LAUTI
La luz es blanca. Tan blanca que me quema los ojos. El coche viene rápido y me tapo la cara.
Escucho un chirrido horrible, como si mil silbatos de entrenador sonaran al mismo tiempo contra el asfalto. El mundo se frena de golpe. Me quedo duro, como si mis pies se hubieran convertido en las raíces de un árbol. No puedo moverme. No puedo respirar. Solo puedo mirar esos dos ojos redondos y brillantes que están por aplastarme.
—¡LAUTI!
Siento un tirón violento en el brazo, es un empujón que me saca del aire. Caigo sobre la vereda y el raspón en la rodilla me arde, pero no me importa. El monstruo de metal pasa de largo, dejando un olor a goma quemada y un ruido de frenos que me hace temblar los dientes.
—¿Estás loco? ¡Casi te pisan! —la voz de Facu está justo al lado de mi oreja.
Él también está en el suelo, respirando agitado. Tiene la camiseta del club rota y un raspón en el codo. Me mira con los ojos muy abiertos, con un miedo que nunca le había visto.
—Vámonos —dice Facu, levantándose rápido y agarrándome de la mano—. El entrenador nos vio salir. Van a llamar a tu papá. Tenemos que escondernos.
No quiero ver a papá. No quiero que vea al hijo del Capitán Ferraro tirado en el barro, llorando y habiendo perdido el control. Corremos. Cruzamos la calle de vuelta y nos metemos por un hueco en el alambrado que da a la parte de atrás del club, donde el pasto crece alto y hay un montón de árboles viejos que nadie cuida.
Corremos hasta que mis piernas ya no me hacen caso. Nos metemos debajo de un sauce llorón que tiene las ramas tan largas que llegan hasta el suelo. Es como una cortina verde que nos separa del resto del mundo. Adentro hay olor a tierra húmeda y a hojas secas. Es oscuro y silencioso.
Me dejo caer contra el tronco. Mi pecho empieza a hacer ese ruido que odio… Es el silbido. El aire quiere entrar pero no puede, como si alguien hubiera cerrado la puerta con llave adentro de mi cuello. Intento tragar, pero siento pedacitos de vidrio en la garganta. Me mareo. Las ramas del sauce empiezan a dar vueltas alrededor mío.
—Lauti, respira. Por favor, respira. —Facu se arrodilla frente a mí. Me ve la cara de asustado y se pone pálido—. ¿Tienes el aparatito? ¿El inhalador?
Niego con la cabeza. El inhalador quedó en mi mochila, y mi mochila está en el vestuario, cerca de la cara ensangrentada de Benjamín. El pánico me aprieta más. No puedo. No puedo. No hay aire. No hay nada.
—Mírame —me ordena Facu. Me agarra las manos con las suyas. Sus manos están calientes y un poco sucias, pero me dan seguridad—. Haz como yo. Uno, dos, tres. Despacio.
Facu hace algo que me sorprende. Se sienta a mi lado y me atrae hacia él. Me rodea con sus brazos y me pega a su pecho. Puedo escuchar su corazón, pum-pum, pum-pum, va muy rápido, pero es un ritmo que me ayuda a no perderme.
—No te voy a soltar —me dice Facu muy bajito, pero seguro y eso me ayuda—. El aire está acá. Solo tenés que buscarlo. Despacito.
Cierro los ojos muy fuerte y trato de seguir el ritmo de su pecho. Su buzo huele a pasto, a jabón de ropa y a esa alegría que él siempre tiene. Es un lugar seguro. Mucho más seguro que el palco VIP, mucho más seguro que la fila de entrenamiento.
Poco a poco, la puerta de mi garganta se empieza a abrir. El aire entra, finito al principio, y después más grande. El silbido se vuelve más bajito. Me relajo contra él, sintiendo que mis músculos de piedra se convierten otra vez en Lauti.
Me quedo abrazado a Facu, en nuestro escondite. Siento una cosa rara en la panza. No es el nudo feo del asma. Es algo distinto. Es como si una luz chiquita se hubiera prendido ahí adentro, una luz que brilla y me hace bien. Es una chispa. Una chispa de algo lindo, como cuando Kaia me lee un cuento o cuando papá se quedó dormido conmigo.
Levanto un poquito la cabeza. Facu me está mirando. Sus ojos tienen unas luces doradas por el sol que se filtra entre las hojas del sauce. Me sonríe, y su diente torcido me parece lo más lindo del mundo.
—Gracias, Facu —susurro. Mi voz todavía sale un poco debilucha.
—Te dije que somos un equipo —responde él. No me suelta. Me aprieta un poquito más fuerte, como si tuviera miedo de que si me larga, me vuelva a convertir en piedra—. No dejes que Benjamín te gane, Lauti. Eres mejor que todos ellos juntos.
—Pero le pegué... —digo con vergüenza—. Papá va a estar enojado. Kaia va a pensar que soy de lo peor.
—¿Quién es Kaia?
—Una amiga de mi papá… Yo la quiero mucho, pero le hice algo malo.
—Todos nos equivocamos y estoy seguro de que te van a entender. Lo bueno es que Benjamín no te va a molestar más.
Me gusta estar acá. Me gusta estar cerca de Facu y saber que tengo un amigo. Me gusta que quiera ayudarme.
De repente, escuchamos pasos. Pasos fuertes, de botas pesadas aplastando las ramas secas. Mi corazón vuelve a galopar.
—¡Lautaro! ¡Facundo!
Es la voz de mi papá. Las ramas del sauce se abren de golpe. La luz del atardecer nos dejan ciegos por un segundo.
Papá está ahí. Tiene la cara llena de sudor y los ojos rojos. Al lado de él, con la cara manchada de lágrimas y la respiración cortada, está Kaia. Se ven tan asustados que por un momento me olvido de mi propio miedo.
—¡Acá están! —grita Kaia, cayendo de rodillas en la tierra al vernos—. ¡Gracias a Dios!
Papá se queda parado, mirándonos. Ve que estoy abrazado a Facu, ve mi rodilla raspada y mi camiseta sucia de barro. Ve que no estoy siendo una piedra.
Kaia se lanza hacia nosotros y nos envuelve a los dos en un abrazo gigante. Llora y nos da besos en la cabeza.
—No vuelvan a hacer eso —solloza ella—. Casi me muero, Lauti. Casi me muero.
Miro a mi papá por encima del hombro de Kaia. Él se acerca despacio. Se pone en cuclillas. Mira a Facu, que todavía no me ha soltado la mano.
—¿Estás bien, Lautaro? —pregunta papá. Su voz suena muy bajita, como si no tuviera fuerzas.