GAEL
Siento la respiración de Kaia contra mi pecho y me permito disfrutarla con profundo agradecimiento. Es un ritmo suave y constante que me devuelve el pulso a la realidad. Sus dedos descansan sobre mi abdomen, justo encima de la cicatriz de la operación de rodilla, como si estuviera marcando el territorio que finalmente ha conquistado.
La miro de reojo. El pelo negro se le desparrama por la almohada en un desorden hermoso, y sus ojos están cerrados, pero sé que no duerme. Hay una electricidad residual en el aire, esa que queda después de que dos personas se han dicho todo sin usar una sola palabra de rugby, ni de maestrías, ni de traumas.
Pienso en mi vida antes de que ella apareciera con su silbato y sus verdades incómodas. Pienso en el mármol, en las vitrinas llenas de copas de plata y en la soledad absoluta de un capitán que creía que ser fuerte significaba no necesitar a nadie. Qué estúpido fui. La verdadera fuerza resultó estar lejos de tratar de derribar a cinco hombres de seiscientos kilos en total; la verdadera fuerza es esto: quedarse inerme frente a alguien y no tener ganas de buscar la armadura.
Le acaricio el hombro, bajando por el brazo con una lentitud que me permite saborear cada centímetro de su piel. Ella suelta un suspiro largo y se acomoda más cerca de mí, hundiendo la cara en el hueco de mi cuello.
—Por fin —murmuro, y mi voz suena más grave, más profunda, como si viniera de un lugar que acaba de ser excavado.
—¿Por fin qué, Ferraro? —pregunta ella sin abrir los ojos, con esa voz pastosa que me da ganas de volver a empezar.
—Por fin todo está en orden, Kaia. Siento que las piezas del rompecabezas encajaron. O eso intentan en lo que a nosotros refiere.
Me incorporo apenas, apoyándome en un codo para poder verla de frente. Kaia abre los ojos. Sus pupilas negras me escanean, buscando el truco, la jugada preparada, pero no la hay. Hoy no hay tácticas. Ni nunca, no más entre nosotros dos.
—Kaia, escuchame bien porque no soy un tipo que repita estas cosas —digo, y siento que el corazón me martillea las costillas con una intensidad que ni la final del mundo me provocó—. Verle la cara a la muerte me implicó recapacitar respecto a que no siempre aparecen las segundas oportunidades. Y si la tuve con volver a vivir, considero que también la tengo ahora con volver a…encontrarnos. De verdad.
—¿E…entonces…qué implica eso…?
—Implica que…—caray, deseo tanto hacerlo que derribo todos mis muros internos con tal de conseguir soltarlo de una vez—, implica admitir que me estoy enamorando de ti, Kaia Orsi.
Ella se queda rígida. Veo cómo sus pestañas tiemblan y cómo el aire se le queda atrapado a mitad de camino. No se esperaba la bomba, no así, no tan pronto después del incendio que acabamos de apagar. Pero, caramba, soy el mismísimo Gael Ferraro: cuando veo el hueco en la defensa, entro con todo.
—Gael... —susurra, y noto que sus ojos se empañan—. Es... es mucho. Todo está yendo muy rápido. Lauti, tu accidente, las mentiras, el club... y ahora esto. Ay, Dios. Debería sentirme preocupada, pero no entiendo por qué se siente… no lo sé, ¿bien? Ay, cielos.
—Lo sé —le corto, tomándole la cara con las manos. Mis palmas son enormes comparadas con su rostro, pero trato de que sean lo más suaves posible—. Es mucho y es un caos. Pero es nada más ni nada menos que la verdad. Yo…realmente… Cielos, jamás lo dije a nadie.
—¿El qué? Ay, Gale…
Se lo ve venir.
Y quiero contenerlo, pero por un momento mi cabeza se encuentra con el flashback del golpazo en la cancha y que estuve a punto de morir.
No puedo morir sin haberlo dicho.
Sin haberlo dicho y sentido de verdad.
—Kaia—le digo, mirándola a los ojos e intentando que mi voz no flaquee en absoluto—: Quiero que seas parte de este equipo. De mi equipo.
Ella parpadea y una lágrima solitaria corre por su mejilla. Sé que tiene miedo. Sé que todavía recuerda el mensaje que le mandé pidiéndole que no viniera, sé que recuerda el desplante de Lauti. Pero yo ya tomé una decisión. Y yo nunca retrocedo.
—Lauti lo va a tener que aceptar, Kaia —añado, y mi tono recupera un poco de esa firmeza de mando que me define—. Él te quiere, aunque ahora esté confundido. Lo va a tener que procesar, y yo lo voy a ayudar, pero no voy a renunciar a esto. No voy a renunciar a ti por miedo a que él no entienda que su papá también necesita ser feliz. Se acabó el hielo. Él va a tener que aprender a compartirnos, porque no pienso dejar que te vayas de… —Le señalo mi pecho—. De acá.
Kaia me mira con una mezcla de adoración y pánico. Lo que acabo de decir es una declaración de guerra contra la soledad, pero también es una carga inmensa para ella. Ser la mujer del Capitán, la madre de un niño adoptado que está aprendiendo a sentir, la intrusa que se convirtió en pilar... es un cruce de alto impacto.
—Me asustas, Gael —admite ella, buscando mi mano—. Eres tan… ¿sensible? Me sorprende que puedas expresar tan bien lo que sientes ahora.
—Aprendí del mejor —bromeo, dándole un beso corto en la frente—. Del nene que me enseñó que si no jugamos para ganar un corazón, el partido no vale la pena.
Me vuelvo a acostar y la atraigo hacia mí. El futuro parece un campo despejado, un horizonte sin nubes, una victoria asegurada…
…hasta que el ruido rasga la paz.
Mi celular, que está sobre la mesa de luz, empieza a vibrar con una violencia que hace que el vidrio de la lámpara tintinee.
¿Quién rayos se atreve a molestar en este momento glorioso? Estiro el brazo y agarro el teléfono. En la pantalla brilla un nombre que me hace tensar los músculos de la espalda de inmediato: llaman del club, del entrenamiento de Lautaro.
—¿Qué pasa? —pregunta Kaia, sentándose en la cama, cubriéndose el pecho con la sábana. Ella también ha detectado el cambio en mi energía.
—Es del club —digo, frunciendo el ceño.
—Diles que estás ocupado ahora mismo…