
—Sí, claro. Vamos —digo, tratando de tragarme el nudo que se me ha formado en la garganta.
Caminamos hacia el auto en un silencio que me lacera. Lauti camina dos pasos por delante de mí, con la espalda rígida, los hombros hacia arriba, imitando esa postura de "hombre de piedra" que su padre tanto le inculcó. Ya no es el nene que cantaba la canción del Brujito en mi auto hace un rato. Es un soldado regresando de una guerra que no debería estar peleando.
Subimos al auto. Arranco y pongo la radio, esperando que la música rompa este hielo insoportable.
—¿Cómo estuvo la práctica? —pregunto, forzando un tono ligero—. ¿Hiciste algún pase de esos que estuvimos practicando?
—Bien. Jugamos —responde él, mirando fijamente por la ventana derecha.
—Lauti, te compré el libro que te prometí, el de los dragones que...
—No quiero más libros, Kaia —me interrumpe. No grita. Lo dice con una frialdad que me da escalofríos—. Son aburridos. Prefiero los autos de colección de papá.
El silencio que sigue es tan denso que parece que el auto se hubiera quedado sin oxígeno. Me duele. Me duele como si me hubieran dado un tacle por la espalda. Sé lo que está pasando; lo huelo en el ambiente. El "Reino del Revés" ha sido invadido por la realidad brutal del HyG y Lauti ha decidido que la única forma de sobrevivir es volver a ser un Ferraro de mármol.
Llegamos a la casa. Lauti baja del auto antes de que yo apague el motor. Entra sin esperarme. Lo sigo con el corazón en la mano.
Gael está en el living, tal como prometió. Se ha puesto una remera negra y está sentado en el sillón con una computadora sobre las piernas, aunque se nota que no está trabajando. Sus ojos se iluminan cuando entro, y por un segundo, la química del beso vuelve a chisporrotear entre nosotros. Me mira con una intensidad que me pide que me acerque, que termine de desordenarle la vida.
Pero Lauti pasa por su lado sin decir más que un "Hola, pá" y sube las escaleras corriendo.
Gael frunce el ceño. Mira hacia arriba y luego me mira a mí. Su sonrisa de medio lado desaparece al ver mi cara.
—¿Qué pasó? —pregunta, cerrando la computadora.
Me quedo parada en medio del living, sintiéndome como una extraña en una casa que hace dos horas sentía casi propia. La imagen de Gael en la cama, el sabor de sus labios, la calidez de su tacto... todo se siente ahora como una traición hacia ese nene que acaba de subir las escaleras huyendo de su propia sensibilidad.
—No lo sé —digo, y mi voz suena quebrada—. Pero no es el mismo nene que llevé hace dos horas, Gael.
Me acerco a la mesa, agarro mi bolso y evito mirar a Gael a los ojos. Si lo miro, me voy a quedar. Si lo miro, voy a terminar en sus brazos otra vez, y ahora mismo siento que mi piel es un campo de minas.
—Me voy —anuncio—. Tengo que estudiar. De verdad. El parcial está cerca y me queda un montón por terminar.
—Kaia, espera —Gael se levanta, ignorando el leve balanceo que todavía le produce el mareo—. ¿Es por lo que pasó en el baño? Si te asusté, o si fui demasiado rápido...