GAEL
Paso la noche en vela, mirando el techo. El mareo ha cedido, pero la confusión es total. ¿Cómo hablo con él? ¿Cómo le digo que el musical está bien, que los libros están bien, cuando yo mismo le dije hace una semana que eso era para nenas? No tengo autoridad moral. Solo tengo este uniforme de héroe que me queda cada vez más grande.
A la mañana siguiente, la rutina se siente como una marcha militar.
Silvia llega temprano, puntual como siempre. Prepara el desayuno en silencio. Lautaro baja ya vestido con el uniforme del colegio, impecable, sin un solo mechón de pelo fuera de lugar. Desayuna sin mirar el celular, sin hablar, masticando con una lentitud reglamentaria.
—Lauti, apúrate que se nos hace tarde —dice Silvia, agarrando las llaves del auto.
Me acerco a ellos en la puerta del garaje. Me siento mejor físicamente, pero el peso en mi pecho es una tonelada.
—Lautaro—digo, apoyándome en el marco de la puerta—. Hoy a la tarde Kaia te va a buscar al colegio para llevarte al entrenamiento. Yo tengo que ir al club a una revisión médica con el Toro y el kinesiólogo.
Lautaro, que estaba a punto de subir al auto, se detiene en seco. No se gira del todo, pero veo cómo sus hombros se tensan de golpe.
—No —dice.
Es una palabra corta. Un "no" que suena muy seco para venir de alguien como él.
—¿Cómo que no? —pregunto, desconcertado—. Quedamos así con ella. Además, a ti te gusta ir con Kaia, escuchan música y...
—No quiero que me lleve ella —me interrumpe, y esta vez se gira para mirarme. Hay una dureza en su expresión que me asusta porque es un espejo exacto de la mía—. Quiero que me lleve Silvia. O Lucas. O nadie, puedo ir en colectivo como otros niños.
—Lautaro, no seas caprichoso. Kaia se está tomando el trabajo de ayudarnos ahora que lo necesitamos...
—¡Dije que no!—su voz sube un tono, cargada de una angustia contenida que me corta el aliento—. No quiero verla. No quiero ir en su auto. No quiero que me traiga más libros. Papá, dile que no venga.
Silvia me mira, incómoda, sin saber qué hacer con las llaves en la mano. Yo me quedo mudo. El rechazo es tan violento, tan definitivo, que me deja sin respuesta. ¿Cómo fue que además se puso como un niño revoltoso, caprichoso y maleducado?
—Está bien —accedo, levantando las manos en señal de tregua—. Está bien, Lautaro. Silvia te va a buscar. No te preocupes.
Él no dice "gracias". No me mira tampoco. Se sube al auto y cierra la puerta con un golpe que resuena en todo el garaje. Silvia arranca el motor y se van, dejándome ahí parado, en medio de mi casa perfecta y vacía, con el sabor amargo de la derrota más grande de mi vida.
Entro a la cocina y busco el teléfono. Mis manos tiemblan. ¿Cómo le digo esto a Kaia? ¿Cómo le explico que el niño que ella rescató ha decidido que ella es el enemigo?
Le marco. Ella atiende enseguida, su voz suena agitada, seguramente está saliendo de rendir su parcial.
—¿Gael? ¿Cómo está todo? ¿Cómo está Lauti? —pregunta ella, y su tono de preocupación me hace sentir que el beso de ayer fue una promesa que no sé si puedo cumplir.
—Kaia... —trago saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta me asfixia—. No vengas hoy al colegio.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Pasó algo? ¿Te sientes mal? —su voz sube de volumen, el pánico aflora enseguida.
—Yo estoy bien —digo, y me duele cada palabra—. Es Lautaro. Se negó. Dijo que no quiere que lo busques. Que quiere ir con Silvia.
El silencio del otro lado de la línea es como un abismo. Puedo imaginarme su cara, el dolor cruzando sus ojos negros, la sensación de ser rechazada por la criatura que más ha intentado proteger.
—¿Por qué? —susurra ella. Suena al borde del quiebre.
—No lo sé, Kaia. Pero ha vuelto a ser una piedra. Ha vuelto a ser el nene que no siente nada o que intenta mostrar eso, me recuerda al chico que encontré cuando lo vi golpeado y solo en el hospital de San Juan. Y me parece... —hago una pausa, cerrando los ojos con fuerza— me parece que cree que tú eres la culpable de lo que sea que le esté pasando ahora mismo.
—Gael, no dejes que haga esto, déjame ir y hablar con él... —empieza ella, pero su voz se apaga en un sollozo contenido.
—No sé cómo evitarlo, Kaia. Si lo obligo, me va a odiar más. Solo... dame tiempo. Hoy no vengas. Por favor.
Cuelgo el teléfono antes de que ella pueda decir nada más. Me apoyo contra la mesada y bajo la cabeza. Me siento un cobarde.
Miro hacia el jardín. La pelota de rugby sigue ahí, tirada en el césped y me siento además responsable porque nada de esto hubiera sucedido si no lo hubiese cambiado de club en su momento.
—Perdón, Kaia —susurro al aire—. Perdón por no saber cómo salvarlo de mí mismo.