Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 45

KAIA

Las luces de neón del aula de la facultad zumban sobre mi cabeza con la insistencia de un enjambre de mosquitos eléctricos. Tengo la hoja del parcial frente a mí, la cual es nada menos que un papel en blanco que parece una burla cruel a mis tres años de esfuerzo. Las consignas me muestran palabras que creo haber leído en algún momento, en un intento lejano de estudiar, pero que en los últimos días significó una pérdida absoluta de control. Debería saber esto. Debería poder recitar el ciclo de Krebs dormida. Pero cada vez que trato de concentrarme, las palabras se borran y en su lugar aparece la cara de Lauti, deformada por una rabia que no le pertenece, gritándome que soy una "buscona".

—Quedan diez minutos, Orsi—dice el profesor, pasando por mi lado.

Miro el reloj de la pared. El segundero avanza como una guillotina. Intento escribir algo sobre el tema de la evaluación, pero mis dedos tiemblan tanto que apenas puedo sostener la lapicera. Mi mente es un campo de batalla en San Isidro. Veo el libro tirado en la alfombra. Veo a Gael, quebrado, pidiéndome que no lo deje solo.

—No puedo —susurro.

Dejo la lapicera sobre la mesa. Me levanto con un movimiento brusco que hace que mi silla rechine contra el suelo, rompiendo el silencio sagrado del aula. El profesor me mira por encima de sus anteojos, sorprendido. Yo soy la mejor de la clase. La que siempre tiene respuestas.

—¿Pasa algo, Kaia? —pregunta.

—Lo siento —respondo, entregándole la hoja casi en blanco—. Me siento mal. No puedo terminarlo.

Salgo del aula casi corriendo, ignorando las miradas de mis compañeros. Camino por los pasillos de la facultad sintiendo que el aire se me acaba. He fallado. He perdido el parcial por el que tanto estudié, he perdido a Lauti y me he perdido a mí misma en una casa que nunca fue mía. La "entrenadora ejemplar" acaba de dar el peor partido de su vida.

***

Llego a mi departamento arrastrando los pies. El edificio se siente frío, ajeno. Subo el ascensor mirando mi reflejo en el espejo: tengo los ojos hinchados, el pelo enredado y una expresión de derrota que me hace parecer diez años más vieja.

Al llegar al rellano de mi piso, lo veo.

Gael está apoyado contra la pared, al lado de mi puerta. No lleva la ropa del club, está con una campera de cuero oscuro y jeans. Se ve cansado, pero su presencia llena el pasillo, haciendo que el espacio se sienta diminuto. Al verme, se endereza de golpe.

—Kaia —dice, y su voz tiene una vibración que me atraviesa el pecho.

—¿Qué haces acá, Gael? —pregunto, buscando las llaves en mi bolso con torpeza—. Te dije que no vinieras. Te dije que necesitaba estudiar.

—Te llamé diez veces. No atendías. Recuerdo que en algún momento me comentaste que rendías tu examen hoy y... —Se detiene al ver mi cara—. ¿Qué pasó? ¿Cómo te fue?

Abro la puerta de mi departamento y entro sin mirarlo. Él me sigue, cerrando la puerta detrás de sí. Tiro el bolso sobre el sillón y me cubro la cara con las manos.

—Me fue mal, Gael. Me fue horrible. Entregué en blanco —suelto, y las lágrimas que estuve conteniendo durante todo el examen finalmente estallan—. No pude escribir una sola palabra. Estaba pensando en Lauti. Estaba pensando en lo que me dijo ayer. Estaba pensando en que arruiné mi carrera por meterme en una familia que me odia.

Gael se acerca. Siento su calor, su olor a cítricos y a lluvia.

—Nadie te odia, Kaia. Él está confundido, tiene miedo de que lo dejen de querer si no es un bloque de hielo como yo...

—¡Pero yo lo perdí! —le grito, girándome hacia él con furia—. ¡Perdí al nene y perdí mi parcial! ¡No debería haber ido nunca a ese hospital! ¡Debería haberme quedado en mi cancha de barrio, entrenando chicos que no tienen un padre que es un monumento nacional! ¡Todo esto es tu culpa, Gael! ¡Tu culpa y tu bendito apellido!

Gael me agarra de los hombros. No es un agarre agresivo, es firme, necesario. Me obliga a mirarlo. Sus ojos están encendidos, llenos de un dolor que compite con el mío.

—¡Lo sé! —grita él también—. ¡Sé que es mi culpa! ¡Sé que soy un desastre! Pero no digas que no debiste ir al hospital. Me salvaste, Kaia. Me sacaste de la oscuridad. Y a él también. No me importa el parcial, no me importa el club, nada de eso vale lo que tú vales.

—¡Me llamó “buscona”, Gael! —sollozo, golpeándole el pecho con los puños—. ¡Él cree que estoy cerca de ustedes por la plata! ¡Él cree que soy el enemigo! Me duele... me duele tanto… Si no lo entiende aún de esa manera, claramente sus compañeritos y sus familias se están encargando de hacérselo creer y me hace tanto daño esto.

Gael me atrae hacia él. Me rodea con sus brazos inmensos, hundiéndome en su pecho. Lloro con desesperación, soltando toda la angustia, toda la humillación, toda la soledad de estos días. Él me acaricia el pelo, susurrándome cosas que no llego a entender, pero que me calman como una medicina antigua.

—Perdón —murmura sobre mi cabeza—. Perdón, Kaia. No te voy a dejar caer. Te juro que no.

Me separo un poco de él, mirándolo con los ojos empañados. Su rostro está a centímetros del mío. Veo la cicatriz de su sien, la mandíbula tensa, la súplica en su mirada. Ya no es el "Ogrito" de la cancha. Es solo un hombre que se muere por consolar a la mujer que le enseñó a sentir.

—Kaia... —Su aliento me roza los labios.

—No deberíamos —susurro, aunque mis manos ya están enredadas en su campera de cuero.

—No me importa lo que "deberíamos" —responde él.

Y entonces, me besa.

Es un beso fuerte, hambriento, cargado de toda la frustración y el deseo contenido de estas semanas. Es un choque de voluntades. Me agarra de la nuca con una mano y me pega a su cuerpo con la otra, como si quisiera fusionarnos. Yo le respondo con la misma intensidad,

mordiéndole el labio inferior, saboreando su desesperación y la mía.

Es un beso que sabe a derrota y a victoria al mismo tiempo. Es el incendio que necesitábamos para quemar todas las mentiras y las armaduras. Gael me empuja suavemente contra la pared de la entrada, sin soltar mi boca, y siento su fuerza, su potencia, esa energía de hombre que está acostumbrado a ganar pero que hoy se entrega por completo.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 16.05.2026

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