Prohibido Por La Sangre

Capítulo 4/2 Un aliado inesperado

Halsey pasó los dos días siguientes investigando a Alessandro Baldwin, y descubrió que no había nada que investigar.

Ana Torres le trajo un dossier el miércoles por la tarde. Era delgado, casi insultantemente delgado. Una licenciatura en economía con honores, una maestría en finanzas internacionales, una firma registrada hacía dieciocho años y una lista de inversiones tan variada que no revelaba ningún patrón. Ni escándalos, ni demandas, ni socios conocidos. Ni siquiera una fotografía en una gala benéfica.

—Es como si lo hubieran dibujado con una regla —comentó Ana, dejando la carpeta sobre el escritorio.

—Nadie tiene un pasado tan limpio.

—O sabe muy bien cómo limpiarlo.

Halsey se frotó las sienes. Había dormido mal. En sueños se le repetía una imagen absurda: un tablero de ajedrez en una habitación vacía y una mano que movía una pieza blanca hacia ella.

—Llama a Hartwell —ordenó—. Quiero saber si alguien les ha preguntado por nosotros.

—¿Por la empresa?

—Por las deudas.

Ana vaciló.

—Señorita, ¿puedo decirle algo?

—Siempre.

—El señor Baldwin no me parece una amenaza. —Bajó la voz—. Me parece alguien que sabe esperar.

—Eso es lo que me preocupa.

Esa tarde almorzó con su padre en un restaurante discreto cerca de la oficina. Erick llegó tarde, con el rostro cansado y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Pidió una sopa que no tocó, preguntó por Jaxon, por la junta, por el clima. Cuando Halsey mencionó el nombre de Baldwin, el cucharón se le cayó de los dedos.

—Perdona. Estoy distraído.

—¿Lo conoces?

—No. Nunca he oído hablar de él.

—¿Seguro?

—Seguro, hija. —Se limpió con la servilleta, evitando mirarla—. Los accionistas nuevos van y vienen. No te preocupes por eso.

Pero ella sí se preocupó. Porque cuando su padre mentía, tenía una manera particular de tocarse el puente de la nariz, y se lo tocó dos veces antes de que llegara el café.

---

El jueves, a las seis en punto, llamaron a la puerta de su despacho.

Halsey no levantó la vista de los papeles.

—Adelante.

Alessandro entró sin carpeta, sin abogados y sin la solemnidad con que se había presentado en la junta. Llevaba el traje oscuro de siempre, pero se había quitado la corbata, y el primer botón de la camisa estaba desabrochado. En una mano sostenía una pequeña bolsa de papel.

—Puntual —dijo ella.

—Es lo único que no se puede recuperar.

—¿El tiempo?

—Los primeros minutos de una conversación.

Halsey arqueó una ceja. Él levantó la bolsa.

—Traje café. Pensé que a estas horas lo necesitaría.

—No acepto sobornos.

—No es un soborno. Es un gesto de cortesía. —Sacó dos vasos de cartón y dejó uno sobre el escritorio—. Si está envenenado, el mío también.

Halsey se mordió el labio para no sonreír. Tomó el vaso. Era un café con leche, con un poco de canela, tal como ella lo pedía siempre. Alzó la vista, sorprendida.

—¿Cómo lo sabía?

—Su asistente tiene mala memoria para los secretos.

—Ana no habla con extraños.

—Hablé con los camareros de la cafetería de abajo. —Se encogió de hombros—. Los camareros siempre lo saben todo.

—Eso es inquietante.

—Es útil.

—Es ambas cosas.

—Quizá.

Se sentó frente a ella sin esperar invitación. La luz del atardecer entraba por los ventanales y teñía el despacho de un dorado suave, casi melancólico. Alessandro paseó la mirada por las estanterías, por los diplomas, por la fotografía enmarcada de una niña de ocho años junto a un hombre de rostro triste.

—¿Su padre?

—Sí.

—Se parece a usted. En la mirada.

—Eso dicen.

—No lo dicen lo suficiente. —Desvió los ojos hacia el café—. Perdone. No debería hacer comentarios personales.

—No se disculpe. —Halsey dejó el vaso sobre la mesa—. Dígame qué quiere de mí, señor Baldwin.

—Alessandro.

—Señor Baldwin.

Él sonrió con resignación.

—Entonces dígame primero lo que usted quiere de mí.

—Que me explique por qué un desconocido compra el veintidós por ciento de mi empresa sin que nadie lo vea venir.

—Porque creo en ella.

—Nadie cree en una empresa en crisis.

—Yo sí. —Se inclinó hacia delante—. Belligrham Production Companies tiene un catálogo valioso, un equipo creativo de primera y una marca con sesenta años de historia. Lo que no tiene es una estructura financiera sana. Y eso, señorita Belligrham, se puede arreglar.

—¿Usted cree que no lo sé?

—Creo que lo sabe mejor que nadie. Pero creo también que está sola.

La frase le cayó como una piedra en el pecho. Halsey se enderezó.

—No estoy sola.

—Su abuelo está enfermo. Su padre se refugia en los números. Sus tíos están ausentes. Y los directivos que la rodean, perdóneme, la miran como se mira a alguien a quien se le va a pedir cuentas cuando todo salga mal.

—Es usted muy franco.

—Es una de mis pocas virtudes.

—No he dicho que lo sea.

Hubo un silencio. Halsey cruzó los brazos sobre el pecho, con la mandíbula tensa, y Alessandro esperó con la paciencia de quien aprendió a no precipitarse.

—¿Tiene el contrato con el Banco Hartwell? —preguntó él al fin.

—¿Qué contrato?

—El de la línea de crédito renovable. El que vence en marzo.

Halsey palideció ligeramente.

—¿Cómo sabe que existe?

—Porque yo mismo he firmado contratos parecidos. —Sacó un bolígrafo del bolsillo—. ¿Puedo verlo?

Ella dudó un largo rato. Sabía que era una imprudencia. Pero había en aquella mirada gris una tranquilidad que la desarmaba, y en el fondo de su cansancio, una necesidad absurda de que alguien, quien fuera, le dijera que no iba a ahogarse.

Abrió un cajón. Sacó una carpeta y la deslizó por la mesa.

Alessandro la tomó sin prisa. Leyó con la concentración de un cirujano, murmurando cifras, pasando páginas con dedos rápidos y precisos. Halsey lo observó en silencio. Ningún asesor externo, ni siquiera el director financiero, había leído aquel contrato con tanta atención. Pasaron veinte minutos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.