Prohibido Por La Sangre

Capítulo 3: Dos infancias

Los años pasan de manera distinta según el lado de la ciudad donde uno los viva.

En las colinas, pasan envueltos en seda, entre cenas de gala, viajes en jet privado y fotografías en revistas. En los barrios del este, pasan como pasan los autobuses viejos: tarde, llenos y dejando un olor a cansancio en la ropa.

Pero pasan para todos. Y lo hacen sin pedir permiso.

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Erick Belligrham nació once meses después de la boda del siglo, en una clínica privada con vistas al mar y un equipo de veinte médicos que no se separó de Victoria ni un minuto. Fue un parto perfecto, como todo lo que rodeaba a aquella familia.

Richard Belligrham lloró al cargar a su primer nieto. Le puso en la manta una pequeña moneda de oro, la misma que su propio padre le había regalado a él, y pronunció las palabras que se habían repetido en esa casa durante tres generaciones:

—Bienvenido, heredero.

Jaxon, de pie junto a la cama, sonreía para las cámaras. Cuando por fin se quedó a solas con el bebé, lo sostuvo contra el pecho y lo miró durante un largo rato. Era diminuto, tibio, con una respiración leve que le movía la manta.

—Voy a ser un buen padre —le dijo en voz baja—. Voy a ser mejor que el mío.

Y lo creyó con tanta fuerza que no vio la sombra que cruzó los ojos de Victoria desde la cama, ni el modo en que ella apartó la vista cuando él levantó la cabeza.

Dos años después llegó Paul, un niño de ojos claros y risa fácil que se pasaba el día correteando por los pasillos de la mansión con un carrito de madera. Y cuando Erick cumplió cinco años, nació Sabrina, la pequeña, morena y decidida, que al segundo día de vida ya agarraba el dedo de su padre con una fuerza que sorprendió a la enfermera.

Tres hijos. Una casa enorme. Una esposa hermosa. Un negocio floreciente.

Jaxon, a los treinta años, ya era director general de Belligrham Production Companies. Su padre había empezado a ceder el mando con una mezcla de orgullo y recelo, y el joven director había demostrado ser más hábil de lo que muchos esperaban: cerró alianzas con plataformas de streaming, compró dos estudios en dificultades, produjo una serie que ganó premios en tres continentes.

Las revistas lo llamaban «el príncipe de Hollywood». Las mujeres lo miraban en las fiestas. Los hombres lo envidiaban en las reuniones.

Pero las noches eran otra cosa.

A veces, cuando todos dormían, Jaxon salía al jardín trasero de la mansión y se quedaba mirando el muro de bugambilias. Nunca sabía bien por qué. Algo en el olor de las flores, en el rumor del mar a lo lejos, le tiraba del pecho con un dolor sin nombre.

Una noche de octubre, cuando Erick tenía seis años, el niño lo encontró allí.

—Papá, ¿por qué estás despierto?

Jaxon se sobresaltó. El pequeño estaba descalzo en el césped, con el pijama de dinosaurios y el cabello revuelto, mirándolo con unos ojos serios que a veces parecían demasiado viejos para su rostro.

—No podía dormir. ¿Y tú?

—Soñé que alguien me llamaba.

—¿Quién?

Erick se encogió de hombros.

—No lo vi. Pero era un niño. Y estaba enojado.

Jaxon sintió que un frío le recorría la espalda. Se agachó, tomó al niño en brazos y lo llevó de vuelta a la cama sin decir nada más. Pero esa noche, solo en su estudio, abrió una botella de whisky por primera vez en meses.

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El este de la ciudad

Alessandro Baldwin creció aprendiendo temprano que el mundo no regala nada.

Estrella le había dado el apellido Baldwin, que no era de nadie de su pasado: lo había tomado de una vieja novela que su abuela le leía de niña. Un apellido limpio, sin historia ni deudas, que ella escogió con cuidado para que su hijo pudiera empezar de cero.

Vivieron los primeros años en el mismo departamento de paredes descascaradas, y el pequeño se acostumbró desde la cuna a los sonidos del barrio: las discusiones de los vecinos, el motor del autobús de las cinco, las campanadas lejanas de una iglesia que nunca daba la hora correcta. Dormía en una cuna prestada. Comía lo que había. Usaba la ropa que Dolores, la enfermera, les traía en bolsas de supermercado, heredada de los hijos de sus amigas.

Pero era un niño que lo miraba todo.

A los cuatro años ya sabía leer. A los cinco ayudaba a su abuela a contar las monedas del frasco de los gastos. A los seis, sentado sobre una caja de frutas junto a la ventana, observaba pasar a la gente con una atención callada que inquietaba a los vecinos.

—Ese niño no juega como los demás —comentaban—. Ese niño estudia.

Marta le enseñó ajedrez cuando cumplió siete años.

Lo hizo casi por casualidad, una tarde de lluvia en que el niño estaba aburrido. Sacó del fondo de un armario un viejo tablero de madera con las esquinas astilladas, que había comprado en un mercadillo de pulgas, y colocó las piezas con sus manos arrugadas.

—Esto es un peón —explicó—. Es el más pequeño, el que menos vale. Pero fíjate bien: si llega hasta el otro lado del tablero, se convierte en reina.

Alessandro la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Cualquier peón puede?

—Cualquiera. Solo tiene que sobrevivir el camino.

Esa respuesta se le quedó grabada para siempre.

A partir de entonces, jugaron todas las tardes. Primero Marta ganaba siempre. Luego empezó a ganar con dificultad. A los diez años, Alessandro la derrotaba en cinco jugadas. A los doce, había vaciado la biblioteca del barrio de todos los libros de ajedrez que cabían en una mochila.

—Este niño tiene una cabeza distinta —le dijo un profesor a Estrella en una reunión escolar—. Piensa seis pasos adelante. Es raro en alguien de su edad. Es casi inquietante.

Estrella sonrió con orgullo y cansancio. Llevaba un uniforme azul de enfermera, con el cabello recogido y las ojeras de quien duerme cuatro horas por noche. Se había graduado, por fin, y trabajaba doble turno en el hospital. Pero su hijo era su universo, y cada vez que lo veía inclinado sobre un tablero, con aquel ceño fruncido tan parecido a otro ceño que ella prefería no recordar, sentía que todo el sacrificio valía la pena.




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