GAEL
El silencio ha vuelto a mi casa, pero no es el silencio de paz que sentí anoche mientras dormía con Lautaro en el sillón. Es un silencio espeso, cortante, de esos que se te meten en los oídos y te hacen sospechar que algo se está despedazando por dentro sin hacer un ruido que sea audible.
Miro a mi hijo desde el otro extremo del living. Está sentado en la mesa del comedor, encorvado sobre su cuaderno de matemáticas. Sus dedos aprietan el lápiz con tanta fuerza que los nudillos se le ven blancos. No se ha movido en media hora, más que para pasar la hoja con una brusquedad mecánica. No hay música de fondo. No hay preguntas de su parte sobre el gigante que aprendió a llorar. No hay rastro del niño que me abrazó las piernas en la casa de Facundo ni el que hasta hace dos días se emocionaba paseando por la Feria del Libro.
Es una estatua de ocho años. Una piedra que yo mismo ayudé a tallar y que ahora no sé cómo volver a convertir en carne.
Y me siento tan…indignado y furioso de no saber qué le quitó la alegría a mi Lautaro.
Kaia notó que algo pasaba y me advirtió, ella estuvo ahí primero que yo.
—Che, Lauti—digo, tratando de que mi voz suene casual, aunque me cuesta encontrar el tono—. ¿Mucha tarea hoy?
Él no levanta la vista. El lápiz sigue raspando el papel con un ritmo monótono.
—Sí. Sumas y restas—responde. Su voz es un desierto. Plana. Árida.
—Si quieres, cuando termines, podemos mirar un poco más de la película de ayer. No llegamos a ver el final de la canción de la vaca.
El lápiz se detiene. Por un segundo, creo que lo he alcanzado. Pero Lautaro simplemente cierra el cuaderno con un golpe seco.
—No. Es aburrida —dice, y esta vez sí me mira. Sus ojos son dos cristales oscuros, impenetrables—. Prefiero jugar un rato afuera.
Se levanta, agarra su pelota de rugby (la de cuero profesional, no la de goma que le gusta a Kaia) y sale al jardín. Lo observo a través del ventanal. Se para frente a la pared de ladrillos y empieza a patear.
Pum. Pum. Pum.
No hay juego realista en eso. No hay risas. No hay un “imagina que el arco es un castillo". Es repetición. Es técnica. Es el autómata que yo quería construir. Se mueve con una precisión que me debería enorgullecer, pero lo que siento es un frío que me recorre la espalda. Está pateando para demostrar algo. Está pateando para enterrar al niño que le gusta el musical. Está pateando para que yo, el Capitán, lo vea "fuerte". Me siento el hombre más estúpido del mundo. He pasado años entrenándolo para que no sienta, y ahora que finalmente probé lo que es la calidez gracias a Kaia, mi hijo ha decidido que mi antiguo manual es el único camino seguro. El beso de esta tarde, ese momento en el que sentí que mis cenizas volvían a encenderse, ahora me parece un pecado egoísta. Mientras yo me perdía en los labios de Kaia, mi hijo estaba siendo devorado por el HyG.
¿Qué le he hecho?