Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 49

GAEL

El sonido de una puerta cerrándose a tus espaldas suele ser un estruendo de derrota, pero hoy, mientras camino por el sendero de grava del Club Honor y Gloria hacia el estacionamiento, el clic metálico del portón principal me suena a una melodía de liberación. En mi mano derecha cuelga un bolso deportivo con mis últimas pertenencias: una venda elástica usada, un par de botines con barro seco y el carnet de socio que acabo de entregar sobre el escritorio de mármol del Toro Benavídez.

Me han expulsado. La palabra técnica que usaron los abogados fue "rescisión de contrato por mutuo acuerdo bajo cláusula de conducta y prestigio", pero todos sabemos lo que significa: el Capitán se volvió una molestia. El incidente con Lautaro, la pelea con el padre de Benjamín y, sobre todo, mi negativa a seguir escondiendo que mi vida ya no gira en torno a scrums de ochocientos kilos, fue demasiado para la estética de porcelana del HyG.

Lo más curioso es que no me duele.

Hace un mes, me habría arrancado la piel de rabia. Habría llamado a cinco agencias de prensa para incendiar el club. Habría golpeado la pared hasta que mis nudillos sangraran. Pero hoy, mientras el sol de mayo se filtra entre los plátanos de San Isidro, me siento extrañamente ligero. Como si me hubiera quitado una armadura de plomo que llevaba puesta desde los cinco años. Voy a volver cuando quiera, será un asunto de que Lauti y Benjamin arreglen los tantos cuando se sientan listos y quedará resuelto el asunto.

Subo a la camioneta. En el asiento del acompañante está el libro de La Salamanca. Lo tomo, acaricio la tapa y sonrío. Benjamín no volvió a molestar a nadie. El golpe que Lauti le dio no fue solo un puñetazo; fue el estallido de un nene que se cansó de ser una víctima. Dicen que el padre de Benjamín intentó armar un escándalo legal, pero cuando mis abogados presentaron el historial clínico de Lautaro y las pruebas del acoso constante, el tipo se esfumó. El bullying se detuvo en seco porque, por primera vez, los "hombres duros" del HyG se dieron cuenta de que el silencio tiene un límite. Y ese es el punto que me protege para regresar cuando quiera.

Manejo hacia la zona sur, alejándome de los barrios cerrados y los palcos VIP.

Mi destino es el club donde todo empezó. El lugar donde Kaia Orsi manda con un silbato y una mirada que puede detener un ejército.

Al llegar, el olor es diferente. Aquí no huele a perfume caro y cera para pisos; aquí huele a tierra mojada, a choripán de la cantina y a una alegría ruidosa, desordenada y real.

“Será solo un tiempo” me digo a mí mismo. Porque en algún momento, para que Lauti pueda progresar en el rugby, tendrá que regresar a Honor y Gloria, pero por mientras no perder entrenamiento ni disciplina.

Estaciono y me bajo. A lo lejos, veo la mancha de colores de los nenes corriendo.

Me acerco al alambrado y me quedo quieto, observando.

Lautaro está en el medio de la cancha. Lleva su camiseta naranja, la de siempre, la que le queda un poco grande. Pero ya no está congelado. Ya no aprieta la pelota como si fuera a estallar. Se mueve con una fluidez que me humedece los ojos. Corre, pasa el balón, grita y se ríe. Se ríe con una libertad que me confirma que el "Reino del Revés" finalmente ha conquistado su realidad.

A su lado, como una sombra fiel, está Facundo.

Sandra, la mamá de Facu, me lo dijo hace tres días: "Si Lauti se va, Facu no quiere quedarse ni un minuto más en ese club de gente de porquería".

Julián y ella hicieron los trámites de inmediato. No les importó el prestigio, ni las instalaciones de lujo. Eligieron la amistad. Eligieron que su hijo fuera feliz al lado de su mejor amigo. Ver a los dos nenes compartiendo la misma cancha de nuevo es mi victoria más grande. No hay copa de plata que se le compare.

Kaia está ahí, en el centro de todo. Lleva su trenza impecable y su campera de entrenamiento. Da una orden, pita el silbato y los nenes se agrupan. Cuando me ve, se le escapa una sonrisa que ilumina hasta los rincones más oscuros de mi pasado. Me hace una seña con la mano, indicándome que espere.

Me apoyo contra el poste, igual que hace meses. Pero hoy mis brazos no están cruzados en señal de juicio. Están relajados. Mi mandíbula no está tensa. Mi corazón, ese músculo que me prohibí entrenar durante décadas, late a un ritmo que ya no me da miedo.

Cuando el entrenamiento termina, los chicos salen disparados hacia la cantina. Lauti y Facu vienen corriendo hacia mí, empujándose, riendo de algo que solo ellos entienden.

—¡Papá! ¡Viste el pase que hice! —grita Lautaro, abrazándome la cintura.

—Lo vi, campeón. Fue de primera división —le digo, besándole la cabeza. El olor a transpiración y pasto de mi hijo es el mejor perfume del mundo.

—Facu hizo un tacle increíble, pá. El entrenador nuevo le dijo que tiene futuro—añade Lauti, mirando a su amigo con una admiración que me hace cosquillas en la nuca.

—Bien ahí, Facundo. Gran trabajo —les digo.

Los dos nenes se quedan mirándome un segundo. Facu lo agarra a la Lauti del brazo y le dice que van a partir torta porque es el cumpleaños de un compañerito así que salen corriendo.

—¡Ya vengo, pá!

—¡Los espero!

Kaia llega a mi lado, secándose el sudor de la frente con una toalla pequeña. Se ve hermosa. No importa cuántas veces la vea, siempre me parece la mujer más auténtica que he conocido.

—¿Cómo fue la despedida en el HyG, Ferraro? —pregunta, apoyándose en el alambrado junto a mí.

—Breve y necesaria. Me devolvieron los botines y me dieron las gracias por los servicios prestados. Me siento como si me hubieran dado el alta médica definitiva de una enfermedad que no sabía que tenía. Pero voy a volver, la negociación será jugosa.

—Bienvenido al mundo real, Gael. Acá las canchas tienen pozos, pero la gente tiene alma.

Me giro hacia ella y le tomo la mano. Ya no nos escondemos.

Somos novios, una palabra que me suena a adolescencia pero que me hace sentir más vivo que nunca.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 16.05.2026

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