KAIA
Me quedo de pie en medio del cuarto de Lauti, rodeada de trofeos de rugby y de un silencio que me está triturando los nervios. El libro que le traje de regalo yace boca abajo en la alfombra gris, con las hojas un poco dobladas. Las entradas para el musical de globos están esparcidas por el suelo como confeti después de una fiesta triste.
Siento que me falta el aire… Esto no es asma, es angustia pura, destilada.
Gael está frente a mí. Veo su pecho subir y bajar, agitado por la bronca y el desconcierto. Se pasa una mano por la cara, la misma mano que ayer me acariciaba el pelo en el auto.
—Kaia... —empieza a decir, y su voz está cargada de una vergüenza que no debería ser suya—. Yo... no sé qué decirte. No sé qué le pasa. Te juro que voy a hablar con él, lo voy a obligar a que...
—No lo obligues, Gael —le corto. Mi voz suena extraña, como si viniera de muy lejos.
Me agacho y empiezo a juntar las entradas del suelo con los dedos temblorosos.
No quiero que me vea llorar. No quiero que este momento se vuelva más patético de lo que ya es.
—Algo pasó en ese club, Gael —digo, tratando de mantener la compostura—. No es capricho, sé cómo son los grupos de algunos entrenadores y creo que Lauti está afectado. Es supervivencia. El niño que yo conocí ha decidido que para que tú lo quieras, tiene que odiarme a mí y a todo lo que yo represento.
—¡Eso no es cierto! —exclama Gael, acercándose un paso—. ¡Él sabe que yo lo quiero! ¡Y sabe que tú...!
—Él sabe lo que ve, Gael. —Me levanto y lo miro a los ojos. Mi mirada debe de estar rota, porque él retrocede un poco—. Él ve que tú eres el héroe, el Capitán, el hombre que no siente. Y ve que yo soy la que le trae libros de nenes que no quieren pelear. Ha elegido bando. Y el bando es el tuyo, el de antes. El del hielo.
Me siento una intrusa. De repente, las paredes de esta casa vuelven a gritarme que no pertenezco aquí. Que soy la "entrenadora de barrio" que se creyó el cuento de hadas. Que soy la mujer que confundieron con una suerte de figura maternal y que, por un segundo, deseó que fuera verdad.
—Me tengo que ir —anuncio, agarrando mi bolso.
—No, Kaia, espera. Quédate. Vamos a cenar, vamos a tratar de calmar las cosas… —Gael me agarra del brazo, pero yo me suelto con suavidad.
—No, Gael. Ahora mismo, mi presencia solo le hace daño. Le recuerda que no es el Ferraro que tú esperas. Y a mí... a mí me duele demasiado verlo así. Me duele que me llame "buscona" cuando lo único que hice fue abrirle el corazón. Estoy segura que ni siquiera sabe qué significa esa palabra y la tiene que haber tomado de algún compañerito maleducado del club. Ese no es Lauti. Él no es así.
Camino hacia la puerta. Gael me sigue, bajando las escaleras detrás de mí, pidiéndome que no me vaya, que es solo un mal momento. Pero yo ya no lo escucho. Solo escucho el portazo que dio Lauti en su cuarto y la palabra "nena" resonando en mis oídos como una condena.
Llego a la puerta de entrada. Me giro por última vez. Gael está en el hall, con la cara desencajada, viéndose tan solo como el día que lo encontré en el hospital.
—¡Kaia, por favor! —suplica él.
Salgo de la casa sin mirar atrás. El aire frío de San Isidro me golpea la cara y finalmente dejo que las lágrimas caigan.
Manejo hacia mi departamento, sintiendo que cada kilómetro de distancia es un alivio y una tortura al mismo tiempo.
Me involucré. Me prometí no hacerlo y lo hice. Entrené el corazón para una final y acabo de perder por goleada.
Al llegar a mi casa, tiro las entradas del cine a la basura y me hundo en el sillón, el mismo sillón donde lloré en los brazos de Paolo.
Me siento humillada. Me siento ofendida. Pero sobre todo, me siento profundamente sola, dándome cuenta de que por más que intentes pintar un mundo de colores, hay personas que prefieren vivir en el gris para que nadie pueda ver dónde les duele.
Gael Ferraro ha recuperado a su hijo de piedra. Y yo acabo de entender que en la vida de los ídolos, no hay lugar para quienes parecen no estar a la misma altura que ellos.