LAUTI
El mundo de un niño es más fácil cuando te gusta jugar a la pelota, cuando te parece divertido decirle cosas feas a otros niños y cuando te toca ser el que se burla y no ser el niño del que otros se burlan. Eso es lo que trato de decirme mientras estoy sentado en el suelo de mi cuarto, apretando con los dedos las costuras de mi pelota de rugby. Si aprieto fuerte, las uñas me duelen, y ese dolor es mejor que el otro, el que tengo en el medio del pecho, a lo mejor es lo que dicen todos, que debo “hacerme fuerte”. Benjamín tiene razón. Mi papá tiene razón. Ser una piedra es lo único que sirve para que no se burlen de ti en el vestuario.
Ayer, cuando le dije a mi papá que no quería que Kaia me buscara, sentí que una parte de mí se hacía chiquita y oscura, pero otra parte se sentía segura. Como si hubiera cerrado la puerta con llave para que nadie más viera lo que no tiene que ver, los colores de mí que no deben mostrarse. Porque los colores son peligrosos. Los colores te hacen ser el nene que ve musicales y al que los chicos grandes le dicen "bailarina".
Escucho el timbre abajo.
Mi corazón da un saltito, pero yo lo aplasto. Piedra, Lauti. Sé una piedra.
Escucho su voz. Es Kaia. Suena alegre, como si no hubiera pasado nada de nada. Escucho que suben las escaleras. Mi papá viene con ella.
—¡Lautaro! Mira quién vino a saludarte—dice mi papá desde la puerta.
Me levanto despacio. Me pongo las manos en los bolsillos y trato de poner la cara que pone papá cuando está por empezar un partido: la mandíbula apretada, los ojos chiquitos, nada de sonrisas, “concentrado” le dice.
Kaia entra al cuarto. Trae una energía que me molesta. Huele a ese perfume de flores que antes me gustaba, pero que ahora me recuerda que por su culpa soy un "blandengue". Tiene una sonrisa gigante y en la mano trae un sobre de colores y un paquete envuelto en papel brillante.
—¡Hola, Lautaro!—dice ella, y se nota que está haciendo un esfuerzo para que no se le note que está nerviosa—. Sé que ayer fue un día difícil, pero hoy traje algo mágico.
Se acerca y se sienta en el borde de mi cama. Yo me quedo parado cerca de la ventana, lo más lejos que puedo.
—Mira—dice ella, abriendo el sobre—. Tengo tres entradas para ir al cine mañana. Pero no a cualquier cine. Es una función especial, con orquesta en vivo, para ver la película de La Salamanca, hasta que la vuelvan a hacer en el teatro, se va a hacer en el cine. ¡Va a ser increíble! ¡Pura magia, Lauti!
Yo miro las entradas. Son brillantes. Tienen dibujos de nubes y estrellas. Hace tres días, me hubiera dado mucha alegría. Le hubiera dado un abrazo tan fuerte que casi no podría respirar. Pero ahora, lo único que veo es a Benjamín riéndose en el entrenamiento. Lo único que escucho es "el hijo del Capitán ve cosas de nenas".
—No quiero ir —digo.
Mi voz sale seca, fea, como una rama que se quiebra. Me siento mal, pero ella tiene que saber que esto ya no me gusta. O que no me tiene que gustar.
Kaia parpadea, sorprendida. Su sonrisa tiembla un poquito, pero no se rinde. Es testaruda, igual que papá.
—Bueno, capaz el cine no te dan ganas hoy —dice, tratando de que su voz siga siendo dulce—. Pero mira esto. Lo busqué por todas las librerías porque sabía que te iba a encantar.
Me extiende el paquete. Es un libro. Se nota por la forma. Lo rompo un poco por un costado y veo el título: "La Luz Mala: adaptación para chicos". Es un libro con dibujos grandes, páginas que salen y forman figuras grandes como recortadas, es muy bueno, jamás vi algo así.
Algo en mi cabeza explota al encontrarse con el pensamiento de que está MAL… ESTÁ MAL.
—¡Es horrible! —grito.
Tiro el libro sobre la cama y las hojas con formas se rompen. Kaia se queda en shock, con las manos vacías en el aire.
—¡Es un libro para nenas! —sigo gritando, y siento que la rabia me sale por todas partes—. ¡Igual que el musical! ¡Igual que todo lo que traes! ¡Por tu culpa se burlan de mí! ¡Por tu culpa dicen que soy un rarito!
—Lauti, no digas eso... —susurra Kaia. Su cara se pone blanca, como si le hubiera pegado, no le he pegué a ella, yo le pegué al libro feo ese de nenas que me trajo.
—¡Vete! —le digo, y mis ojos se llenan de unas lágrimas que odio, que me hacen sentir más débil todavía—. ¡No quiero tus libros! ¡No quiero ir al cine contigo! ¡Quiero que me dejes en paz y que me dejes ser un Ferraro de verdad! ¡Eres una buscona, eso es lo que eres!
Esa palabra. La palabra que dijo Benjamín en algún momento que la vio a Kaia y a papá. No sé bien qué significa, pero sé que duele y quizá él mismo la escuchó de sus papás o de otros niños.
El silencio que viene después es el más feo de todos. Mi papá, que estaba apoyado en el marco de la puerta, entra al cuarto con un paso pesado. Su cara ya no es la de "papá dulce" que me cuidó en el hospital. Es la cara del Capitán.
Está enojado, pero de una forma que da miedo porque está muy quieto.
—Lautaro —dice él, y su voz es un trueno bajo—. Pide disculpas ahora mismo.
Yo miro a mi papá. Tiene los puños apretados. Mira a Kaia, que tiene los ojos llenos de lágrimas que no quiere dejar caer. Ella se abraza a sí misma, como si tuviera frío de repente.
—¡No! —grito, y me sube un calor por el cuello que me quema—. ¡No voy a pedir perdón! ¡Ella arruina todo!
—Dije que pidas disculpas, Lautaro Ferraro —insiste papá, dando un paso hacia mí—. No voy a permitir que le hables así a Kaia. No después de todo lo que ella hizo por nosotros. Mírala a los ojos y pídele perdón.
Miro a Kaia. Ella me mira con una tristeza tan profunda que me dan ganas de morirme, pero mi orgullo de piedra es más fuerte. Veo que se le ha caído un mechón de la trenza. Veo que las entradas del cine están tiradas en el suelo, como basura.
Si le pido perdón, ella va a ganar. Si le pido perdón, voy a volver a ser el nene de los musicales. Y Benjamín va a ganar.