Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 46

LAUTI

El pasto del club Honor y Gloria está tan frío que parece que tuviera agujas chiquitas. Cada vez que mis botines pisan el suelo, escucho el ruido de los tapones hundiéndose en el barro, clac, clac, clac.

El aire de la tarde me raspa la garganta, pero no como cuando me agarra el asma, sino como si estuviera tragando pedacitos de vidrio (aunque pienso en eso y me hace sentir cosa fea así que me saco la idea rápido de los pensamientos). Trato de respirar hondo, como me enseñó Kaia, pero después me acuerdo de que ahora soy una piedra y las piedras no necesitan respirar así. Las piedras son duras. Las piedras no tienen nubes en la cabeza ni musicales en el corazón.

Estamos en el medio del entrenamiento. El entrenador, ese señor que siempre parece que tiene un trueno atrapado en la garganta, nos hace correr en círculos. Yo voy atrás de Facu. Facu corre bien, con los hombros relajados. Yo, en cambio, tengo los hombros tan arriba que casi me tocan las orejas. Me duelen los músculos, pero papá dice que el dolor es solo información, y yo no quiero procesar esa información. Solo quiero que el tiempo pase rápido para volver a casa y encerrarme en mi cuarto con mis autos de colección. Los libros que me regaló Kaia están escondidos debajo de mi cama, bien al fondo, los metí ahí de una patada.

—¡Pausa! ¡Vengan todos! —grita el entrenador.

Nos agrupamos en un círculo. Mis pulmones protestan un poquito, pero aprieto los dientes. No voy a pedir el aerosol, Silvia me dio los remedios antes de venir y con eso es suficiente.

Benjamín se para en el centro. Tiene una sonrisa que le llega de punta a punta de la cara, pero no es una sonrisa linda. Es una sonrisa de bravucón. Saca un montón de sobres de colores de su bolso de entrenamiento. Son sobres de color naranja brillante, con pegatinas de pelotas de rugby.

—¡Escuchen todos! —dice Benjamín, levantando la voz para que hasta los de la cancha de al lado se enteren—. El sábado es mi cumple. Mi papá alquiló un salón gigante con inflables, una cancha de fútbol burbuja y va a haber una cascada de chocolate.

Los chicos empiezan a gritar de emoción. Benjamín empieza a repartir los sobres. Camina como si fuera el dueño del club, entregando las invitaciones una por una.

—Para ti, Tomi. Para ti, Santi. Nacho, acá tienes la tuya.

Yo me quedo muy quieto. Trato de mirar un punto fijo en el horizonte, por encima de los árboles. Piedra, Lauti. Eres una piedra. Pero por dentro, siento que la piedra se está empezando a agrietar. Veo cómo todos mis compañeros reciben su sobre naranja. Facu también recibe el suyo.

Benjamín llega frente a mí. Se detiene. Mira el último sobre que le queda en la mano, después me mira a mí, y después mira el sobre otra vez.

—Uy —dice, fingiendo que está triste, pero sus ojos brillan de pura maldad—. Me parece que se terminaron. Qué lástima, Ferraro. Capaz me olvidé de ti porque como sos tan "especial" y te gustan las cosas de nenas, pensé que te iba a dar miedo la cancha de fútbol burbuja. Capaz prefieres quedarte en tu casa leyendo cuentos de hadas con la novia buscona que tiene tu papá.

Siento un pinchazo en el pecho. No es como el anterior, este duele más. Los chicos se quedan callados, mirando. Algunos se ríen bajito. El aire se vuelve pesado, doloroso, muy feo. Me sube un calor feo en la cara. No sé qué me está pasando.

—Si no va Lauti, yo tampoco voy —dice una voz al lado mío.

Es Facu. Se ha puesto un paso por delante, con los puños apretados. Su invitación naranja cae al pasto, pisoteada por el barro.

Benjamín abre mucho los ojos. No se esperaba eso. Nadie le dice que no a Benjamín y dentro de todo, a Facu sí le tienen respeto.

—¿Qué dices, Pecoso? —le escupe Benjamín—. Es la mejor fiesta del año.

—No me importa —responde Facu, y su voz no tiembla ni un poquito—. Lauti es mi amigo. Si no lo invitas a él, no me invitas a mí. Guárdate tu chocolate, Benjamín, espero que te caiga mal a la panza.

Benjamín suelta una carcajada fea, de esas que suenan a gato con gripe.

—¡Mírenlos! —grita, señalándonos con el dedo—. ¡Ahora entiendo todo! Ferraro y el Pecoso son novios. ¡Son noviecitos! Por eso se defienden tanto. ¡Ferraro encontró un príncipe para su musical! ¡Son nenas! ¡Nenas noviecitas!

Las palabras retumban en mi cabeza.

El calor me empieza a doler más y más.

Los otros chicos empiezan a corear: "¡Noviecitos, noviecitos, noviecitos!".

El ruido es ensordecedor. Es como el estadio el domingo, pero peor, porque este ruido va dirigido directamente a mi cabeza. Siento que el mundo se empieza a poner de color rojo. Un rojo brillante, caliente, que me quema las manos. La piedra que yo quería ser se rompe en mil pedazos y de adentro sale algo que no conocía. No es el nene que llora. No es el nene que tiene miedo. Es un volcán que acaba de explotar.

No lo pienso. No “mido las consecuencias” como a veces nos decía Kaia en los entrenamientos. No me importa si papá me va a retar o si el club me va a echar.

Me lanzo sobre Benjamín con toda mi fuerza.

Lo golpeo en el pecho y caemos los dos al barro. No es un “tacle técnico”, es un ataque de furia pura. Mis puños se mueven solos. Golpeo sus hombros, su cara, sus brazos. Benjamín grita, sorprendido, tratando de cubrirse, pero yo no puedo parar. El rojo me tapa los ojos. Solo escucho el latido de mi corazón en las orejas, bum, bum, bum, como un tambor de guerra.

—¡Lauti, basta! ¡Lauti, para! —escucho que grita Facu.

Siento que unas manos me tiran de la camiseta. Benjamín está llorando ahora, con la cara manchada de barro y sangre de la nariz. Yo trato de zafarme para seguir, para borrarle esa sonrisa de trofeo para siempre, para que se trague cada palabra que dijo sobre Kaia y sobre mí.

—¡FERRARO! ¡SUÉLTALO AHORA MISMO!

El silbato del entrenador suena como una sirena de ambulancia. El sonido me atraviesa el cerebro y me devuelve a la realidad de golpe. Me quedo congelado, con el puño en el aire. Miro hacia abajo. Benjamín está hecho un ovillo en el suelo, chillando. Los otros chicos están en silencio, con las bocas abiertas, mirándome como si yo fuera un monstruo.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 16.05.2026

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